continuación...

Cuando Liz se despertó aquella mañana, se encontró con que durante el sueño habían terminado enroscadas la una con la otra, uniéndose para formar una hélice perfecta. Jude era cálida y suave, y Liz podía sentir trazas de sueño y sexo sobre la piel de su amante. Suspiró con satisfacción y apretujándose contra la mujer más grande, murmuró bajito—: Por fin.

—Por fin ¿qué? —dijo una voz desde arriba.

— ¿Estás despierta? —incorporándose y apoyándose en un codo, Liz se encontró con un par de ojos azules que la miraban divertidos.

—Sí —replicó Jude sucintamente—. Por fin ¿qué? —repitió.

—Oh, eso —rió Liz—. Bueno... es que esta es la primera vez desde que... bueno... ya sabes... desde que nos hemos convertido en... bueno, eso, ya sabes... que he conseguido despertarme contigo. Normalmente desaparecías y alguno de los perros ocupaba tu lugar. Y lo que estaba pensando era que por fin me despertaba junto a ti —estudió el rostro de su amante, sintiendo como un ligero rubor sofocaba sus mejillas—. Estúpido ¿eh?

Una cálida sonrisa se abrió paso en el rostro de Jude y se inclinó para capturar los labios de la mujer rubia con los suyos. —Para nada estúpido —corrigió tras el dulce saludo—. Nunca he sido... —vaciló, negando con la cabeza—. No soy demasiado buena en esto de la mañana después.

—Supongo que tendrás que practicar —bromeó Liz, no queriendo que ninguna nube oscureciera su mañana desde tan temprano.

—Supongo —estuvo de acuerdo Jude sonriendo—. ¿Te importa?

—En absoluto —le aseguró la mujer más pequeña—. Incluso puedo darte algunas pistas si quieres.

—Creo que eso sería una buena idea —aunque las palabras de Jude eran solemnes, no pudo reprimir el brillo de sus ojos.

Liz sonrió abiertamente y con desenfado, encantada de que Jude quisiera jugar.

—De acuerdo —dijo bruscamente—. Es el momento para tu primera lección —cambió de posición hasta que estuvo encima de su amante que ahora sonreía—. Lo más importante es, sin duda, el beso de buenos días.

—Pero si ya te he dado un beso—objetó Jude.

—No cuenta —Liz no hizo caso de su protesta—. El beso oficial de buenos días tiene que decir muchas cosas. Tiene que decir: "Buenos días" y "Espero que hayas dormido tan bien como yo". Y por supuesto: "Me alegro de que estés aquí" —mostró Liz.

Jude frunció el ceño—: ¿Todo eso en un solo beso?

—Confía en mí. Se puede hacer —y para probar su argumento, se inclinó y depositó un beso dulce sobre su amante, expresando no solo todos los requisitos de un buen beso de buenos días, sino también amor, ternura, y pura alegría de estar con Jude.

—Mmm —respiró Jude—, ya veo lo que quieres decir—. Deslizó los brazos alrededor del cuello de Liz, dejando que sus manos recorrieran tentadoras sus hombros desnudos—: ¿Puedo intentarlo yo ahora?

—Desde luego —la animó Liz con una sonrisa.

Sus labios se encontraron de nuevo, demorándose aún más en mutuo deleite. Jude mordisqueó delicadamente el labio inferior de Liz, disfrutando de la relajante sensación que le traía estar entre sus brazos. Una calidez dorada invadió su alma, curando partes que ella misma había creído dañadas irreparablemente y derramando luz en lugares que creía oscurecidos permanentemente por sus pecados. — ¿Te ha gustado? —preguntó con la voz ronca de deseo.

—Oh, sí —afirmó Liz. Presionó su frente contra la de Jude y sonrió—: Aprendes rápido—. Flexionó el cuerpo contra el de Jude, un muslo delgado incitaba suavemente a los de su amante, mucho más musculados. Jude suspiró involuntariamente cuando Liz se deslizó casualmente entre sus piernas, su cuerpo encajaba perfectamente en ese lugar como si hubiera sido diseñado específicamente para ese propósito.

—Eso me han dicho —bromeó Jude—. Pero tengo que confesar que en este caso tengo un pequeño incentivo extra.

— ¿Ah, sí? —Liz inclinó la cabeza escéptica.

—Sip —fue la respuesta distraída cuando las piernas de Jude se enroscaron alrededor de la cintura de Liz, centrando contra sí a la pequeña mujer con suavidad. Sus caderas comenzaron a moverse sutilmente contra el peso que tenía sobre ella, buscando discretamente un tacto más intenso. Liz sonrió con sensualidad y comenzó a devolver la presión. Jude cerró los ojos como respuesta, y un gemido apenas audible salió de sus labios.

— ¿Y cuál podría ser ese incentivo? —bromeó en un susurro.

Jude abrió los ojos y miró con todo su corazón en los verdes campos que se abrían ante ella—: Despertarme contigo todas las mañanas.

Juego. Set. Partido. Cualquier célula en el cuerpo de Liz que aún se resistiera, se hizo pedazos con esta tierna declaración de Jude. Se dio cuenta maravillada de que iría feliz hasta lo más profundo del infierno por esta mujer con solo poder despertarse con esos ojos a su lado cada mañana durante el resto de su vida.

Jude vio alarmada como las lágrimas mojaban el rostro de Liz—: ¿Qué pasa? —preguntó con dulzura— ¿Qué he hecho?

—Nada, mi amor —riendo suavemente a pesar de la emoción que se derramaba por su cara, Liz negó con la cabeza—. No has hecho nada—. Hizo una pausa pensativa—: Bueno, la verdad es que no es cierto. Has hecho algo, pero no ha sido malo en absoluto.

