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Capítulo 6. Problemas, más problemas… o Leesto
—Despierta Mel, empieza el espectáculo. —Janice la zarandeó con cuidado, lamentando tener que molestar a la mujer que dormía plácidamente sobre su regazo. Mel parpadeó confundida al principio ante el contraste entre la realidad que la rodeaba y su sueño—. La fiesta de Leesto, tenemos que vestirnos. —Ayudó a Mel a incorporarse—. He oído jaleo en el muelle, así que será mejor que nos preparemos y salgamos de aquí. Mel asintió, aclarando las lagunas de su cerebro mientras abría la maleta que contenía lo que habían robado del barco. Sacó una camisa blanca y la dejó a un lado mientras comenzaba a desabrocharse la blusa que llevaba puesta. —Pensaba que eso lo iba a llevar yo —la interrumpió Janice cuando fue consciente de lo que pretendía ponerse. —¿Tú? —dijo Mel sonriendo—. No seas tonta. Nunca serías capaz de hacerte pasar por un hombre. Tú llevarás el vestido. —De eso nada —le espetó Janice—. ¿Qué hay de eso de “tengo la misma talla que los Vanderbilt”? —Aún sonriendo, Mel agarró la etiqueta de la maleta y se la alargó a su amiga—. Marmax Vanderbilt —leyó Janice en voz alta—. Genial. Mira Mel, yo no sé llevar estas cosas, y además no hay forma posible de que puedas esconder... em... disimular tus... em... Olvídalo. ¿Y tu pelo? —concluyó por fin, obligándose a apartar la vista del amplio busto de Mel. Ésta sacó una peluca de la maleta. —Con unos cuantos arreglos debería bastar. Y no te preocupes, también he traído unas tijeras de coser. Tú desnúdate y ponte el vestido. Argo levantó la cabeza al ver a su dueña en aquella situación. —Ni una palabra —advirtió Janice al perro, que bajó la cabeza de nuevo sin mayores contemplaciones. Janice se deslizó en el vestido de satén negro, luchó para ponerse las medias y los zapatos y se enfundó los guantes hasta la altura del codo. Se mantuvo de espaldas a Mel, puesto que no quería que la mujer, más mayor que ella, descubriese lo desacostumbrada que estaba a vestir con tanta elegancia. Escuchó el roce de su ropa, imaginando el aspecto que tendría su escultural cuerpo con un esmoquin encima. Cuando por fin se incorporó, de cara a una de las paredes de madera de la cabaña, sintió un cuerpo cálido pegado a su espalda y unas manos que le abrochaban la cremallera del vestido. —Estás preciosa, Janice —comentó Mel al tiempo que ajustaba uno de los tirantes al hombro de la arqueóloga. Janice pudo sentir que la piel le cosquilleaba allí donde caía el aliento de Mel, acariciándole el cuello. Levantando la vista, descubrió el reflejo de las dos en uno de los cristales de la ventana, y sus ojos se llenaron de asombro ante la visión que tenía detrás. Mel ya estaba vestida. Llevaba todas las prendas a excepción de la corbata, aún desanudada, que colgaba de alrededor del cuello. Aún tenía el pelo suelto; los mechones negros caían sobre la chaqueta, sobre la camisa blanca y el chaleco, y sus ojos relucían con un color tan intenso como el del lapislázuli. Algo llamó entonces su atención y dirigió la vista hacia su propio reflejo, inclinando la cabeza con curiosidad ante la extraña que le devolvía la mirada. El vestido era de corte bajo y elegante, una obra de arte de encaje y satén. Siguió la línea del adorno negro hasta su hombro, donde descansaba el puño de la camisa que cubría la muñeca de Mel. Hipnotizada, la siguió al moverse desde donde estaba hasta la parte de atrás de su cabeza y soltarle el pelo, recogido hasta entonces. Comenzó a peinarla con largas y contundentes pasadas de cepillo y se sacó dos