| LUCIFER RISING. |
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Autora: Sharon Bowers. Traductora: Sherab. Título original: © Lucifer Rising. |
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| Capítulo 1. |
“Hay una ventaja en ir con los malos en esta versión moderna del gobierno de la guerra entre indios y vaqueros”, pensó Jude Lucien mientras guiaba suavemente su nuevo Porsche Boxster y se deslizaba con facilidad fuera del congestionado tráfico de Miami. “Consigues los juguetes que más molan”. El coche era totalmente nuevo, recién sacado del concesionario, pagado con los dólares duramente ganados a unos traficantes de drogas colombianos a los que había engañado unas semanas atrás. De todas formas, eran unos amateurs, un grupo de patanes recién llegados que intentaban abrirse camino en el negocio precipitadamente, con unos kilos de farlopa y algunas Glock 9mm. “Evidentemente no entendieron la parte organizada del crimen organizado”, bufó Jude recordando a los hombres que al principio pensaron que podían fanfarronear ante ella y después, cuando eso no funcionó, obligarla a punta de pistola a hacer un trato. Uno de ellos se asfixió hasta la muerte después de que le aplastara la laringe con un codazo bien colocado. El otro cayó de rodillas suplicando cuando vio el destino de su amigo. Una rápida bala en la cabeza terminó con sus ruegos de clemencia. El proveedor colombiano, afortunadamente para él, era un hombre de visión amplia que había transferido tranquilamente su lealtad (y sus productos) a la dirección de Jude. “Debe ser alguna extraña mutación darwiniana”, musitó al tiempo que tomaba la larga extensión de carretera oceánica en su camino a casa. “Supervivencia de los más implacables. Ya no hay lugar para la virtud... al final todo queda en la capacidad de hacer lo que hay que hacer. Y esos bastardos no eran capaces”. Sus irritados pensamientos permanecían a ratos en la vista panorámica a su derecha, largas extensiones de casas exóticas bordeando un océano imposiblemente azul, y más en dirección hacia la sangrienta caída del sol a su izquierda. Anillos desiguales, rojo dorado, marcaban el cielo crepuscular, dando paso en la escena del atardecer a la vibración antinatural de la Ciudad de Neón. Su Miami sólo cobraba auténtica vida una vez la noche había ascendido, cuando la gente equivocadamente parecía creer que sus transgresiones eran, si no aceptables, al menos invisibles. En cierto modo, Jude era como el guardián de su corrupción. Cada vez que ella entraba en una habitación, su presencia evocaba recuerdos primarios de los siete pecados capitales en aquellos que la miraban. Jude Lucien apenas había pasado su treinta cumpleaños pero había un sentido atemporal de seguridad en el modo en el que se movía. Era alta y elegante, con una sofisticada apariencia civilizada y que, aún así, no podía ocultar la energía violenta que constituía su esencia. Enfrentados a los firmes planos de sus mejillas, la plenitud de su pelo negro como la tinta y el seductor índigo de sus ojos; mucha gente se quedaba sin habla. Los más listos, sin embargo, nunca olvidaban la mente astuta que vibraba tras esos ojitos azules. “La presentación lo es todo...”, Jude recordaba vagamente decir a su madre. Aunque el tiempo había vaciado de todo sentido tanto a su madre como a la mayoría de sus opiniones, cada vez que Jude participaba en un acto social, inevitablemente recordaba sus incesantes discursos sobre el tema. Shalimar, incienso, la cadencia implacable de su voz elevada en oración o con rabia, eran con mucho, los únicos recuerdos que quedaban de la infancia de Jude. Y esas eran precisamente las cosas que había dejado atrás la última vez que salió por la puerta del desvencijado tugurio que su madre llamaba casa de huéspedes. Quince años después, aquellos sermones sobre maneras, educación y apariencia que había hecho todo lo posible por ignorar, ahora resultaban muy útiles a la mujer oscura. Jude podía sentarse en una mesa con elegancia regia, conversar sobre arte y literatura con erudición, y llevar vestidos de alta costura con tanto estilo que habría hecho llorar de celos a una modelo profesional. Por desgracia, todo era al servicio de un sombrío y sangriento negocio que habría helado el alma ignorante de su madre. Considerar a Jude simplemente traficante de drogas sería tan completo y preciso como considerar a Da Vinci simplemente pintor. Sus largos dedos se extendían alrededor del mundo entero, y no solo se hundían en los tarros de miel del negocio de las drogas, sino también en el tráfico de armas y en el juego, así como en otros variados negocios legítimos. Por razones