Jude sonrió vacilante—: ¿Sí? —abrazó con más fuerza a la mujer más pequeña, acariciando dubitativa los suaves mechones dorados— ¿Entonces lo estoy haciendo bien en esto de la mañana después?

—Lo estás haciendo perfectamente —afirmó Liz, acercándose para capturar los labios de Jude con los suyos. Jude besó despacio cada lágrima que caía libre de sus ojos, saboreando la sal con un aire devoto de reverencia. Liz suspiró con satisfacción ante las dulces caricias, aún asombrada de que todo entre las dos fuera volviendo a su sitio. Una suave sinfonía de deseo comenzó a sonar entre sus sentidos mientras seguían tocándose, acariciándose... y, una vez más, el mundo simplemente desapareció. Manos, bocas, lenguas... iban encontrando certeras las notas de placer a lo largo de sus pieles. Suspiros silenciosos, invocaciones susurradas, súplicas murmuradas sirvieron de empuje a una excitación que crecía vertiginosamente... hasta que alcanzaron el clímax con un suave aliento que se fue abriendo lentamente entre los brazos de cada una.


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Jude no supo hacia donde conducía ni por cuanto tiempo, de lo único que era consciente era de un eco en sus pensamientos: “Haz que pare”. Quería que todo se detuviese... la rabia, el dolor, y, sobre todo, la tristeza abrumadora de que estas maravillosas semanas habían sido una mentira. Ahora no habría redención posible. No había razón para mirar en su interior para buscar la voluntad de cambio.

Como si siquiera pudiera.

Ahora sabía que Elizabeth no había visto nada en ella en lo que mereciera la pena creer. De algún modo la reportera rubia había descubierto su debilidad, el doloroso vacío de soledad desde la muerte de Jason, y lo había explotado con su dulce sonrisa y su mirada de aceptación. “Dime, Jude... dime porqué duele.” Todas las veces que Elizabeth le tendió la mano, la abrazó, la escuchó, le dijo que no pasaba nada… Todas habían sido mentira. “¿Qué pensará realmente de mí?”

Jude se rió en voz alta ante lo absurdo de la idea. Había sido meramente un sujeto, alguien a quien diseccionar y exponer sin piedad para el beneficio de la gran área metropolitana. “Por supuesto que algo así alcanzaría el ámbito nacional.” Jude no era ignorante del valor en el mercado de la verdadera historia de su caída en desgracia. No importaba, por lo menos había inculcado en la reportera el miedo al Arcángel, si no a Dios, antes de marcharse. No creía que Elizabeth fuera a hacer algo estúpido.

“Elizabeth...” Su cuerpo suspiraba pensando en la mujer que le había hecho el amor tan dulcemente esa misma mañana. Esta mujer había superado tan fácilmente las formidables defensas de la agente y capturado la bandera de su alma sin vacilar. ¿Sabía lo que había hecho?

“Basta... por favor... basta...” gritó su mente. Con violencia, precipitó el Porsche a toda velocidad hacia el sol que caía, esperando en vano ser consumida por sus tentáculos moribundos.


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—La segunda cosa importante en el ritual de la mañana siguiente es la ducha —proclamó Liz horas después, mirando hacia de la forma de su amante saciada y estirada sobre la cama.

—Supongo que olemos bastante mal —concedió Jude, abriendo un ojo perezoso para examinar sus miembros entrelazados.

—Bueno... —dijo la reportera con una amplia sonrisa—. Resulta que a mí me gusta como olemos, pero otros podriiiían no estar de acuerdo.

Jude estaba encantada en su posición actual con Liz acurrucada cómodamente en sus brazos. En lo que a ella concernía, no había mejor sitio en la tierra. Por desgracia, sabía que a menos que actuaran con rapidez, el mundo real iba a presentarse de la forma más desagradable, y probablemente su entrada iría precedida del cañón de un arma. Sin embargo, aún quedaba tiempo suficiente para alguna broma—: Entonces... ¿no sería una buena idea invertir en un perfume llamado “Agua de Burdel”? —dijo Jude— Pensaba que se suponía que había algo en el negocio este de las feromonas.

Liz dejó escapar un suspiro de resignación y tiró del brazo de Jude—: Vamos, tú —. Se dejó arrastrar de la comodidad de la cama y ser empujada hasta el baño—: Trae toallas —ordenó Liz.

Cuando regresó, Liz se inclinaba sobre la bañera de porcelana, ajustando la temperatura del agua con aplicación. Observando su forma ágil Jude se rió por lo bajo—: Esto es lo que yo llamo una habitación con vistas —. Moldeó su cuerpo más largo contra la piel suave de la reportera, disfrutando intensamente del aroma almizcleño pegado a sus cuerpos. Con un gemido profundo mordisqueó la tierna unión del cuello y el hombro de Liz, que respondió con otro gemido. — ¿Te he hecho daño?

Como respuesta, Liz se arqueó aún más en el abrazo e inclinó la cabeza hacia atrás para encontrarse con los labios de Liz en un beso devorador que las dejó sin respiración a ambas.

—Supongo que no.

Liz abrió los grifos y el agua rugió contra el esmalte. Sin decir una palabra, guió a Jude hacia la ducha, colocándola bajo el chorro. Un brillo seductor iluminó los ojos de Liz mientras hacía espuma con el jabón—: Me moría de ganas de hacer esto contigo —confesó.

— ¿Lavarte las manos? —preguntó Jude haciéndose la tonta.

Esos ojos verdes se entrecerraron y brillaron un poquito más ante la broma.

—Créeme, Jude. No te interesa jugar de este modo.

— Y ¿qué modo es ese? —dijo la mujer más alta con una sonrisita.

—Tú lo has querido —Liz se encogió de hombros y apartó a Jude de un pequeño empujón, de forma que ahora ésta se encontraba detrás del chorro de agua.