prendedores de la chaqueta para sujetárselo, hábilmente, detrás de las orejas. Janice apenas se reconocía. Con delicadeza, aquellas mismas manos la obligaron a girarse hasta que quedaron cara a cara. —Estás increíble —susurró Janice. —Si tú lo dices —respondió ella, rompiendo el hechizo—. Sólo que no sé anudar una corbata. Janice asintió, puesto que no confiaba en su voz para decir nada. Con las manos temblorosas alcanzó la corbata y, tal y como había hecho tantas otras veces con su padre, formó el complicado nudo obligándose a mantener la concentración. El pulso comenzó a disparársele, y a duras penas fue capaz de terminarlo. Sus pensamientos persistían y sus ojos se empeñaban en mostrarle cosas ante las que no podía evitar reaccionar. Cuando hubo terminado de ajustar la corbata colocó las manos sobre los hombros de Mel para admirar su trabajo. Podía sentir los tirantes bajo la tela de la camisa y del chaleco, que se le antojaban fríos comparados con el ardor de sus manos. Incapaz de contenerse, se inclinó hacia delante y cubrió la boca de Mel con la suya. Su mano se deslizó sobre la tela hasta la superficie aún más suave de su nuca. Tras unos segundos de exquisito contacto se dio cuenta de que la otra mujer ni aceptaba ni rechazaba su gesto. Como un cervatillo ante los faros de un coche, Mel estaba congelada. —Mierda Mel, lo siento —dijo Janice avergonzada completamente después de romper de golpe el beso—. No sé qué me ha pasado, no sé por qué... Mira yo... yo... lo siento. Mel siguió mirando a Janice unos cuantos minutos más, totalmente inmóvil. Por fin, sacudió la cabeza y murmuró. —No pasa nada, Janice. Vamos a prepararnos. Tenemos trabajo que hacer. Janice asintió sonrojada de la cabeza a los pies. Mel alcanzó el maquillaje, ahora también con las manos temblorosas. Sus labios todavía vibraban en el punto en que Janice la había besado. Cerró los ojos, sin saber muy bien si tenía el pulso desbocado de miedo o de excitación. Rebuscó entre los recipientes, sacó una polvera y se giró hacia la otra mujer, sintiéndose mal al descubrir aún vergüenza en sus brillantes ojos verdes. —Tranquila, no te va a doler —bromeó sonriendo al tiempo que empezaba a aplicar el maquillaje. Janice cerró los ojos, confusa al verse deseando por un lado borrar aquellos últimos cinco minutos y por el otro volver a vivirlos. —Necesito que me mires —le indicó Mel suavemente cuado hubo terminado casi del todo. Sacó el pastoso rimel y humedeció el recipiente con tanta discreción como pudo. Después, tras empapar bien el aplicador, sostuvo con cuidado la cabeza de Janice y comenzó a pasarlo sobre sus delicadas pestañas. Janice se maravilló de la suavidad de las manos que tenía sobre ella y que tan hábilmente la estaban transformando—. Ya casi está —le aseguró, alcanzando el pintalabios. Mientras lo utilizaba, Mel contempló fijamente los suaves labios que hacía tan poco tocaban los suyos. Sintió una ligera punzada de dolor al darse cuenta de que se había mordido el suyo propio con la distracción—. Bueno, ¿qué te parece? —preguntó volviendo a Janice hacia la ventana, lo más parecido a un espejo con que contaban allí. —Parezco un bicho raro —sentenció Janice, reconociéndose a duras penas. —Ahora ya sabes cómo me siento yo con la ropa de tu padre —aseguró a su amiga. Janice sonrió sin poder evitarlo. —Empieza con la peluca y yo echaré un vistazo por ahí. Argo, vámonos —dijo saliendo en silencio de la cabaña. Mel suspiró aliviada, encontrando mucho más fácil concentrarse con la brusca arqueóloga a cierta distancia de ella. “¿Qué me está pasando?” se preguntó al sentarse y alcanzar la ostentosa peluca negra.