incomprensibles para sus competidores, Jude marcaba su límite en la venta de carne humana. “No escatimo a nadie sus placeres”, decía sobre este tema “pero, francamente, la idea de mi gente proporcionando a algún viejo gordo una niña de quince años para que pueda clavarle su polla en el trasero, no me atrae”. Una vez la prodigiosa niña mimada de la “Drug Enforcement Agency”, Jude ahora mordía con venganza la mano que antes la alimentaba. La habían arrancado de las calles donde era una criatura indomable que rápidamente se estaba haciendo un nombre en sus turbios corredores, y la sumergieron en un mundo de líquida decadencia y alturas empolvadas. Le habían cambiado el nombre y dado una placa que no la protegería en los círculos donde se movería. Sin embargo, las habilidades únicas que Jude incorporó a su nueva vida no se podían enseñar en ninguna academia. Había algo en ella que siempre había respondido a la llamada maléfica de aquellos a los que estaba obligada a perseguir, convirtiéndola en la perfecta agente infiltrada. En un mundo en el que un solo paso en falso significaba un castigo instantáneo e irreversible, Jude había prosperado haciendo caer en la trampa piezas cada vez más importantes y entregándoselas a sus señores de la DEA. Pero en algún punto del recorrido algo salió horriblemente mal. |
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— ¿El “Serafín de la Muerte”?— Jack Lucas miró incrédulo a la pequeña mujer de pelo dorado de pie frente a él— ¿Qué cojones es un serafín?— pasó una mano por su abundante y mal cortado pelo gris— ¿Alguna nueva consecuencia del SIDA? La mujer golpeaba con impaciencia el suelo con el pie ante esta diatriba, pero esperó a que el redactor-jefe se calmara. — Un serafín es un ángel, Lucas. Eso es todo. — Entonces por qué cojones no dices “El Ángel de la Muerte”? Esto es el Miami Herald, Liz. La mitad de tus lectores apenas habla inglés y mucho menos saben qué cojones es un serafín. Liz Gardener hacía una mueca cada vez que Lucas decía “cojones”, que era muy a menudo. Tan a menudo que una vez su jefe le preguntó si sufría algún tipo de problema nervioso. — No puedo llamarla “El Ángel de la Muerte” porque la haría sonar como una sosa compinche de Jack Kevorkian. Serafín es más amenazador, ¿no te parece? Ojos verde claro brillaron con excitación. Liz llevaba sólo un año en la brecha y todavía no había perdido el entusiasmo. Incluso tenía un auténtico don para el lenguaje que hacía que alguien como Lucas, que había sido un reportero simple del tipo “quién-qué- cuándo-dónde”, suspirara de orgullo y envidia. Lucas se dejó caer dramáticamente en su silla y miró detenidamente a su destacada pupila. — ¿Amenazador? Desde luego, guapa, es amenazador. Pero lee el puto artículo. Se alegó esto, se alegó aquello. Refundimos el juicio que acabó hace un año. ¡Y resultó absuelta, joder! Todo lo que tienes es amenazador. ¿Dónde están tus fuentes? Sé que las tienes porque si no, no habrías estado todo el mes pasado inventándote chorradas. Liz se retorció incómoda en su asiento. Sabía que el artículo era débil pero sus manos habían estado atadas. — Mis fuentes no hablarán oficialmente y los archivos de la DEA están sellados. Cuestiones de seguridad dicen— bufó quitándole importancia— . Tendríamos que ir a los tribunales para conseguir que los abrieran y de todos modos, eso echaría a rodar mis planes. — ¡Espera-un-momento!— Lucas levantó una mano— Uno: quieres que publique una historia como ésta sin al menos dos fuentes conocidas y fiables. Tú sabes bastante mejor como funciona esto. Y dos: ¿a qué te refieres con tu plan? Liz sonrió abiertamente a su jefe. La historia había sido un cebo para conseguir interesar al redactor. Sabía que había algo más que un simple artículo en todo esto y tenía la intención de ir a por todas. — Lucas, sabes tan bien como yo que aquí hay algo importante. Tiene de todo: drogas, asesinatos, fuerzas de la ley corruptas. Y una mujer guapa de por medio. — La historia es del año pasado— cruzó los brazos, pero Liz podía intuir por la forma en que sus ojos no se apartaban de los de ella, que estaba enganchado. Normalmente, cuando Lucas tomaba una decisión, despedía a sus peticionarios volviendo al inconmensurable montón de papeles que había sobre su escritorio. Liz tenía la teoría de que había dos formas de organización: archivos y montones. Lucas, Dios bendiga su irascible corazoncito, era un amontonador. Echó una mirada a las montañas de papel que la rodeaban y reprimió un suspiro. La era electrónica todavía estaba por alcanzar a su jefe. — El juicio, sí, claro... pero... — ¡Alto ahí! — Pero... Lucas emitió un