Continuación...
Capítulo 7.
Casa de juegos
Janice Covington se sonrió mientras regresaba a casa al volante de su recién recuperada camioneta. Argo iba sentada en el asiento del copiloto asomando la cabeza por la ventanilla, aún asombrada de la variadísima gama de olores que le ofrecía aquella región.
Su casa.
Janice tenía que emplearse a fondo para convencerse de que no estaba soñando. Todo lo que había ocurrido durante aquellas últimas seis semanas, tras su vuelta de la isla de Leesto, le parecía demasiado bueno para ser verdad.
“Pero lo es”, se dijo trazando casi de memoria las curvas de una carretera que conocía como la palma de su mano.
La imponente mansión, una reliquia superviviente de la guerra civil, apareció de la nada al entrar en la calle Franklin. Aparcó fuera, frente a la puerta principal, y dejó que Argo saliera por la ventana y la precediera escaleras arriba.
Una vez dentro, Janice se deshizo de los tacones altos y del elegante sombrero que llevaba. Todo aquel vestuario nuevo era prácticamente lo único que no le hacía demasiada gracia de la dirección que había tomado su vida de un tiempo a esta parte. La casa era cálida y acogedora, aunque la mayoría de sus cajas de mudanza aún no habían sido abiertas. Aparte de sus libros, las posesiones materiales de Janice eran más bien escasas.
Equipamiento de investigación y artefactos de excavaciones anteriores esperaban pacientemente dentro de sus confinamientos. Hasta que terminaran de acondicionar una de las estancias de la mansión y convertirla en su estudio, era mejor que se quedaran donde estaban.
Janice echó un vistazo al vestíbulo. Le estaba costando trabajo acostumbrarse a la presencia de todas aquellas obras de arte y también a los muebles. No le resultaba difícil imaginarse a Melinda Pappas creciendo en aquel lugar, rodeada por tanta elegancia y refinamiento. Aun así, la mezcla de niña mimada y aventurera no dejaba de resultarle extraña.
—Y bien... ¿Lo has conseguido? —le preguntó Mel desde el segundo piso, bajando a toda velocidad las escaleras para reunirse con su amada.
—Por supuesto que sí —le respondió Janice sonriendo —. Estás viendo a la última adquisición de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.
—¡Oh, es maravilloso, Janice! —exclamó la mujer, besándola con efusividad para volverse, un segundo más tarde, y recorrer la estancia con la mirada.
—Francamente Mel —apuntó Janice entre risas —, no habría sido la primera vez que ‘Dora nos ve besarnos. Y la verdad —añadió en voz más baja —, me trae sin cuidado.
—Sí, bueno —le respondió su amante dirigiéndose a las escaleras —. Sube conmigo. Quiero enseñarte una cosa.
Janice la siguió con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Es algo que ya haya visto antes? —preguntó esperanzada.
Mel la miró, como haciéndole una promesa.
—De hecho, no. —Le guiñó un ojo antes de seguir —. Eso vendrá después. Y dime, ¿qué materia vas a impartir?
—Adoro cuando dices ese “después”. —Janice suspiró y fue tras ella —. A principios de otoño Cultura y Costumbres Premicénicas, Arqueología Avanzada y una conferencia especial sobre Xena. Una vez analizados los pergaminos, por supuesto. Me espera un verano la mar de divertido. —Se detuvieron frente a la puerta en la que desembocaba el elegante recibidor —. Vaya, ¿al fin se me va a permitir entrar en la habitación misteriosa?
—No digas bobadas —objetó Mel —. Se te metió en la cabeza explorar todas y cada una de las facetas del dormitorio desde que llegaste y no te has dedicado a otra cosa.
—Sólo cuando tú estás en él.
Mel ignoró ese último comentario y abrió las pesadas puertas de madera. Al otro lado había una enorme habitación, cómodamente decorada con cálidos tonos caoba y cuero. Un estudio con dos grandes escritorios enfrentados a un extremo del cuarto. El otro lo ocupaban una chimenea y dos sillones. Las estanterías adosadas a la pared unían el suelo y el techo con los libros de la antigua casa de Janice. Unas cuantas ventanas alargadas, tras cada una de las mesas, mostraban con magnificencia la parte anterior de la mansión y los campos que la rodeaban, en los que los melocotoneros se perdían de vista conformando una visión espectacular del horizonte. Frente a la chimenea, sobre la mesita auxiliar, un elegante jarrón de flores añadía la nota de color perfecta a la imperante sobriedad de la habitación.
