LUCIFER RISING. Autora: Sharon Bowers. Traductora: Sherab. Título original: © Lucifer Rising. Capítulo 13. "Había oído hablar del mal aliento matutino... pero esto es demasiado", se quejó Liz mientras su mente se iba despertando lentamente. El suave y rítmico jadeo parecía estar centrado directamente sobre su cara, y la reportera abrió ligeramente un párpado para enfrentarse al origen de su tormento. Los dulces ojos pardos de Pete la miraron fijamente sin pestañear, la boca abierta en un estúpido gesto canino. Dos patas se balanceaban sobre el pecho de Liz mientras esperaba pacientemente a que la pequeña humana abriera ambos ojos. "Esto no es lo que tenía yo pensado para la mañana siguiente", pensó enfadada. —Fuera, Pete —gruñó, apartando al chucho de su pecho. Se estiró lujuriosamente, su cuerpo gloriosamente dolorido por el sexo que ella y Jude habían compartido.Jude había completado la apertura de su alma consumiendo a Liz una y otra vez con la boca y las manos, evocando una respuesta que Liz había supuesto que sólo podía surgir de la febril imaginación de novelistas románticos como ella misma. Jude había sido a ratos salvaje, a ratos exigente, a ratos tierna y reverente, como si considerase que su unión era una consagración de esa extraña nueva vida en la que se estaba embarcando. Y también hizo recordar a la reportera que ella aún tenía que contar su verdad. Aunque temía lo que pasaría cuando le confesara a Jude las circunstancias de su encuentro inicial, sabía que era algo que no podía posponer mucho más. —No es algo que esté deseando hacer —le dijo a Pete. La pequeña bestia permanecía a los pies de la cama, la cabeza ladeada mirándola solemnemente—. Pero tengo que hacerlo, colega —continuó Liz—. Me ha dejado entrar en su mundo ¿te lo puedes creer? Puede que no crea en sí misma, pero cree en mí—. Observando detenidamente al perro negro, se dio cuenta del significado de sus últimas palabras. "Oh Dios... cree en mí... y está todo construido sobre una mentira". Liz cerró los ojos ante el pensamiento de lo que podría ocurrir, la seria posibilidad de que Jude la echase de su vida. O peor. —No —dijo en voz alta, como si al hacerlo las palabras se convirtieran en realidad—. Por lo menos me escuchará... y haré que comprenda... —. Dio voz al pensamiento—: Tengo que hacerlo —. Estar sin Jude ya no era una opción. Del mismo modo que había hecho confiar a Jude en que tenía un alma que merecía ser salvada, ésta le había hecho a Liz comprender que tenía una vida que merecía la pena ser vivida... Era un regalo deslumbrador para la mujer rubia... un regalo que Jude no era consciente de haberle entregado. No se dio cuenta de que la ducha había estado corriendo hasta que el ruido se detuvo. Momentos después, apareció Jude con una toalla envolviendo sus caderas y frotándose vigorosamente el largo cabello con otra. —Juro por Dios que me lo voy a cortar cualquier día —gruñó, echando la masa rebelde sobre un hombro. —Por encima de mi cadáver —dijo Liz sonriendo, y dejando que sus ojos vagabundearan apreciativamente sobre su forma aún mojada. —Ah... La Bella Durmiente se despierta —una brillante sonrisa se abrió sobre el rostro de Jude al ver a la rubita arropada cómodamente entre las sábanas —. Pensé que ibas a dormir todo el día. —¿Todo el día? —protestó Liz estirando el cuello para mirar el reloj—. Apenas son las siete de la mañana. ¿Qué haces levantada tan temprano? —Aunque me encantaría quedarme a vaguear contigo —bromeó Jude secándose aún más el pelo con la toalla—, tengo sitios a los que ir y gente a la que ver. Incluyendo una reunión a las nueve para la que tengo una pila de informes que leer y que he estado posponiendo. Si no llego a la oficina pronto no voy a saber de qué estoy hablando. Liz la miró pensativa—: Eso suena sospechosamente a lo que hacen los banqueros —dijo—. Además, había imaginado que tus horarios serían algo más... irregulares... Jude emitió una carcajada —: ¿Quieres decir que pensabas que todo lo que hacía era tratos a medianoche en callejones oscuros? Es cierto, hubo un tiempo en el que estaría metiéndome en la cama a esta hora; pero en algún momento a lo largo del