gruñido y levantó una mano carnosa. Agarró su taza, la rellenó de una cafetera que Liz sabía que llevaba allí al menos seis horas y se volvió a sentar. — Ahora empieza desde el principio. Véndeme la historia Liz, y veremos si podemos llegar a algo. Liz sonrió una vez más y se pasó las manos por su pelo rubio dorado. Estaba más cerca de los treinta que de los veinte pero todavía tenía que enseñar el carnet en las discotecas y las tiendas de licores. Se mantenía en forma con sesiones regulares en el gimnasio y había llegado a ser una experta kickboxer, lo que le había venido muy bien unas cuantas veces en su tipo de trabajo. Su rápida sonrisa y sus penetrantes ojos verdes parecían llegar al alma de las personas, y hacer que quisieran contarle su historia. Cosa que también le había sido útil en su trabajo. Llevaba trabajando en el Herald alrededor de un año, a donde había llegado desde un pequeño periódico en Arlington, Virginia. Hija de un diplomático, había evitado el nombre de su familia y se había abierto su propio camino en la facultad escribiendo novelas románticas para pagar la matrícula en la Universidad George Washington. Aunque admitía que era una forma poco usual de trabajar en sus años de estudios, Liz llevaba contando historias desde que tenía uso de razón. Parecía una forma de transformar en lucrativo algo que sus padres siempre habían considerado inservible. Había estudiado ciencias políticas y relaciones internacionales, pensando en que quizá tendría futuro como asesora del Congreso o en alguna comisión. Liz era buena en el trato con la gente y sabía, después de toda una juventud observando las cenas y cócteles que sus padres organizaban, que a menudo la gente más poderosa en una habitación eran aquellos que trabajaban detrás del escenario. No tenía deseos de ejercer ese poder pero se sentía fascinada por aquellos que lo hacían. Y así fue como llegó al periodismo. No era el qué lo que la intrigaba sino más bien el quién y, más importante, el porqué. Esto era, en resumidas cuentas, la razón por la que se había sentido cautivada por la caída en desgracia de Jude Lucien. Acababa de llegar al Herald cuando la ex-agente de la DEA había sido llevada a juicio acusada de asesinato, conspiración para el asesinato y otros varios delitos relacionados con el tráfico de drogas. Liz era una simple redactora y sólo pudo seguir el juicio de lejos, pero el rostro de la mujer que silenciosamente devolvía la mirada a las cámaras, la había hipnotizado. Ni las granulosas fotos que salpicaban la primera página del Herald podían ocultar la subreal belleza de la acusada o su calma sobrenatural. Liz no podía explicarlo, pero el temerario desprecio de Jude Lucien hacia la moral y las fronteras legales, la fascinaban. Se descubrió a sí misma necesitando, casi más que nada en el mundo, conocer a esa mujer, llegar detrás de esa media sonrisa enigmática y esos penetrantes ojos, para poder entender la oscuridad que parecía emanar incluso desde su misma imagen Fue testigo desde fuera de cómo, pieza a pieza, el caso del estado comenzó a desmoronarse sobre las enrojecidas orejas del fiscal Mark Brugetti. Testigos se retractaban misteriosamente de sus declaraciones, desaparecían documentos y, además, la DEA dejó de colaborar declarando que abrir sus archivos pondría en peligro otras operaciones que se estaban llevando a cabo. A partir de aquel momento, el caso del estado se apoyaba sólo en el testimonio de un criminal convicto, terreno dudoso como poco. Pero lo que había asestado el golpe de gracia al caso contra Jude fue el propio testimonio de la ex–agente. A Liz le había costado una semana de cenas con un tipo insufriblemente aburrido que hacía la ronda en el palacio de justicia, eso sin mencionar la lucha con él en la puerta de su casa cada noche, pero se las había apañado para sacar un pase de prensa del Herald para los días en que Lucien testificaba. |
La acusación había esperado impaciente su turno durante el interrogatorio
de la defensa. En el momento en el que el abogado de Lucien dijo: “Su
testigo”, Brugetti saltó de su asiento y se precipitó hacia el lugar del
estrado desde el que Lucien le observaba silenciosamente. También fue el momento que todo el mundo había estado anticipando. A
su alrededor Liz podía oír las respiraciones aceleradas de la gente que
abarrotaba la sala. Brugetti prescindió de formalidades y miró a la acusada con abierta hostilidad. — Ha tenido una carrera bastante larga en la DEA, señorita Lucien. Más
larga que muchos agentes— comenzó inocentemente. Se detuvo un momento.
Liz observó que estaba esperando a ver si la oscura mujer mordía el anzuelo.