—Es increíble —alcanzó a pronunciar Janice —. ¿Esto es cosa tuya? —añadió reconociendo todos y cada uno de los títulos de los tomos que reposaban en las estanterías.
—Bueno, ‘Dora me ayudó un poco, pero en algo tenía que ocupar la mente mientras tú estabas en esa entrevista —se justificó con orgullo. Janice se mostraba tan gratamente sorprendida como ella había esperado.
Cuando se dirigía hacia los libros, Janice captó algo por el rabillo del ojo. Un sombrero sobre un látigo enrollado.
—¿Qué es esto? —le preguntó, acercándose al escritorio y levantando el sombrero.
—Pruébatelo —sugirió Mel sonriendo ampliamente. Janice así lo hizo, y sonrió a su vez al sentir la caída perfecta de la prenda sobre su cabeza —. Tenía la esperanza de que fuese de tu talla —le explicó a continuación —. Verás, papá encargó un par de esos a un profesional del gremio, un europeo. Fue un regalo extravagante para aquella época, cuando mi madre aún estaba con nosotros. En cualquier caso, de los tres que recibió, uno le estaba pequeño. Jamás tiraba nada, así que puede decirse que ha estado esperándote en este estudio desde entonces.
Janice sonrió con ganas, demasiado emocionada y feliz como para hablar.
—Y el látigo? —preguntó al fin, levantando su segundo regalo. Estaba ligeramente desgastado, pero en excelentes condiciones de uso.
—Un regalo de Xena y mío. Como una especie de “bienvenida a casa”.
—Mel, ¡eres la mejor! ?exclamó Janice con la voz temblando de emoción mientras se dirigía a la esbelta mujer para abrazarla de nuevo.
—Bueno, parecías muy apegada a tu sombrero —dijo Mel cuando terminaron de besarse.
Janice sonrió.
—Sí, lo gané en una partida de póquer con un antiguo colega. Perteneció a Henry Jones Junior; Indy, cuando aún podía llamarle “amigo”.
—¿Ya no lo sois? —le preguntó Mel.
Janice negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.
—No. Me pilló con la hija de su mentor. —Se detuvo un segundo con aire pensativo? —Marion... Marion Ravenwood, así se llamaba. No le sentó bien que la... em... —Janice elevó la vista hacia Mel y la encontró con la ceja levantada —. Bueno, ya sabes. Fue también él quien me enseñó a usar el látigo —concluyó, esperando derivar con ello la conversación por otros derroteros.
Mel simplemente sonrió. La naturaleza pasional de Janice era una de las razones por las que la quería tanto.
—Eres incorregible. ¿Es que nunca vas a dejar de meterte en problemas?
—La verdad es que ahora mismo tengo una cómplice para eso la mar de... —La voz de Janice fue cayendo de tono hasta desaparecer cuando vio que Mel se volvía hacia la ventana?. ¿Qué pasa? ¿Qué he dicho? —le preguntó visiblemente preocupada.
—No eres tú, Janice. ?Mel sonrió?. Es que me está costando acostumbrarme a... esto —apostilló.
—¿Y qué es "esto"? —la interrogó Janice, reuniéndose con ella junto a la ventana, pero sin tocarla.
—Creo que debería hablar con ‘Dora, explicarle nuestra situación. Aunque no estoy muy segura de qué decirle.
Janice se quedó callada un momento con el ceño fruncido.
—Mel ?comenzó con delicadeza?, llevo aquí un total de tres días. En ese tiempo, ‘Dora nos ha pillado haciendo el amor cuatro veces. Y aunque creo que las dos primeras le sorprendieron un poco, ya debe haber aprendido que llamar a una puerta y entrar antes de que te respondan no es una buena idea.
Mel se sonrojó al recordarlo. Era cierto que Janice parecía mucho menos avergonzada que ella con respecto a todo ese asunto. Sorprender a otros, o ser sorprendida en situaciones comprometidas no le suponía nada nuevo. De hecho, la arqueóloga se había contentado con taparse con la sábana y responder a cualquier pregunta que hubiese merecido la irrupción de ‘Dora.