camino acabé poseyendo legítimamente lo que parece ser la mitad de Miami —movió la cabeza—. Dirigir todo este follón lleva más tiempo que... —¿La otra parte de tus negocios? —suplió Liz estirándose lánguidamente, plenamente consciente de la mirada de su amante sobre ella. Unos ojos azules se quedaron fijos sobre la radiante extensión desplegándose ante ellos. Jude tragó convulsivamente, una acción que no pasó desapercibida para la mujer que se sentaba erguida en su cama. —Esa es una forma de llamarlo —replicó con voz ronca, moviéndose inconscientemente hacia la intoxicante visión. Encantada con la reacción de Jude, Liz sonrió con aire de suficiencia—: Por lo menos ven aquí y dame un beso de buenos días como Dios manda —ronroneó. De buen grado, Jude cerró la distancia que las separaba, sentándose con cautela en el borde del colchón. —Eso no es aquí —reprochó Liz, agarrándola del brazo y haciendo que se echara sobre su regazo—. Esto es aquí—. Pete soltó un aullido ante el movimiento repentino y salió correteando de la habitación. —Pero estoy mojada —avisó Jude, intentando que el agua no gotera sobre las sábanas. Una mirada lasciva y juguetona creció en el rostro de Liz: —Eso esperaba —bromeó admirando el ligero rubor que iluminaba las facciones de su amante. Su mano comenzó a hacer un lento reconocimiento de los hombros de Jude, siguiendo despacio las gotas de agua que caían sobre sus clavículas y hacia su pecho. Gimiendo ligeramente ante la caricia, los labios de Jude se encontraron con los suyos en un dulce intercambio matutino. —Buenos días —murmuró, el pulso de su garganta se elevó visiblemente cuando una mano pequeña cubrió su pecho izquierdo, pasando el pulgar sobre un pezón que se iba despertando rápidamente. —Oh... —¿Te gusta esto? —murmuró Liz, sus labios le acariciaban el lóbulo de la oreja. Con su mano libre atrapó el otro pecho de Jude y afanosamente logró hacerlo despertar del mismo modo que a su compañero. Jude gimió al sentir la tensión comenzando a crecer en su vientre. Apoyando todo su peso en el brazo derecho extendido, su mano izquierda se hundió por sí misma en el pelo de Liz. Depositó besos hambrientos a lo largo de su cuello:— ¿Tú que crees? —dijo con voz ronca. —He sido yo quien ha preguntado —Liz acentuó su afirmación clavándole los dientes en el pulso tierno del cuello. La mujer soltó un pequeño aullido ante el contacto pero su cuerpo aceptó la brusquedad, pidiendo más silenciosamente—. O ¿debería considerar esto como una respuesta? —dijo la reportera maliciosamente. Sus manos continuaron recorriendo toda la musculosa extensión del torso de Jude, revelando la forma de la mujer bajo sus dedos. —Échate, amor —murmuró. —No... puedo... —suspiró Jude, hundiendo la cabeza en el hueco del hombro de Liz— Tengo que... oh Dios... —gimió cuando las manos de la reportera regresaron sobre sus pechos—; me tengo que ir... Liz interrumpió el detenido examen que su boca realizaba de la cálida piel de su cuello para fijar sobre ella una severa mirada—: No tienes que estar en ningún sitio hasta las nueve... —. Deslizó una mano más hacia el sur, acariciando la suave curva de la cadera de Jude con movimientos delicados. —Lo sé... pero... —. El tacto suave como una pluma de los dedos de Liz quebraron sus palabras. Con un experto giro de la mano, Liz apartó la toalla de la cintura de Jude, dejando ese magnífico cuerpo desnudo ante sus ojos. Y cada nuevo roce de esas manos las acercaba más a la maraña de vello que protegía el haz de nervios de su centro. Involuntariamente, sus piernas se separaron ligeramente con la esperanza de atraer más cerca las enloquecedoras caricias. —Pero nada —Liz silenció sus objeciones. El brillante destello esmeralda de sus ojos se encontraba ahora velado por una ardiente excitación. Necesitaba que Jude sintiera la verdad que su cuerpo decía. Necesitaba hablar un lenguaje que ella entendiera sin ninguna duda, sin importar lo que pasara después. —No te vas a ir de aquí hasta que no tenga tu olor en mis dedos y tu sabor en mi boca —murmuró, agravando la voz en un sensual sonido gutural—. ¿Entendido? Jude tomó aire para responder pero se encontró los