Sin embargo, claramente Lucien no iba a contestar nada que no fuera una
pregunta directa. Finalmente apuntó: — ¿Verdad? — Creo que tiene la documentación delante de usted, señor Brugetti. Pero
bueno, sí, tuve una carrera bastante larga en la Agencia. — Era un agente infiltrado, ¿correcto? Lucien se movió ligeramente en su asiento y cruzó sus largas piernas,
apoyándose en el respaldo. El conjunto conservador y bien cortado no podía
ocultar sus músculos mientras se movía. Liz vio la suave sonrisa que jugaba
sobre los labios de la ex–agente mientras observaba a los demás mirándola.
Lucien parecía un indolente gato salvaje tomando el sol en un árbol. Desde
luego no una mujer en un juicio del que dependía su vida. — Sí — contestó ausente. — Lo que significa que estuvo relacionada repetidamente y durante largos
periodos de tiempo con traficantes de drogas y sus asociados, y tuvo bastante
éxito a la hora de convencerles de que usted era uno de ellos ¿correcto? — Esa parece ser la definición de “infiltrado”. — Dígame, señorita Lucien, ¿cómo se las apañó para ser tan convincente?
Por ejemplo, ¿alguna vez tomó drogas con esos hombres? Liz gimió mentalmente. Este tipo era demasiado estúpido para expresarlo
con palabras. Estaba atrayendo la atención sobre todas las cosas que Lucien
había hecho en beneficio del gobierno y siguiendo sus instrucciones, en
lugar de en lo que la agente había hecho una vez había dejado la organización. — Si lo que me está preguntando es si esnifé señor Brugetti, la respuesta
es sí,— una sonrisa irónica iluminó sus rasgos invitando al resto en el
chiste— pero fue cuando tenía dieciséis años y nos escondimos en el patio
trasero de Eddie Fazini. Sus padres habían salido el fin de semana y él
asaltó las reservas de su hermano Tommy. Tommy le pilló y nos dio una
buena paliza. Así que me parece que he pagado mi deuda con la sociedad
en relación a ese cargo en concreto. Una breve ola de risas se extendió por la sala, alcanzando a todo el
mundo, incluido el jurado, notó Liz. — En estos días, el alcohol es mi droga. — ¿Está diciendo que nunca ha tomado drogas tanto en su aspecto de agente
de la DEA como en el de ciudadana privada?— la miró escéptico. — El alcohol es una droga— le corrigió— pero cuando estás en una habitación
llena de traficantes cocainómanos y paranoicos, un vaso de bourbon en
tus manos es mucho mejor que un tiro de coca por la nariz. Considérelo
el menor de dos males. El duro tono de sus palabras atrajo la atención de todo el mundo hacia
el peligro en el que Lucien se había colocado repetidamente por orden
del gobierno. Liz miró a Brugetti y casi sintió pena por ese hombre tan
torpe. Estaba desnudando su propia yugular y sabía que Jude Lucien no
dejaría que se le escapara la oportunidad. Sin embargo, Brugetti siguió animosamente. — Jack Taylor declaró que la vio esnifar cocaína con los miembros de
lo que entonces se llamaba el Cártel Massala y que más tarde, vio a unos
cuantos hombres que siguiendo sus instrucciones, emboscaron y asesinaron
a esta gente. Y que usted personalmente asesinó a Enrico Massala aunque
éste estaba colaborando con la DEA por aquel entonces. — Estoy al tanto de las alegaciones, señor Brugetti, estaba en la sala
en ese momento. — Y ¿qué respondería a esas acusaciones señorita Lucien? ¿que usted fue
responsable de toda esa carnicería?—preguntó con aire de suficiencia. Un breve destello de fastidio fue claramente visible mientras atravesaba
los rasgos de la sombría mujer. Lucien arqueó inquisitivamente una ceja
antes de hablar. — Voy a ser franca. He servido a la DEA durante más años de los que quiero
recordar. Y durante ese tiempo participé en más de quinientas detenciones
que resultaron en más de cuatrocientas condenas y la puesta fuera de la
circulación de cientos de kilos de cocaína y otras sustancias con un valor
en la calle de millones... ¡qué coño!, probablemente de billones. Mi trabajo
cada día consistía en eliminar drogas de la calle y meter en la cárcel
a los chicos malos. Lo que usted o el señor Taylor olvidaron mencionar
de ese testimonio ‘ocular’ fue que él era uno de esos chicos malos. Sería
mejor que lo volviera a llamar al estrado y le preguntara si recuerda
haber presenciado esa ‘carnicería’ antes o después de que yo arrastrara
sus miserables huesos hasta la cárcel. ¿Me entiende? La galería de prensa estalló junto con el resto de la sala. Y aunque
Brugetti siguió farfullando durante el resto de su interrogatorio, le
habían arrancado el caso de las manos. El juicio continuó, pero las mentes
de la mayoría renunciaron a una conclusión. Jude Lucien sería absuelta. |
Pero lo que Liz recordaba especialmente era que la acusada en su declaración, nunca había negado ninguno de los cargos. |
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