La ducha ocupaba un espacio generoso, dejando mucho margen de maniobra; y la reportera parecía decidida a utilizar cada milímetro para sacar de quicio a Jude. Dejó el jabón en su sitio y procedió lentamente a enjabonarse, ignorando a la sensual figura que tenía frente a ella. Consciente de la intensa mirada azul que observaba ávidamente cada unos de sus movimientos, Liz, con toda tranquilidad, extendió el jabón por los brazos y el torso, ignorando sus pechos deliberadamente, aunque se moría por las caricias de las manos hábiles de su amante. Despacio, pasó las manos por los muslos, sus propios dedos trazando los músculos definidos. Apoyándose en el borde la ducha se enjabonó las pantorrillas, cambiando el peso de una pierna a la otra. Cuando le dio la espalda a Jude y comenzó a deslizar las manos por las curvas de sus caderas hacia las nalgas, ésta gritó pidiendo clemencia.

—Tú ganas —susurró Jude con voz pastosa en su oído, envolviéndola con sus largos brazos desde atrás. Se hizo con el jabón y comenzó a recorrer la esbelta figura de Elizabeth con suavidad.

—Eso ya lo he hecho yo —dijo la reportera con una risa gutural.

—Creo que has pasado por alto algunos puntos.

Jugaron bajo el agua durante un largo y lujurioso rato, deleitándose en la sensación resbaladiza de sus cuerpos. Liz agarró el champú, una mezcla de color blanco lechoso con un limpio aroma a hierbas—: Arrodíllate —ordenó.

Jude arqueó una ceja—: No sabía que fueras ese tipo de chicas.

—Eres una pervertida, Jude Lucien. Quiero lavarte el pelo y no llego.

—Qué pesada —murmuró Jude entre dientes. Se arrodilló y permitió que la mujer más pequeña echara el champú y frotara hasta hacer espuma.

Cuando Liz acabó, se arrodilló frente a ella y deslizó los brazos alrededor de la cintura de Jude—: Échate para atrás —ordenó. Jude vaciló un momento, después flexionó los muslos y se inclinó hacia el chorro, aclarándose el pelo con las manos. Los fuertes brazos de Liz rodeaban su cintura sujetándola con fuerza. El pequeño ejercicio de confianza no pasó desapercibido para ambas—: ¿Has terminado? —preguntó Liz después de un momento.

—Sí —. Jude se incorporó y puso los brazos sobre los hombros pálidos de su novia—: Ahora te toca a ti—. Liz le pasó el champú y miró a Jude con expectación—: Antes tenemos que ponernos de pie. Mis rodillas están machacadas—. Jude sonrió ampliamente y la ayudó a levantarse.

Continuaron el juego hasta que el agua empezó a salir fría.

— ¡Uf! —farfulló Liz, saliendo de debajo del chorro— Supongo que esto significa que se ha acabado el tiempo de juego ¿no?

Jude cerró el grifo y salió de la ducha—: Ten cuidado —advirtió, ofreciéndole la mano. Liz sonrió ligeramente ante el gesto tierno y dejó que Jude la ayudase. —Ya está —Jude se ató una toalla alrededor de la cintura y comenzó a secar la piel de Liz con suavidad.

—Eso puedo hacerlo yo —protestó la reportera sin mucha convicción.

—Ya lo sé —Jude le apartó las manos de un cachete—. Pero quiero hacerlo yo ¿de acuerdo?—. Sus manos fueron dulces mientras quitaba el agua de los mechones dorados, y le secaba las gotas de agua de los ojos con pequeños toquecitos. Cuando terminó, examinó su forma ágil con ojos de admiración—: Terminado—. Indicó la puerta cerrada—: Ahí tienes un albornoz que puedes usar.

—Gracias —. El grueso albornoz era de color púrpura con un filo verde, obviamente uno de los de Jude. Se rió mientras se remangaba y apretaba el cinturón alrededor de su cintura—: Me siento como un niño pequeño con esto.

Jude sonrió—: Me recuerda a aquella primera mañana en mi casa. Mi chándal casi te traga—.

Riéndose, salieron del baño al aire frío de la habitación encontrándose con una Sasha expectante que sostenía un montón de papeles en la mano. Como Jude estaba ocupada secándose el pelo con una toalla, Liz vio a la ejecutiva primero y gritó asustada.

Jude levantó la cabeza de golpe, sus ojos se fijaron instantáneamente en el origen de la alarma de Liz. Su boca se torció en una mueca de disgusto cuando vio la mirada de su ayudante. Sasha, con toda claridad, no era una excursionista feliz.

Iba impecablemente vestida, como siempre. Una falda corta de color gris y una chaqueta cruzada imitaban el atuendo tradicional de los banqueros. Debajo, por lo que Jude podía ver, no llevaba absolutamente nada más. Un zapato clásico de salón de color negro, daba golpecitos en el suelo, marcando un ritmo incesante y silencioso—: Me alegro de que aún sigas aquí —dijo sin preámbulos—. Así puedo hacer que eches una mirada a estos documentos y los firmes antes de que tenga que volver a la oficina.

Como si Liz ni siquiera estuviera allí. Como si la propia Jude no estuviera desnuda y chorreando agua sobre la moqueta. Jude levantó una ceja dubitativa a su asistente, frunciendo los labios ligeramente. Sasha y ella habían representado esa escena docenas de veces. De hecho, Jude la había utilizado una o dos veces para librarse de alguna conquista particularmente insistente en pasar allí la noche. Su ayudante la retaba a que tratara a Elizabeth de la misma forma. La retaba a decir que esta vez no era diferente de las anteriores. Cuando ambas sabían sin ninguna duda  que lo era totalmente.

—Sash —mantuvo un tono suave en sus palabras, pero la advertencia que contenían era inconfundible—, tengo una invitada.