labios cubiertos por una boca ávida decidida a devorarla. Liz apartó el brazo en el que se apoyaba y el movimiento consiguió eficazmente que quedara tumbada en su regazo con las caderas colocadas en el borde de la cama. —Espera... —fue más un gemido que una protesta, y Liz sonrió al ver la vibrante confusión reflejada en el rostro de Jude— Yo... Tú... —Sí, Jude. Te. Quiero. Así—. Se rindió a la tentación de esos labios llenos una vez más, inclinándose y besándola concienzudamente, arrancando un profundo gemido de su garganta. —Déjame tenerte —susurró—. Por favor. Unos ojos azules se suavizaron ante la dulce súplica, después centellearon de deseo no satisfecho. —Sí —contestó con voz espesa, levantando una pierna para apoyar el pie sobre el colchón, una invitación a su amante para que llegara muy dentro. El corazón de Liz se desgarró ante el gesto, inflamándose en el interior del confinamiento de su jaula mortal con la visión de esta exquisita mujer abriéndose a su tacto. Tomando un aliento irregular, colocó con mano temblorosa una almohada bajo la cabeza de Jude, dejando que la otra repartiera caricias una vez más sobre sus pechos. La respiración de Jude era entrecortada, y el agua fría de la ducha se mezclaba ahora con ligeros trazos de transpiración, haciendo brillar su piel bronceada. Para los ojos de contadora de historias de Liz, Jude brillaba con luz tenue y elegante, un ídolo dorado que el mundo aún estaba por conocer. —Eres impresionante —murmuró depositando besos suaves, como ofrendas de su devoción a lo largo de las líneas afiladas de su rostro. Sus bocas se encontraron, y succionó suavemente la lengua de su compañera, provocando un quejido mudo en la mujer extendida sobre ella. Deslizó el brazo izquierdo alrededor de los hombros de Jude, acunándola, mientras la otra mano continuaba su veneración de las curvas de sus pechos. El beso se hizo más profundo cuando la excitación germinada floreció en un estallido a través del cuerpo de Liz: —Oh, Dios... —gimió la reportera perdida en el poder de las sensaciones que solamente tocar a esta mujer provocaban en su interior. Separándose para intentar recuperar el aliento que el deseo embriagador que la atravesaba le había robado, alzó la mano para acariciar el rostro de Jude: —Eres tan preciosa —murmuró. —A tus ojos —replicó Jude serena, besándole la palma. Sus largos dedos se entrelazaron con los de Liz, más pequeños, llevando sus manos unidas hacia abajo a lo largo de su cuerpo. —Tócame —susurró mientras presionaba los dedos de ambas contra su mismo centro. Ambas mujeres ahogaron un grito en ese momento, detenidas en el fuego líquido que descubrieron juntas. "Tan mojada...", pensó Liz, mareada, trazando el hinchado perfil del sexo de Jude, muy consciente de los dedos que todavía se enroscaban en los suyos. Emitió un gemido sordo ante la visión de la mano de Jude hundida en su propia humedad y brillando con su profuso deseo. —¿Qué sientes? —murmuró. —Oh... Dios mío... —gimió Jude—; como si me tocara yo misma... pero... no —dijo mecánicamente. —Muéstramelo —susurró Liz, ardiendo por saber qué historia contaría sobre sí mismo el cuerpo de Jude—. Enséñame cómo te tocas a ti misma. Jude gruño incoherente, echando la cabeza para atrás y arqueando la espalda: —Por favor. —Estoy aquí, mi amor... Guíame. Vacilante, Jude flexionó las manos contra su sexo, sus dedos buscando instintivamente los puntos que conocían tan bien. Otro secreto sobre la mujer sombría que se desplegaba ante la mirada sobrecogida de Liz. Las caderas de Jude dieron una sacudida ante el conocido tacto y aún así desconocido—: Por favor... —susurró otra vez. Perdida en la inmediatez del deseo de su amante, Liz permitió a sus manos seguir el ritmo lento marcado por el cuerpo de Jude. Juntas perfilaron cada curva y remolino de su centro, pasando ligeramente sobre el corazón y permaneciendo únicamente durante un breve instante sobre el diminuto botón acurrucado allí. Juntas se hundieron en el cuerpo de Jude, el paso fue fácil para sus dedos entrelazados gracias a la esencia que lo inundaba. Juntas llegaron a lo más profundo de las paredes resbaladizas, y los músculos