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Janice volvió al poco rato e, instantáneamente, Mel descubrió que la joven mujer traía las manos cubiertas de grasa. —¡¿Qué has estado haciendo?! —le espetó en voz baja. —Tranquila, encanto. Me he quitado los guantes, ¿ves? Leesto tenía varios botes amarrados en el muelle y los he estado “arreglando” un poco. Cuando tengamos que salir de aquí, asegúrate de ir hacia el último. Los demás están... en baja forma. Janice miró a su alrededor tratando de encontrar algo con que limpiarse y, en vista del escaso éxito, utilizó su camisa vieja. Se encargó de poner a punto el revólver y guardar su petate en las bolsas de Argo. Cuando Mel terminó de ponerse la peluca, se giró hacia ella. Janice asintió de forma aprobatoria. —No está mal. Aún creo que eres demasiado atractiva para ser un hombre, pero tengo entendido que los chicos Vanderbilt van en esa línea. Atractivos, quiero decir. Sólo te falta una cosa. —Con cuidado, se sacó el reloj de su padre del bolsillo de la chaqueta y lo prendió del chaleco de Mel. Tras pasar la cadena por uno de los ojales, colocó la leontina en su sitio—. Ya está. Ahora sí que “casi” pareces un hombre de verdad. ¿Cómo te las has arreglado para alisarte... eh... el... —Eso no importa —la interrumpió Mel—. Pero no es lo que se dice cómodo, así que cuanto antes pueda recuperar mi preciosa camisa beige, mejor. Asintiendo, Janice le alargó el arma. —¿Podrías esconderte esto en los pantalones? —No pienso llevar un arma. ¿Y si se dispara? —Eso sólo pasa cuando aprietas el gatillo. Ven aquí, a ver si puedo sujetarla a los tirantes. Janice inclinó la cabeza al ver cómo la cola negra de la chaqueta de Mel pendulaba con cada uno de sus movimientos. El atuendo de la heredera estaba afectándola profundamente, tanto que la hacía ser consciente de que tenía un enorme problema. Al pasar las manos por el interior de la chaqueta, pudo sentir sus firmes músculos y su cálida piel. Buscó un lugar entre la camisa de la mujer y los tirantes, de forma que la cintura de los pantalones negros evitara cualquier tipo de accidente. Estaba bien escondida y, aunque no fuese demasiado cómodo, al menos sí era seguro. —Bueno, creo que ya estamos. Esta invitación va dirigida al señor y la señora Vanderbilt. Si tú eres Marmax, ¿quién soy yo? —Mi mujer, Effie. —Mel sonrió al ver la mueca de disgusto de su amiga—. Y cariño —añadió imitando el tono malhumorado de la arqueóloga—, deja que hable yo. Ephiny Vanderbilt es tímida y recatada, así que todo irá bien si mantienes la boca cerrada. —Sí, querido —respondió Janice de forma sarcástica al tiempo que salían de la choza.
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Escondieron su ropa y demás equipo entre la exuberante vegetación de la orilla del río y se encaminaron hacia los pequeños grupos de gente elegantemente vestida que llegaban en botes de remos. —Argo, ven aquí —susurró Janice al animal cuando aún estaban lejos de oídos inapropiados. Rebuscó en una de las bolsas que llevaba y sacó un colosal cigarro. —No irás a fumarte eso ahora, ¿verdad? —preguntó Mel horrorizada. Janice sonrió antes de contestar. —Yo no, pero tú sí. —Con la eficiencia que dicta la costumbre, dio un pequeño mordisco al extremo del cigarro y escupió la parte sobrante de tabaco al suelo. A los pocos segundos ya estaba encendido y humeando y, tras un par de fuertes bocanadas, se lo alargó a Mel. —A ver, cuando lo tengas en la mano, haz así —le instruyó—. Cuando lo tengas en la boca, sujétalo con los dientes. Y por el