La expresión de los ojos de la ejecutiva claramente decía: “¿Y qué?”

Jude apretó la mandíbula. No estaba de humor para danzar al son de su ayudante. Volviéndose hacia Liz, preguntó con calma—: Elizabeth ¿me disculpas un momento? Tengo que hablar con mi empleada —. Arregló la toalla alrededor de su cintura y cruzó la habitación a grandes pasos hacia la puerta que llevaba a la oficina. Con frialdad, hizo un gesto a Sasha para que la precediera—: Después de ti.

Cerrando la puerta con la suficiente energía para llamar la atención de su asistente, Jude se giró para enfrentarla—: ¿A qué cojones estás jugando, Sasha?

—Nos sentimos un poquito butch hoy ¿verdad? —preguntó Sasha secamente—. Es pasado el mediodía —continuó—. No me había dado cuenta de que todavía tenías compañía.

—Y una mierda —Jude le espetó su escepticismo con un rugido furioso.

Unos ojos azafrán se medio cerraron mientras estudiaban el elegante largo de su jefa, y obviamente disfrutando  de cada segundo de su examen. Jude se sentó en el borde del escritorio, repentinamente incómoda de su casi desnudez y de la proximidad de su asistente. Su cuerpo siempre había sido el campo de batalla donde habían tenido lugar sus juegos de poder, y se había deleitado en utilizarlo para romper el control de Sasha, tentándola con cosas que podía mirar, pero solo tocar de vez en cuando. Ahora, las tornas se habían cambiado, y los ojos de Sasha estaban viendo miles de cosas que Jude no quería que viera. — ¿Por qué estás tan molesta? —contraatacó Sasha—. He interrumpido tus citas antes y nunca te había importado.

Sasha siempre había sabido calcular el tiempo de forma diabólicamente inteligente, sus interrupciones a menudo estaban orientadas a llevar a su jefa a algo más que a sacarla de quicio. Un profundo gruñido primario se formó en el fondo de su garganta cuando los recuerdos se abrieron paso hasta estar en primer plano, y Jude se dio cuenta de que desenredarse del pasado no sería simplemente una cuestión de dejar que este nuevo y brillante amor borrara todo lo demás. Sasha era un recuerdo bastante tangible del oscuro placer de su vida anterior, la vida que todavía podría tener si pudiera olvidar por un segundo a la mujer que la esperaba en la otra habitación.

Todo esto pasó por su mente en un parpadeo momentáneo de sus ojos azules, pero no pasó desapercibido para la mujer de pie a unos pasos de ella. Los labios de Jude se separaron ligeramente mientras su cuerpo luchaba consigo mismo. La silueta dorada de Elizabeth era todo lo que se interponía entre la mujer oscura y su impulso de empujar a Sasha contra la superficie más cercana y torturarla con sus manos y su boca hasta hacer desaparecer esa irritante mirada de suficiencia. “Se resistirá.”, la animó su mente, recordando la sensación de Sasha contra ella… Cómo una mano se enredaría por sí misma en su pelo tirando de él un punto más allá de lo placentero, mientras la otra se abriría paso hacia abajo a lo largo de su cuerpo. “Su boca...”, Jude tembló ligeramente, sintiendo dientes y lengua cubriendo su piel con rabia posesiva. “Oh, Dios mío...”, Jude abrió los ojos para encontrarse con que no era su memoria lo que estaba causando estragos en su sistema nervioso, sino más bien su ayudante en carne y hueso.

No se había movido, ni siquiera había respirado, pensó, pero de algún modo Sasha la envolvía, convirtiendo en bastante real ese placer fantasma. La mano en su pelo obligó a Jude a arquearse hacia la boca voraz que se movía por su cuello, e involuntariamente el cuerpo de Jude obedeció a las familiares y brutales caricias. —Espera —jadeó, intentando forzarse a moverse. Instintivamente, había cruzado los brazos en su espalda, equilibrando su peso. Para moverse tendría que inclinarse en el escritorio, y eso significaría rendirse. De forma increíble la toalla había desaparecido, o por lo menos había probado no ser una barrera entre su sexo y la búsqueda inexorable de Sasha.

—Espera... —ordenó de nuevo, recuperando el control por lo menos sobre su voz.

“Espera. No, para...”

La diferencia no pasó desapercibida para su ayudante, quien atentamente suavizó su asalto. —Jude —ronroneó—, olvídate de todas estas tonterías ¿vale? —mordisqueó el pulso cada vez más rápido en la garganta de Jude—. Deja que me ocupe de ti. Como lo he hecho siempre.

Jude tembló ante dicha súplica, su cuerpo sabía a qué se refería. Inconsciencia, así de sencillo. Ni bien. Ni mal... solo fuerza. Piel sudorosa y resbaladiza sobre piel sudorosa y resbaladiza. Tocando, agarrando, provocando muy dentro, y enviándola hacia la oscuridad. A donde siempre había pertenecido.

La silueta dorada se hizo borrosa, su luz casi apagándose con un chisporroteo, y una parte de su alma gritó de agonía por su marcha—: ¡NO! —aulló Jude, alargando un brazo para detenerla. Abrió los ojos de golpe—: Las cosas son... diferentes ahora —susurró.

Sasha arqueó una ceja burlona, sus dedos se deslizaban con facilidad sobre el centro de Jude donde descansaba la evidencia de la agitación de Jude — ¿En serio? —dijo entre dientes—. Me parece que no. Estás tan mojada por mi causa como siempre.

Esta vez Jude agarró la mano que la atormentaba—: He dicho que las cosas ahora son diferentes —sin embargo, su cuerpo permaneció ambivalente.