—Espero que no estés pensando en dejar que se marche ?le preguntó Janice. Desde el momento en que se conocieron, tres días antes, había nacido entre ellas un entendimiento mutuo. Habían acordado cuidar juntas a Mel y velar por su felicidad.
—Jamás haría una cosa semejante —?respondió Mel —?. Pandora empezó a trabajar para mi padre cuando yo no era más que un bebé, antes de que madre nos abandonara. Por aquel entonces, ella misma era una niña. Aun así, siempre ha sido lo más cercano a una madre que he tenido. —Mel se giró, con los ojos llenos de brillantes lágrimas —. Janice, tengo miedo de que me abandone. De que nos abandone.
Janice negó con la cabeza.
—No te equivoques, Mel. Pandora no es estúpida. Aquí tiene una excelente posición. El trabajo de la casa no es pesado; nunca le das quehaceres innecesarios. Sólo tiene que cocinar para dos, sus hijos y los amigos de estos son bienvenidos a tu casa después del colegio, y le pagas bien. Tú misma me has dicho que su marido no puede trabajar desde aquel accidente en el ferrocarril. ¿Por qué renunciaría a todo eso? ¿Sólo porque su jefa se acuesta con una mujer?
—También tú dijiste que hay gente a quien eso le plantea problemas. ¿Y si ‘Dora piensa que sus hijos no deberían venir por aquí? ¿Cuántas veces te han insultado o amenazado?
En aquel barco... Silvus... —aventuró Mel, sin dejar de leer en el rostro de la otra mujer.
—Olvídate de Silvus, Mel —la interrumpió —. Ese tipo era un idiota. Y en cuanto a los hijos de ‘Dora... Maldita sea, eres la persona más dulce y generosa que he conocido en toda mi vida. Además, la pequeña Thea está loca por Argo. Ni una estampida de caballos salvajes le impediría venir a tu huerta para jugar con ella. —Rodeó a Mel con los brazos y susurró contra su hombro —. Si tanto te preocupa, díselo. Deja que sea ella quien te quite de la cabeza todas esas bobadas. Te quiero, Mel. Y no me gustaría que algo así te impidiese ser feliz.
Ella le devolvió el abrazo, en parte porque no estaba segura de poder seguir reprimiendo el llanto.
—Yo también te quiero, Janice. Y no es que me impida ser feliz. Pero es complicado. Quiero decir... ¿qué hay de la Universidad?
—A qué te refieres? —le preguntó a su vez Janice, dejando que sus labios descansaran sobre la clavícula de la mujer.
—Qué van a pensar?
—¿Sobre que viva en casa de Melinda Pappas? —preguntó de nuevo apartándose para mirarla a los ojos una vez más —. Sospecho que un buen número de solteros se sentirán decepcionados y harán uno o dos comentarios groseros. También me temo que el cuerpo directivo tratará de corregir mi abrasiva personalidad para impresionarte. Saben que fuiste tú quien le salvó el culo a Sal Monious, dado que él no fue capaz de llevar ni un solo artefacto al museo. Están encantados de tener la silla de montar de Argo en su colección y deseosos de financiarnos futuras expediciones, además de impacientes por que yo transcriba los pergaminos de Xena y publique mis descubrimientos. Mel, están más que dispuestos a pasar por alto lo que yo haga o deje se hacer por las noches. Se arriesgan demasiado poniendo pegas a eso. ¡Qué diablos! Si hasta me dijeron que Argo era libre de pasear a sus anchas por el campus y me preguntaron si considerarías unirte a mí en la facultad. Quieren tu dinero, Mel. Lo siento, pero tendrás que acostumbrarte a que besen el suelo que pisas para impresionarte. Al menos por ahora.
Mel se encogió de hombros puesto que aquello no era nada nuevo para ella. Hacía mucho tiempo que había aprendido a distinguir cuándo la gente estaba interesada únicamente en sus finanzas. De repente, un nuevo temor se abrió paso en su mente.
—No creerás que fue ese el motivo por el que te despidieron, ¿verdad?
Janice negó con la cabeza.
—Confío un poco más en mi trabajo como para pensar eso. Sé que mis descubrimientos valen su peso en oro. Lo que ellos quieren es dinero a espuertas y datos creíbles. Seguro que consideran el hecho de que esté loca por ti como un punto más a su favor.