amor de Dios, no aspires el humo —la previno. Mel hizo como se le había indicado, tosiendo sonoramente al principio y luchando para que los ojos no le empezaran a llorar. Por fin, se sintió lo suficientemente cómoda como para dirigirse hacia el lugar en que se daba paso a los invitados a la mansión de Leesto. Cuando estaban lo bastante cerca de las puertas, Janice señaló a uno de los setos que quedaba bajo las alargadas ventanas. —Argo, escóndete ahí —le ordenó. El perro obedeció y a los pocos segundos estaba acomodada en los arbustos, fuera de la vista—. Y no te muevas —añadió en tono imperativo, entregando después su invitación a Mel y acercándose a la entrada. Alcanzaron la doble puerta de estilo francés justo cuando daban paso a un pequeño grupo. Uno de los ayudas de cámara comprobó que los nombres del papel estaban en su lista y se les cedió paso sin ningún contratiempo. Entraron así a un enorme salón de baile decorado con mesas ya preparadas para recibir a sus comensales. En uno de los muros había multitud de fotos enmarcadas con carteles que presentaban los artefactos que iban a ser subastados. Mel y Janice se internaron, con aire distraído, junto a uno de los grupos de invitados. Janice suspiró con alivio ante el hecho de que la tremenda opulencia de los dominios de Leesto y el interés en aquellos objetos evitaba que alguien pudiera prestarles demasiada atención. Nadie echaba un segundo vistazo a nadie. Se inquietó sin embargo al sentir un brazo rodearle con fuerza los hombros. Miró a Mel, que mantenía la mirada fija en otras parejas, imitando sus gestos. —Confía en mí, yo no me quejo —murmuró. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca de las fotografías como para leer las notas, los ojos de Janice se entrecerraron con furia. —¡Esas son mis malditas notas! —siseó. Mel se acercó al oído de la otra mujer. —Cuida tu genio, querida, o podría oírte alguien. Terminó la frase besando suavemente a Janice en la mejilla, estudiando con rapidez a los otros aristócratas. Nadie parecía haberse dado cuenta de aquel despliegue de carácter. A pesar de que varias cabezas se habían girado en su dirección, estaba claro que ni ella ni su esposa merecían el más mínimo interés. —Estás disfrutando, ¿verdad? —le preguntó cuando Mel volvió a incorporarse. —Casi tanto como tú —contestó ésta con una sonrisa—. Por cierto, bonita letra —añadió tras estudiar las notas de la doctora. El primer objeto fotografiado era un intrincado peto sobre los restos de una prenda de cuero oscura. —La armadura de Xena —susurró Janice. —De su época como señor de la guerra —añadió Mel—. Tú tenías razón. Dejó de llevarla cuando rompió su alianza con Ares. —Luego miró a su alrededor. Nadie podía oírlas en aquel momento—. Muy incómoda, debo añadir. Janice elevó la vista y estaba a punto de contestarle cuando otro invitado llegó junto a ellas, obligándolas a avanzar. El siguiente objeto era un látigo en perfecto estado de conservación. Al mirarla, Janice pudo ver unas ligeras arrugas en la comisura de los labios de Mel, casi como si lo reconociera y le trajera recuerdos lejanos. Sus sospechas se vieron confirmadas al pasar a la siguiente fotografía. Al instante, la expresión de Mel pasó del asombro a la pena... y a la ira. Janice miró la imagen, al tiempo que sentía crisparse la mano que permanecía sobre su hombro. El objeto titulado Lote 3 eran un par de collares, compuestos cada uno por la mitad de un medallón de diseño muy elaborado. Ambas partes encajaban a la perfección, formando una silueta de tipo céltico. —¿Qué es, Mel? —le preguntó—. ¿Era de