Una mirada azafrán con un filo acerado la fulminó—: ¿Sabes, Jude? Estoy empezando a hartarme de todo esto —había un tono autoritario en la voz de Sasha que Jude no había oído nunca antes—. Durante casi dos años te he dejado salirte con la tuya esperando a que se te pasara esta pequeña fase.

Jude soltó una carcajada de verdadero asombro—: ¿Que me has dejado salirme con la mía? ¿Qué soy? ¿Algún animal que no está educado con propiedad?—. “Destrozado más bien”. Su cuerpo aún clamaba por el contacto entre las dos, incluso mientras su alma clamaba por la otra mitad de su alma y la mente le daba vueltas de indignación.

—Hablemos de lo que eres —Sasha se negó a conceder ningún cuartel a Jude en esta batalla, forzándola a luchar por cada centímetro que iba colocando entre ellas. Se acercó aún más—: Sé lo que estás tramando —murmuró, soltando el pelo de Jude y pasando la mano sobre los anchos hombros de la mujer oscura—. Todas esas reuniones secretas con Romair... cómo has ido liberándome del negocio. ¿Pensabas que no iba a darme cuenta? Y más aún ¿pensabas que no me importaría?

El corazón de Jude se encogió dolorosamente, tanto por las caricias como por las palabras de Sasha.

—Quieres deshacerte de mí, querida* —Sasha le devolvió su propio apodo a Jude—. Todo por la reina del baile de graduación y un patético sueño de respetabilidad—. Ahí estaba... flotando de algún modo en el espacio infinitesimal que las separaba—: Quieres probar que eres como cualquier persona —continuó, su mano seguía acariciando la piel bronceada mientras un sudor frío aparecía sobre ella—. No lo eres, Jude. No eres en absoluto como cualquier persona. Y no puedo entender por mucho que me esfuerce, porqué quieres serlo.

“¿Por qué?...” Su propia mente se hizo eco de la pregunta. ¿Qué es lo que eso le ofrecía? ¿Creía sinceramente que podía ser absuelta de sus pecados? “¿Por qué?” ¿Por qué luchaba con tanta fuerza por una paz que podía ser que nunca se le concediera?

“Te quiero...” Palabras que jamás había oído antes y que, si se rendía al fuego helado de sus venas, nunca volvería a oír. “Te quiero...” Agarró la otra muñeca de Sasha, deteniendo el insidioso asalto sobre su piel. Unos ojos azules aguantaron la mirada de ojos azafrán con auténtica resolución. Cada gramo de fuerza que había dedicado a ser un ángel, un demonio, una espantosa figura de venganza, brillaba ahora en su mirada—: La quiero.

La declaración detuvo a Sasha de una forma que la negación nunca hubiera podido. Se estremeció ligeramente, más un escalofrío que otra cosa, pero Jude lo percibió, y en ese instante supo la verdad. Sus manos dejaron libre a su ayudante mientras ésta daba un paso atrás. La máscara ligeramente sardónica regresó a los rasgos de la mujer leonada—: ¿Lo sabes?

—Sí.

— ¿Estás segura? —levantó la mano, la brillante evidencia sobre sus dedos contradecía la afirmación de Jude.

Su mirada se endureció aún más, si esto era posible—: Puedo follar con cualquiera, Sasha —los ojos de su asistente se entrecerraron ante el final de la frase que quedó en el aire. “Incluso contigo” dijeron los ojos de Jude. Las palabras quedaron colgando espesas en el aire entre ellas, junto con el rastro tenue de la excitación de Jude. En ese momento fue por la estocada final—: Pero solo la quiero a ella.

Juego finalizado.

Sasha señaló con la cabeza a los documentos sobre la mesa, sus movimientos ahora se habían vuelto desgarbados, cosa rara en ella—: Aún así, necesito que firmes esas facturas de alcohol.

—Me ocuparé de ello antes de marcharme —indicó Jude, sabiendo que no se dirían nada más.

La ejecutiva asintió y se encaminó hacia la puerta que llevaba al corredor principal del tercer piso del Club. Con la mano en el picaporte, se dio la vuelta para mirar a su ex-amante—: Espero que sepas en lo que te estás metiendo—. Jude vio un desconcertante despliegue de emociones oscilar sobre el rostro de su asistente en ese mínimo instante. Tristeza, desilusión, y rabia en conflicto con algo que jamás antes había visto en Sasha: amor. Lo que había entre ellas siempre había sido un deporte sangriento, y se preguntó si por fin había descargado un golpe mortal.

Sasha se había marchado antes de que Jude pudiera decir nada, dejándola sola en la habitación preguntándose qué demonios pasaría a continuación.


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Durante la ausencia de Jude, Liz había encontrado el secador de pelo y había domado su pelo recalcitrante en una cola de caballo mucho más manejable. Descubriéndolo en las profundidades del diminuto armario, se puso un polo de color marrón oxidado con rayas verticales verde pálido. Recuperó sus vaqueros del montón de ropa junto a la puerta y los estaba recogiendo cuando Jude regresó a la habitación. Notando la mirada distraída en sus ojos, colocó una mano con suavidad sobre su antebrazo—: ¿Te encuentras bien?

—No estoy segura —confesó—. Le he contado a Sasha lo nuestro.

—Apuesto a que ha sido como una monja que de pronto se despierta en una casa de putas —murmuró sombría. Cuando Jude no respondió, continuó—: Es obvio que tu asistente siente algo así como... un sentido de la propiedad sobre ti. Estoy segura de que no le ha hecho ninguna gracia el ser desahuciada de ese lugar en tu vida.

—No sabes de lo que hablas —replicó Jude con dureza, evidentemente no queriendo hablar de lo que había sucedido en la otra habitación. Esperando poner fin a la conversación, añadió—: Sasha y yo fuimos amantes durante más de un año, casi dos. E incluso cuando estábamos juntas, siempre hubo otras... cantidad de ellas —se encontró así misma incapaz de controlar el rubor que encendió sus rasgos ante la cruda declaración.