de Jude comenzaron a temblar y a contraerse a su alrededor. —Oh... Dios... mío... —jadeó Jude—; eres... tan... maravillosa... —No, somos... —corrigió Liz con una dulce sonrisa que Jude no pudo ver—, somos maravillosas. Los ojos azules estaban cerrados, pero Liz podía ver su vehemente necesidad en la tensión pintada en el cuerpo de Jude. Sus propios músculos estaban rígidos por empatía erótica, y un pulso ardiente latía entre sus piernas. Aumentó mínimamente el ritmo de sus manos, buscando satisfacer el ansia de sus cuerpos. Jude dijo entre dientes arqueándose mucho más en su abrazo—: No... pares. —No —la tranquilizó Liz—; no hasta que pares tú... Moviéndose al ritmo constante marcado por sus manos, casi en la cima de la pendiente antes de iniciar la caída libre hacia la liberación, Jude abrió los ojos... para encontrar la mirada ardiente de Liz centrada en ella. Con un rugido salvaje dio el último paso, lanzándose con ferocidad hacia la deliciosa presión. Y Liz pudo ver cómo los últimos vestigios de contención de Jude saltaban libres mientras se rendía al placer de sus caricias combinadas. Un solo gemido "Elizabeth...", escapó de sus labios cuando echaba la cabeza hacia atrás, perdida en esa última, gloriosa caída. Jude apartó la mano, los músculos de su brazo temblaban por el esfuerzo y el clímax. El corazón le latía frenético en el pecho, como si intentara unirse al resto del cuerpo. Los dedos de Liz empezaron a moverse hacia fuera, pero Jude cubrió rápidamente la pequeña mano con la suya—: Por favor... —murmuró con la garganta ronca por la respiración entrecortada— , quédate... dentro de mí. Liz sonrió con dulzura—: ¿Quieres que... —comenzó a moverse suavemente sobre el centro de Jude una vez más. —No —contestó Jude vacilante—, sólo quiero... sentirte dentro mí—. Sus ojos azules lanzaron una rápida mirada a lo largo de su cuerpo hacia sus manos unidas y regresaron, casi tímidos, a mirarla—: ¿Te parece bien? A Liz le llevó un momento darse cuenta de que esa era la primera vez que Jude expresaba un deseo específico. Su cuerpo siempre comunicaba fácilmente lo que quería, guiándola sin palabras, pero ni siquiera una sola vez Jude había dicho: "Esto es lo que quiero de ti...". —Desde luego —Liz sonrió radiante, un rayo incandescente de felicidad la sofocaba con su calor. Se inclinó y depositó un beso suave sobre su frente. Todavía podía sentir los convulsiones atravesando ligeramente el cuerpo de Jude, y de vez en cuando un diminuto temblor pasaba a través de los músculos en su estómago. Flotaron durante unos momentos en sus miradas hasta que Liz susurró—: Gracias. Jude se rió, su respiración todavía no era regular —: Creo que soy yo quien debería darte las gracias. Esta es una manera alucinante de dar los buenos días —. Se dio la vuelta en los brazos de Liz y ésta se dio cuenta de que la mujer estaba todavía estirada sobre su regazo , mitad en la cama y mitad fuera de ella. De mala gana, su mano izquierda dejó su cálido refugio y vino a reposar sobre el corazón de Jude. —Seguramente no estás cómoda —dijo Liz con una mueca. —Seguramente no lo estaría —concedió Jude con una sonrisa irónica—, si hubiera un gramo de tensión en mis músculos. Sinceramente, me siento como un guiñapo ahora mismo. —Bueno... —Liz examinó cuidadosamente a su relajada amante con un brillo travieso en sus ojos—, la verdad es que ahora mismo pareces bastante un guiñapo. —Por tu culpa —acusó Jude de buen humor. —Pero tú me has ayudado— dijo Liz con una sonrisita. Hábilmente metió el brazo derecho bajo sus piernas y le giró el torso, moviéndola con suavidad de su regazo y tumbando todo el largo de Jude junto a ella en la cama. —¡Hey! —gritó Jude, sorprendida al encontrarse... recolocada... tan eficientemente—. Eres más fuerte de lo que pareces —remarcó. —Estaba chupado —bromeó Liz, haciendo un gran espectáculo de frotarse las manos una junto a otra. Se estiró contra la figura de Jude, adorando la forma tan natural en que sus cuerpos se entrelazaban. —Bueno... ¿dónde estábamos? —murmuró, besando la perfecta unión de la base de la garganta de Jude con sus clavículas. —Estábamos... —gimió Jude—, hablando de cómo