Xena? Pensaba que no... Aún con la vista fija en la foto en blanco y negro, Mel contestó. —Nos enterraron con ellos. Nunca me lo quité desde que nos los regalamos. Y ella tampoco. Janice miró perpleja a Mel. —Ven conmigo —le urgió apartándola del cuadro y llevándola a una zona solitaria de la sala, bajo unos enormes tapices—. ¿Eres...? —preguntó Janice—. Quiero decir, tu acento... ¿Y tu acento? —¿De qué me hablas? —le interrogó ella a su vez, ya con su voz de siempre. Janice sacudió la cabeza y alcanzó una copa de champagne de la bandeja de uno de los camareros. Tras asegurarse de que nadie miraba, la vació de un trago. —Hace un momento, cuando has visto esos collares, parecías... Bueno, ya sabes. —Oh Janice —susurró Mel—, no digas tonterías. Estoy bien. Janice estaba a punto de contestar cuando el silencio comenzó a caer sobre la habitación. Una mujer elegantemente vestida había subido hasta el micrófono instalado sobre una pequeña tarima, cerca del muro de las fotografías. Esta vez fue Mel la que contempló endurecerse las facciones de la arqueóloga al reconocer a su enemiga. —Saludos, y bienvenidos —comenzó la mujer dirigiéndose a sus invitados con voz suave y clara—. Soy la Doctora Calissandra Leesto, y quiero agradecerles que hayan aceptado mi invitación. Tenía la esperanza de que una vieja amiga me acompañara esta noche, pero parece que tenía otros compromisos. En fin —se lamentó—, tendremos que comenzar la subasta sin ella. Hizo una pausa para crear expectación. —Como pueden ver —continuó, girándose para abarcar las fotografías con un movimiento de su brazo—, he documentado y fotografiado toda mi colección de Xena. Cada uno de los lotes se subastará por separado. Para hacer una oferta, escríbanla en una de las tarjetas que se les han facilitado y métanla en la caja con su correspondiente número de lote. Cada media hora, los lotes serán comprobados y la puja más alta situada junto a la foto correspondiente. Será entonces cuando tendrán la oportunidad de elevar su oferta. Las mejores y sus responsables se anunciarán a medianoche, a no ser que prefieran permanecer en el anonimato. —¿Podremos ver los objetos? —preguntó la clara voz de barítono de uno de los asistentes. Leesto sonrió dulcemente en su dirección. —Por su extraordinario valor, no los bajaremos aquí hasta las once. Tendrán la oportunidad de verlos antes de la última ronda de pujas. —Eso es todo lo que necesito saber —dijo Janice en voz baja a la espalda de Mel. Se había situado allí, donde a Leesto le fuese imposible verla desde la tarima—. La mercancía está arriba, seguramente en el estudio. Vamos. Tan pronto como Leesto se dispuso a atender a sus invitados, Mel y Janice echaron un rápido vistazo a las fotografías que les faltaban para hacerse una idea de los objetos que la doctora tenía aún en su poder. Una vez hecho eso, se dirigieron a la enorme escalinata que llevaba al segundo piso de la palaciega morada. —¿Se compró todo esto con el dinero que sacó de tus descubrimientos? —le preguntó Mel, contemplando la opulencia de la decoración y del mobiliario. —Supongo, y mediante chantajes —respondió Janice, tratando de no caerse de los tacones mientras ascendían los peldaños. Alcanzaron el pasillo del segundo piso y Janice se dirigió inmediatamente al estudio. —Me alegro de que al menos una de nosotras sepa a dónde vamos —murmuró Mel siguiendo de cerca de su amiga. —Fue en ese estudio donde dispararon a Argo la última vez. —Janice sacudió la cabeza con tristeza—. Salimos corriendo de su habitación y nos escond... Mel rió a pesar de no querer hacerlo. —Perdona, Doctora