—Seguro que las hubo —replicó con aspereza, imaginando sin esfuerzo las legiones de mujeres que sabía que Jude se había llevado a la cama. La noche anterior la había estado observando durante un buen rato antes de aproximarse; emitía un glamour seductor sobre todo el mundo, y cada cuerpo que le se ofrecía en silencio había provocado un doloroso desgarro en el estómago de la reportera. —Pero, Jude, ¿alguna de ellas significó algo para ti? Estoy segura de que a Sasha le dijiste que no un millón de veces, pero ¿lo hiciste porque preferías estar con otra? o ¿lo hiciste simplemente por que querías controlar la situación?

Jude permaneció en silencio, atrapada en esos ojos verdes. No había manera de escaparse de esta conversación—: Tienes razón —dijo con aspereza—. Era un juego entre nosotras. Ella intentaba obligarme a admitir que la deseaba, pero nunca la dejé que me tuviera completamente. Esas otras mujeres eran una forma de provocarla —bajó los ojos hacia la moqueta, incapaz de sostener la intensa mirada de Liz por más tiempo.

Su voz era insoportablemente amable —: ¿La querías, Jude? —preguntó. No añadiendo la que tenía en mente “¿La quieres aún?”

Jude abrió la boca, la cerró, y la volvió a abrir—: No es tan sencillo. No podría explicarlo en esos términos. Cuando conocí a Sasha, no me importaba nada. No era capaz. Me relacionaba con la gente de dos formas: poder y sexo. Sasha responde a esas cosas en mí.

A Liz no le pasó desapercibido el presente en la última afirmación de Jude—: ¿Incluso ahora? —insistió.

—Incluso ahora —respondió Jude sin inmutarse—. Siempre ha habido algo entre nosotras... pero está relacionado con la persona que no quiero volver a ser nunca más —dejó escapar un profundo y tembloroso suspiro, la única evidencia de su lucha interna.

—Rompiste con ella cuando volviste de Cartagena ¿verdad? —preguntó Liz comprendiendo de repente.

Jude asintió con la cabeza de forma casi imperceptible y levantó la vista para mirar directamente a Liz—: Y no ha habido nadie más hasta ahora —se pasó la mano por el pelo que se iba secando rápidamente—. No quería que nadie más... sufriera... por mi culpa —. La cara de Jude era pura desolación y tristeza al enfrentarse a las ruinas que su paso había hecho de la vida de otra gente.

Liz deslizó en silencio los brazos de Jude sobre sus hombros y la envolvió en un abrazo para consolarla—: Todo eso ya se acabó.

—No del todo —replicó Jude, recordando a ambas lo que todavía estaba por venir.

—Saldremos de ésta —Liz levantó la cabeza para mirarla con seriedad—. Y después, tú y yo vamos a solucionar todo esto —dio unos suaves golpecitos en la sien de Jude—. ¿De acuerdo?

Una sonrisa irónica cruzó por los labios de Jude—: ¿Vas a arreglarme, Dr. Freud?

—Na —Liz desechó la idea con un movimiento de la mano—. No estás estropeada. Lo que ambas necesitamos es un pequeño... reajuste.

Jude reprimió un estallido de risa—: Reajuste ¿eh? Bueno, vale— revolvió el pelo rubio de Liz y se fijó en su ropa con una sonrisa—. Ya me has robado otra camisa ¿eh?


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El personal del Club todavía tenía que empezar a llegar, así que solo había dos coches en el aparcamiento. El Porsche de Jude descansaba amenazador en su plaza cerca de la puerta, y un desconocido Saturn azul oscuro estaba aparcado al final del todo. — ¿Es tuyo? —preguntó Jude, haciendo un gesto con la barbilla.

—Sí —afirmó Liz—. Vamos —guió a la otra mujer hacia el coche y abrió la puerta del pasajero—. Sube —. Jude elevó una ceja y echó una mirada a su propio coche. —Quiero llevarte a un sitio —la reportera respondió con calma a la pregunta sin realizar. Liz permaneció en silencio mientras se abría camino a través del tráfico hacia los pequeños apartamentos en los suburbios donde vivía. Sin decir palabra guió a Jude hacia el segundo piso donde estaba su casa. Conteniendo la respiración, abrió la puerta y dejó que Jude pasara dentro por delante de ella.

Era un apartamento de aspecto caro pero anodino, en el que no parecía haber mucho de la vibrante mujer que Jude había llegado a conocer en las últimas semanas. No tenía forma de saber que el apartamento era la evidencia de la vida que había eludido la reportera hasta que conoció a Jude. Caminó por el salón que estaba curiosamente desprovisto de detalles personales y el desorden normal de alguien que se siente cómodo en su espacio. El dormitorio era algo más cálido; los tonos terrosos en la colcha y las sábanas le recordaron los tonos suaves de la piel y el pelo de la reportera, y una pila de libros era testigo de un hábito de lectura voraz. La cocina era más alegre, llena de objetos de cocina bastante usados, y de libros de recetas manchados con los experimentos de la chef.

Dirigiéndose hacia el estudio, entró en la habitación que revelaría el último de los secretos de su amante. La habitación estaba igual de ordenada que las otras, con un ordenador que dominaba la superficie de un escritorio y material de oficina cuidadosamente colocado a su alrededor. Con aire distraído, jugueteó con la jarra de cristal que contenía al menos dos docenas de bolígrafos Bic idénticos. Una disquetera guardaba diskettes de diferentes colores, y un bloc lleno de notas meticulosamente escritas descansaba justo a la izquierda del teclado. Entonces volvió la cabeza y vio el tablón que casi cubría una pared entera.