yo tenía que prepararme para una reunión—. Agarró la cabeza de la reportera entre sus manos y fijó sobre ella una mirada seria pero que no parecía para nada arrepentida—: Y ya voy a llegar tarde. —¿Y? —la pequeña rubia parpadeó inocentemente—. ¿No eres la jefa? —Eres incorregible —inclinó la cabeza para un beso rápido—, pero me tengo que ir—. Se sentó resuelta aunque su cuerpo comunicaba claramente su renuencia. —En realidad no quieres. —No —admitió Jude alegremente—, pero tengo que hacerlo—. En un solo y elegante movimiento estuvo levantada y fuera de la cama, escapándose estratégicamente del tentador alcance de su amor. —Lo sé —accedió Liz con una sonrisita—, pero tengo que protestar o pensarás que no me importa. Jude solo meneó la cabeza, riendo silenciosamente, y desapareció en las profundidades de su armario. —Mira... —dijo, apareciendo minutos después con un traje de hilo de color crema, y colgándolo en el perchero—, si tienes... —vaciló—, algo que hacer hoy... La reportera captó enseguida lo que Jude quería decir—: Sí— dijo despacio, mirándola fijamente—, de hecho tengo algo que hacer. La otra mujer dejó caer la mirada y asintió—: Vale. Pues... siéntete libre de utilizar el Jag o lo que sea... —su voz se fue apagando insegura, y se dio la vuelta. Con la mirada fija en cualquier cosa menos en la reportera, no vio a Liz levantarse de la cama y cruzar la habitación—: Tengo que hacer una cosa— reconoció la rubia, tomando la barbilla de Jude y fijando esos increíbles ojos azules sobre sí misma—. Pero yo... —ahora fue su turno de sentirse insegura—, quiero regresar esta noche y hablarte de ello. Jude dejó escapar un aliento que Liz no sabía que estaba conteniendo—: Me gustaría que lo hicieras —admitió, la tensión fue desapareciendo de su rostro mientras deslizaba los brazos alrededor de la reportera y la atraía hacia sí. —A mí también —susurró Liz, su cuerpo dolorido con la conciencia de que esa podía ser la última vez que Jude la mirase con esa expresión. Había cosas en Jude Lucien que nunca pensó que podría ver en ella. "Bueno, de la mujer que yo creía que era Jude Lucien", se corrigió Liz. "Es mucho más de lo que pensaba; mucho más de lo que nadie piensa, especialmente ella misma". Se abrazaron en un espacio perfecto, donde el mundo consistía solo en cada una de ellas y el aire que respiraban. Artículos periodísticos, tratos de negocios, y señores de la droga estaban en otro universo, lejos de la existencia sutil en la que flotaban en ese momento. Sin embargo, el mundo tenía su forma de hacerse notar, y Liz, de mala gana, le permitió filtrarse entre ellas y romper su abrazo. Un beso tierno pasó suavemente entre sus labios. —Le diré a Carmina que haga algo especial para cenar —murmuró Jude. Liz suspiró con satisfacción, el equilibrio recobrado milagrosamente por la proximidad de Jude. Sobrevivirían a la verdad, se aseguró a sí misma. "Mira a lo que hemos sobrevivido hasta ahora... Nosotras... hu... qué gracioso... nunca pensé..." Deteniendo sus divagaciones, echó una mirada a su amante con una sonrisita—: Hazme un favor... déjala que vaya a la compra antes. Le hará mucha ilusión. Jude se rió, moviendo la cabeza: —No lo entiendo. ¿Por qué querría nadie ir a la compra? —Ni siquiera intentes entenderlo, Jude. Simplemente déjala —bromeó. —Vale, vale... —Jude levantó las manos en señal de rendición—. Cancelaré el pedido semanal y dejaré que sea ella la que haga la compra. —Genial —palmeó el hombro de Jude bruscamente—. No te arrepentirás. Y ahora... —echó una mirada pesarosa al traje que colgaba cerca—, creo que tienes que empezar a moverte. Mordiéndose el labio, Jude miró el reloj—: Ya llego tarde —asintió, frunciendo ligeramente una ceja—, así que... — un brillo malicioso crepitó en sus ojos, y agarró a la mujer más pequeña en sus brazos— no creo que importen unos pocos minutos más—. Con una carcajada traviesa saltó hacia la cama y se lanzó sobre ella.—Bueno... me parece que hay una serie de requerimientos que tienes que alcanzar antes de que pueda marcharme. Y según mis cuentas, señora, sólo ha cumplido la mitad de ellos. |
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