Covington, pero la idea de que salieras corriendo de la habitación de una mujer hermosa me resulta un poco difícil de creer. Janice frunció el ceño. —Me alegra que te sorprendan mis preferencias sexuales, Melinda, pero tengo principios. Además, Cal definitivamente no es mi tipo. —¿No te gustan las rubias? Janice se detuvo y miró a Mel un segundo. —No me gustan las putas retorcidas. Y ya que tanto te interesa —añadió, mirando fijamente y sin parpadear los brillantes ojos de Mel—, estoy empezando a sentir una irrefrenable pasión por el pelo negro y los ojos azules. —Mel apartó la vista, avergonzada. Janice simplemente sonrió—. Ten cuidado, Mel Pappas, empiezo a creer que flirteas conmigo. —Dejó caer la voz una octava antes de seguir—. Y adoro que flirteen conmigo. —Se giró dando la espalda a Mel, cuyas mejillas estaban incendiadas de rojo, y miró al fondo del pasillo—. Ese es el estudio, el que tiene dos guardias en la puerta. Dame la pistola. —¿Vas a dispararles? —siseó Mel. —No a menos que sea necesario. Quédate aquí. Con eso, Janice tomó el revólver y, con él escondido a la espalda, se les acercó. —Disculpen, ¿me podrían indicar dónde está el lavabo de señoras? —Los tipos miraron a Janice, o mejor dicho su coronilla, y señalaron con la cabeza al otro lado del pasillo—. Muchísimas gracias. Parece que he bebido un poco de más. —Avanzó trastabillando un par de pasos y uno de los guardias se le acercó al momento dispuesto a ayudarla. El arma salió disparada como un relámpago y le golpeó en la nuca antes siquiera de que pudiera detectar el peligro. Al momento la hizo girar en su mano y apuntó con ella al otro hombre—. No seas estúpido —rugió. El que quedaba en pie levantó las manos y se alejó un paso de la puerta—. Buenas noches —dijo Janice antes de dejarle inconsciente junto a su compañero—. Vamos Mel, ayúdame con estos dos —susurró probando el picaporte del estudio. No cedió. Estaba cerrado con llave—. Genial, justo lo que faltaba. —Déjame intentarlo —dijo Mel acercándose a la arqueóloga. —Mel, esto no es un chakram... Con una fuerza que no sabía poseer, Mel forzó el picaporte haciendo crujir el mecanismo de cierre. —Pero casi —susurró mientras arrastraba uno de los cuerpos al interior del cuarto. —¿Sabes, Mel? Me siento mucho más cómoda a tu lado cuando tienes ese maldito acento sureño —apostilló Janice siguiéndola. Una vez dentro, con los guardias encerrados en un pequeño armario, Janice se giró hacia Mel y le preguntó con voz insegura. —Has... ¿Eres...? Quiero decir, ¿eres...? La majestuosa mujer dejó de prestar atención a los objetos desperdigados por la habitación un momento y se giró hacia la arqueóloga, que la miraba fijamente. —Sí. Volvemos a encontrarnos, Janice. Pero no temas, Mel también está aquí. —¿Qué pasa contigo? —preguntó Janice confusa—. O sea, todo aquel asunto de Ares, pase. Se trataba de tu chakram y la posesión tenía sentido, ¿pero esto? ¿Es que tienes por costumbre meterte en la cabeza de Mel de vez en cuando o qué? Xena aspiró profundamente y se obligó a tener paciencia con la progenie de Gabrielle. De algún modo, Janice era también descendiente suya. —No puedo explicarlo mejor que tú, pero mira a tu alrededor. Estamos rodeadas de mis cosas... de nuestras cosas. Ya tenemos bastante con pensar en el modo de llevárnoslas y a salir nosotras como para preocuparnos además de cómo he llegado aquí. Vamos a tener que trabajar las cuatro juntas para salir de ésta. Janice, necesito que confíes en mí. Janice movió la cabeza a un lado con lentitud. —Las cuatro. Te refieres a ti, a Mel, a mí y a Argo... ¿verdad? —Oh, sí. Argo. Eso