Estaba lleno de artículos, recortes y notas sobre ella.

Señora de la droga escapa a la justicia.

Lucien sube hasta lo más alto de la cadena alimenticia criminal.

JLE Limited: Corporación fuera de la ley o negocio legítimo.

Delicuentes: Porqué la DEA no puede controlar a los suyos.

Princesa de la Mafia: Puño de hierro y guante de terciopelo.

Y en el centro de todo, una tarjeta de 13 x18 con una sola palabra garabateada en rojo:

¿POR QUÉ?

Liz había estado conteniendo la respiración, observando las emociones jugar sobre el rostro de Jude. Cuando regresó allí la noche anterior casi había destrozado la habitación en la rabia de haber perdido la única cosa que tenía algún sentido para ella. Sin embargo, había decidido dejarla como testamento de su orgullo desmedido. Y ahora se trataba de su último intento de librarse de las mentiras que aún permanecían entre ellas.

Jude se dio la vuelta para mirarla con ojos dolidos—: ¿Obtuviste tu respuesta? —preguntó con voz ronca.

—Sí. Pero no de la forma que piensas —el silencio de Jude le pidió que continuara, y la reportera tragó con dificultad, sabiendo que su débil re-establecida conexión estaba en la cuerda floja—. Cuando empecé con todo esto... No, eso no es correcto. No sé cuando empecé con todo esto conscientemente. Cuando fuiste a juicio, yo era una simple redactora. No llevaba tanto tiempo en Miami y el juicio aparecía por todas partes.

—Me acuerdo —dijo Jude secamente.

—Durante tu juicio, tú no tenías nada de la suficiencia aduladora que Gotti mostró durante su acusación. Pero al mismo tiempo no ibas alegando tu inocencia cada vez que alguien te enchufaba un micrófono. Se te veía tan... centrada y con tanta calma en mitad de todo ese circo... y yo no podía entenderlo.

—Entender ¿qué?

—Porqué —contestó—. Porqué hiciste lo que decían que habías hecho, porqué te convertiste en una delincuente, porqué organizaste la Masacre, porqué ni siquiera te molestabas en negarlo. Cada vez que te miraba, la pregunta se aparecía por sí sola ¿Por qué?

—La historia de toda una vida —comentó Jude con amargura.

—No —la contradijo Liz. Viendo la curva sardónica en el labio de Jude continuó—: Deja que te cuente algo sobre mi negocio, Jude. Las noticias duran en este mundo aproximadamente 30 segundos. Siempre aparece algo mejor y más importante. Tu historia se enfrió casi en el mismo momento en el que se terminó el juicio. Fuiste absuelta y no ibas a hacer declaraciones. Brugetti sabía que le habían vapuleado y no estaba por la labor de hacer hincapié en la pérdida de un caso que todo el mundo había considerado un caso ganado. No había una familia indignada que llorase a la hora de máxima audiencia o que te llevase a un juicio civil. Y en cuanto a la DEA, olvídate, ¿crees que querían hablar del hecho de que su mejor agente ahora trabajaba para el otro lado? A efectos prácticos, la historia se había acabado.

—Pero tú seguiste detrás.

Liz sonrió arrepentida—: Al principio, no. No fue hasta seis meses después del juicio, y aún mantenía los oídos atentos a cualquier cosa sobre tus actividades, que admití que no podía sacarte de mi cabeza —. Una ceja oscura se arqueó en su dirección. —Ahora pensarás que soy una acosadora ¿no? También estuve el día que testificaste. Estabas absolutamente preciosa ese día. Todavía recuerdo el traje que llevabas.

—Armani —murmuró débilmente Jude.

—Sí, Armani —meneó la cabeza para eliminar el recuerdo de la primera vez que vio al Arcángel—. En cualquier caso, seguía de cerca el ambiente criminal, así que parecía natural utilizar mis fuentes para intentar averiguar tus intenciones. Mientras tanto, el Fiscal del estado había bloqueado mis investigaciones y casi me meten en la cárcel por intentar saltarme una orden judicial de secreto sobre los archivos que la DEA tiene de ti.

— ¿De verdad?

—Tranquila, no llegué a ver nada.

—De todos modos, ya sabes lo importante.

Liz la estudió durante un momento antes de alargar la mano y tomar la de Jude, medio temerosa de que el gesto fuera rechazado. Respiró aliviada cuando Jude entrelazó sus dedos con los de la reportera y tiró de ella hacia el pequeño sofá situado frente al escritorio. —Eso es lo que estoy intentando hacer ahora —dijo despacio mientras se sentaban, ella sobre sus piernas cruzadas —. Contarte las cosas importantes. No quiero que haya nada más que se interponga entre nosotras.

Jude asintió—: Me habría gustado que lo hubieras hecho antes.

—A mí también —estuvo de acuerdo la reportera—. Pero sinceramente, no sé si habría habido alguna forma fácil de decirte que tu amante era una reportera que te perseguía, que se dedicaba a investigar tu pasado extensivamente, y que se introdujo en tu vida de forma fraudulenta—. Ante la descripción Jude pareció no saber si reír o llorar. “Ríe, Jude, por favor.” suplicó en silencio “O si no, no tenemos nada que hacer.”

Finalmente una risa estrangulada escapó de la garganta de la mujer oscura—: Bueno... cuando lo pones así... supongo que tienes razón —. Estudió sus dedos entrelazados—: ¿Cuándo decidiste intentar encontrarme? Especialmente después de tanto tiempo.

—¿De verdad? No estoy segura, exceptuando que sabía que ningún archivo o "fuente" iba a decirme lo que quería saber.

—Y eso ¿era…?

Miró en las profundidades de los ojos de Jude, aliviada de ver que todavía brillaban con calidez. Después aspiró profundamente y dijo suavemente—: Por qué no podía sacarte de mi cabeza.