nos convierte en cinco. —Xena asintió y siguió rebuscando por la habitación. —Oh, no. No me estarás diciendo que voy a ser poseída por esa... por la... —Tras una mirada amenazadora de Xena, Janice eligió sus palabras con más cuidado—. Por cierta bardo, ¿no? Xena se encogió de hombros. —Mira a tu alrededor. ¿No te sientes vinculada a estas cosas? —La guerrera vio algo, se inclinó y levantó en su mano un cayado envejecido. Dos de sus tres piezas seguían intactas, pero la tercera quedaba colgando, puesto que hacía mucho tiempo que estaba roto—. Mira, ¿no lo reconoces? —¿Reconocerlo? Diablos, Xena. Yo lo desenterré. Es un cayado —respondió Janice agarrando el objeto que la otra mujer sostenía tan reverentemente. —Es tu cayado —le informó Xena con el mismo tono iracundo. Janice sintió un recuerdo abrirse paso en su cabeza, pero lo desechó al instante. —De acuerdo, el cayado de Gabrielle. Ya veo a dónde quieres llegar. —Echó un vistazo a su alrededor. Reconoció allí muchos de los objetos de sus excavaciones, y muchos otros que nada tenían que ver con Xena. Finalmente, localizó los pergaminos y comenzó a separarlos de las demás baratijas—. Mira, reunamos todo esto y larguémonos. No tenemos mucho tiempo. Me sorprende que Leesto pretenda pasar mucha de esta chatarra por cosas de Xena... Digo, perdona, tuyas. Por ejemplo, esta silla de montar sí que es... Xena miró lo que la otra mujer señalaba. —Era mía, o bueno, de Argo. Ego, como la llamábamos cuando se hizo mayor. —Xena sonrió al recordar—. El pequeño Lyceus no sabía pronunciar su nombre. Dejó de sonreír al ver la boca de Janice, abierta de par en par. —¿Tuviste hijos? —preguntó con los ojos como platos—. ¿Con Gabrielle? —Bueno, criamos a dos. Obviamente tuvimos descendencia, o si no, ¿cómo crees que llegaste aquí? —Janice estaba a punto de contestar cuando Xena negó con la cabeza—. Pero tienes razón, no hay tiempo para eso. Recoge los pergaminos, que es lo que has venido a buscar, al fin y al cabo. Hay un par de cosas que me gustaría recuperar a mí, así que démonos prisa. Janice envolvió todos los pliegos con rapidez, contemplando al mismo tiempo a la Princesa Guerrera vestida de esmoquin, revolviendo entre toda aquella montaña de cosas, de sus pertenencias. Xena se metió un par de objetos al bolsillo y sacó un peto de bronce de una de las vitrinas. Además, recogió su látigo, pero lo dejó y optó por llevarse el cayado de Gabrielle. Estaban a punto de encaminarse hacia la puerta cuando ésta se abrió de golpe, revelando tras ella a la rubia científica y a varios de sus gorilas. —Jan —comenzó Leesto mostrándose cierto sarcasmo siniestro—, me alegro de que al final hayas podido venir. —Sus agradables ojos marrones de giraron hacia Xena—. ¿Y quién es esa belleza con peluca? —preguntó, ahora con tono burlesco. —Mel, no —le advirtió Janice a Xena al ver que entrecerraba los ojos—. Cal, ésta es Melinda Pappas. Xena se quitó la peluca, dejando que su negra cabellera le cayera sobre los hombros y la espalda. Los ojos de Leesto se abrieron, apreciativos ante tan deslumbrante mujer. —Es un placer, Melinda Pappas —ronroneó Leesto—. Lamento verla en tan despreciable compañía. —Janice se encogió de hombros, sin molestarse siquiera en discutir. Finalmente, Leesto echó un vistazo por la habitación—. ¿No te has traído al perro? ¿Y qué voy a usar yo ahora como diana? Fueron unos reflejos forjados en cientos de batallas los que permitieron a Xena interceptar el cuerpo de Janice justo antes de que se lanzara sobre Leesto, y evitando ya de paso que recibiera un disparo. —No estás ayudando —le susurró Xena, soltándola poco a poco. —Y dime, Jan, ¿tu amiga también es una autoridad sobre el tema de Xena? —preguntó Leesto, desperdigando a sus hombres por la habitación para evitar que la doctora le causara problemas. Janice sonrió y guiñó un ojo a Xena antes de volver a mirar a su antigua colega. —De hecho mucho más que yo. Algunas veces, hasta tengo que recordarme a mí misma que no es la Princesa Guerrera en persona. Estoy segura de que vosotras dos tendréis muchas cosas de qué hablar. Vas a encerrarme por ahí, ¿verdad? Leesto sonrió brevemente e hizo una señal a uno de los guardias para que sacara a Janice del cuarto. —Jan, sé buena chica y colabora, ¿quieres? —Su voz sonó con tal dureza que inmediatamente puso en marcha a sus muchachos—. Llevadla a la cocina y encerradla en el refrigerador. Quiero tres guardias fuera, y buscad a ese asqueroso animal que tiene. Si está aquí, lo quiero muerto. —Pero Cal, si sólo fue un mordisquito amistoso. Janice fue sacada de la habitación a empujones y avanzó por el pasillo soltando toda una serie de sonoras carcajadas. Uno de los guardias permaneció allí, con el arma desenfundada, junto a Leesto y a su única visitante. —Espera fuera, Theoradore. Ya te llamaré si te necesito. Él se inclinó un momento y retrocedió hasta el pasillo, cerrando la puerta tras de sí. —Eres una mujer valiente —dijo Xena estudiando a Leesto. —La verdad es que no —le aclaró la otra—. El más leve grito por mi parte supondría la muerte instantánea de tu amiga. Mis hombres se divierten así. Al igual que a ese saco de pulgas de Janice, se les puede entrenar. Y bien, Melinda, ¿qué puedes decirme sobre Xena? Que no sepa ya, por supuesto. —Bueno —comenzó Xena con aire pensativo mientras miraba la silla de Argo—, era todo un carácter, y temible en la batalla. Sin embargo, nada le enfurecía más que el hecho de que amenazaran a su familia. Leesto dejó caer un poco la cabeza hacia un lado. —¿Por qué no apoyas la teoría de que Xena era una solitaria empedernida como la mayoría de los estudiosos de ahí abajo? Muchos ni siquiera creen que hubiese una Gabrielle. Xena cubrió con su mano la gastada superficie de cuero. —Porque yo conozco la verdad —dijo, al tiempo que recordaba aquellas sensaciones, la calidez del animal que había montado y el amor de la mujer con quien había viajado—. Gabrielle escribió los pergaminos. Todos menos unos. Pero esos pedazos de papel no son el tesoro real. Es cómo vivieron y la familia que formaron. Hasta sus pertenencias merecen algo mejor que ser subastadas al mejor postor. Pertenecen a su familia, a mi familia. —¿Así que eres descendiente de Xena? —preguntó Leesto, con una fingida incredulidad reflejada en la cara. Xena se inclinó hacia ella, con sus ojos azules relampagueando a la luz de las lámparas. —Dímelo tú —susurró. —Y supongo que ahora vas a decirme que Jan está emparentada con Gabrielle... Xena se encogió de hombros, sin dejar de asir con firmeza el mango de cuero de su látigo. De repente, un fuego familiar comenzó a arder en los ojos de la arqueóloga de pelo rubio. —Vaya, esto parece la reunión semanal de antiguas amigas —dijo, con la voz vibrante por el timbre de Callisto al tiempo que desenfundaba su arma. Al instante, un súbito golpe en la muñeca envió su revólver al suelo de la habitación. Callisto se habría lanzado a por ella si el codo de Xena no hubiese impactado sólidamente contra su cara. —Esta vez no, Callisto —murmuró a media voz al tiempo que el cuerpo de la mujer inconsciente se deslizaba hasta el suelo. |
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