La admisión se quedó descansando temblorosa entre las dos durante un momento, hasta que Jude preguntó—: ¿Qué piensa tu redactor jefe de todo esto?

—Veamos, creo que la respuesta exacta fue: "¿Te has vuelto loca?" —sonrió ampliamente—. Esa es la respuesta habitual de Lucas para casi todo. Y en este caso pensó que mi plan era particularmente disparatado.

—Lo era —dijo Jude sin rodeos—. ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sido como todo el mundo dice que soy? ¿Qué hubiera pasado si yo hubiera...? —se detuvo de pronto, tragándose el resto de la frase.

—¿Qué hubiera pasado si me hubieras llevado al piso de arriba a tu habitación del Club y me hubieras seducido en lugar de llevarme a tu casa? —terminó Liz en su lugar—. ¿Qué hubiera pasado si me hubieras tratado como a cualquiera de las otras?

—Sí —dijo Jude en voz baja.

—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó, queriendo saber porqué las cosas habían sucedido tan misteriosa, tan extrañamente bien entre ellas, cuando todo a la hora de conocerse indicaba que tenían que haber salido mal.

Jude apoyó la frente contra la de Liz, cerrando los ojos brevemente y atrayéndolas casi insoportablemente cerca—: Porque no eres como ninguna otra mujer que haya conocido, Elizabeth.

—Déjame ver tus ojos —susurró con la voz rota por la emoción. En silencio, Jude obedeció a la petición; y Liz se encontró frente a un azul más profundo, más intenso que cualquier vista del océano, o cielo de verano, o joya centelleante que hubiera visto jamás. En los ojos de Jude vio una admisión descarnada de deseo y de necesidad y de amor. La contestó con una igual, esperando que pudiera transmitir una décima parte de lo que sentía por la mujer sentada a un suspiro de distancia. Sintió como a Jude se le cortaba la respiración, y supo que había tomado la ola en la que ella iba—: Sí —murmuró, sintiendo los labios de Jude buscando los suyos—. Sí...

 

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—Es un restaurante que se llama "Barrido del Mar"...sí. Lo sé, Lucas... No, no está en medio de ninguna parte... No... No... ¡No! Vale... sí, dos horas. Bien. Nos vemos allí —Liz colgó el teléfono con un suspiro cansado y se dejó caer de nuevo sobre la cama en la que no había dormido desde hacía casi un mes.

Jude acarició perezosamente los finos mechones de pelo y los apartó de la cara de la reportera, estudiando los rasgos que había llegado a amar antes que a nada. Todavía no podía hacerse a la idea de los tumultuosos hechos que la habían llevado hasta aquí, pero imaginó que después habría tiempo suficiente para la reflexión. Siempre y cuando sobreviviese a la explosión que se aproximaba.

—Hey... la tierra llamando a Jude... —. Se centró en el verde amable de los ojos de Liz, sonriendo ante la calidez que había allí.

—Uy... lo siento. Estaba un poco distraída.

— ¿Quieres compartirlo? —Liz se incorporó un poco de modo que su cabeza descansara cómodamente sobre el estómago de Jude. De algún modo, habían acabado en la habitación tras su conversación, y Jude... siendo Jude, y Liz... incapaz de resistirse a Jude... bueno, las cosas rápidamente habían seguido su curso natural. Ahora Jude estaba tumbada cómodamente sobre las sábanas rosa oscuro, sirviendo de almohada satisfecha para que Liz se apoyara.

—Solo... pensaba sobre todo lo que ha pasado —hizo una pausa—. Y todo lo que va a pasar —echó una mirada a la figura dorada apoyada contra ella—. Todo va a ir muy rápido a partir de ahora. Lo sabes ¿verdad? —. Al contrario de lo que había dejado que Elizabeth creyera, sabía que en el minuto que la historia apareciera, iría caminando por ahí con una diana en su espalda. No había mentido cuando dijo que creía que la idea de Liz podía funcionar, lo único es que iba a funcionar por razones bastante diferentes de lo que pensaba. Esperaba provocar a quien quiera que hubiera coreografiado este baile en particular para que saliera a campo abierto. No podía disparar a lo que no podía ver. Era así de simple. Sabía que había prometido a Elizabeth que intentaría encontrar alguna solución que no fuera la violencia, pero, sinceramente, no sabía cuál. Quien estuviera tras ella quería sangre. No era algo de lo que pudiera escapar. Empujando con resolución los oscuros pensamientos fuera de su mente, se acurrucó contra el cuello de Liz, mordisqueando la piel con suavidad.

—Uau... Romeo... —Liz advirtió pero su cuerpo se arqueó ante la caricia—. Tenemos dos horas antes de la cita con Lucas, y necesitamos ir a tu casa a recoger la documentación que va a necesitar.

—También tengo que recoger mi coche.

—Muy bien, ¿por qué no vamos a tu casa a recoger las cosas, después pasamos por el Club a buscar el Porsche, y vamos en coches separados al restaurante? —sugirió, sentándose con pesar—. Así, si Lucas quiere que vaya al periódico, puedo ir.

Jude se mordió el labio durante un momento pensando—: Parece un buen plan. Vamos —. Se levantó con un elegante movimiento, mirando a su alrededor buscando la camisa que parecía haber desaparecido misteriosamente.

—Eh... ¿Jude? —Liz la tomó por el brazo—. ¿Recuerdas la conversación de esta mañana sobre el “Agua de Burdel”? —un brillo travieso salpicó los campos de verde.

—Lo que quieres es volverme a meter en la ducha —dijo Jude con una mueca.

—Lo has entendido perfectamente —respondió con una mirada de lascivia—. Vamos, tenemos tiempo.


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*Como siempre, en español en el original. N. de la T.

Continuará...