De pronto la discusión quedó interrumpida por unos suaves golpecitos al otro lado de la puerta.
—Adelante ?respondieron ambas al unísono. Segundos más tarde, la enorme superficie de madera comenzó a moverse con lentitud.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Pandora, sin levantar la vista del todo a medida que entraba en el estudio.
—Sinceramente ’Dora, no vamos a hacerlo aquí. —Janice añadió algo más, pero en voz muy baja —. Aún.
—¡Janice! —protestó Mel sonrojada de pies a cabeza.
Pandora se echó a reír. Cuanto más conocía a la deslenguada arqueóloga, más le gustaba.
—Con un lobo como usted, señorita Covington, nunca se sabe ?respondió.
—¿Lobo? —repitió Janice, dándole vueltas al término —. Me gusta cómo suena.
—Cállate —le espetó Mel en tono de fingida exasperación antes de volverse hacia la mujer —. ‘Dora, hay algo que quiero explicarte sobre Janice y yo. Sobre la naturaleza de nuestra relación...
Pandora era una mujer imponente, quince años mayor que Mel, aunque no lo aparentaba. Sus ojos brillaban con la viveza de la juventud, y su cuerpo había aguantado con considerable maestría el peso que suponía parir a seis hijos. Sacudió la cabeza y sonrió, de forma que sus perlados dientes acentuaron el tono moreno de su piel.
—No soy ciega, señorita Pappas. Está más que claro lo que sienten la una por la otra.
Mel se sonrojó. Aquello no estaba resultando fácil.
—Sí, pero me preocupa que tú... —Se interrumpió, más que nada porque no sabía exactamente lo que quería decir a continuación.
—Lo que Mel quiere decir —intervino Janice —es que le preocupa que cambien tus sentimientos hacia ella al saber lo que sabes de mí. Bueno, de nosotras.
La sonrisa se desvaneció de la cara de ‘Dora al tiempo que estudiaba a la mujer que tan bien conocía.
—¿Eso es lo que cree, señorita Pappas? —preguntó en voz baja. Mel asintió —. Entonces no le he enseñado tan bien como yo creía —concluyó con tristeza.
—No es eso, ‘Dora... —trató de explicar Mel.
—No me diga lo que es o lo que no es, Melinda Pappas. La he cuidado antes que a mis propios hijos, y siempre la traté como tal. Su padre fue un buen hombre, me enseñó mucho, y yo he intentado enseñar eso a cada uno de mis niños. Él nunca juzgó a nadie por otra cosa que no fueran sus actos. Viajó por todo el mundo y conoció a gente de todo tipo. Trató a todos con igual respeto, sin importarle si tomaban carne de mono para desayunar o llevaban la pantalla de una lámpara por sombrero. Señorita Pappas, querida niña, el amor es el amor. No es algo malo, no puede serlo. Cuando todo el odio desaparezca de la faz de la tierra, entonces tal vez podamos ponerle pegas al amor, pero no antes. Francamente, me tiene sin cuidado lo que ustedes dos hagan en la cama, o en la bañera —añadió por lo bajo —. Y en confianza le digo que aunque no me quejo de mi marido, seguro que ustedes podrían enseñarle un par de cosas —sentenció guiñándole un ojo a Janice.
—Seis niños, ‘Dora. No creo que necesite la ayuda de nadie —consideró Janice.
—Le digo que no me quejo —reiteró ‘Dora —. Es sólo que por lo que he podido oír, parece que se lo pasan muy bien.
—¿Quiere eso decir que no vas a marcharte? —preguntó Mel esperanzada.
—¿Marcharme? Jamás, niña, o al menos no mientras viva. Además, ahora que tenemos con nosotras a la señorita Lobo, seguro que voy a tener mucho que hacer.
Aliviadas, las tres mujeres se echaron a reír.
—Creo que querías algo... —comenzó Janice —. ¿O has venido sólo para ver qué estábamos haciendo?
‘Dora golpeó con cariño el brazo de Janice y susurró “demonio de niña” por lo bajo antes de contestar.
—Estaba limpiando la chaqueta del esmoquin y encontré esto en el bolsillo.
Extendió la mano y les mostró los colgantes engarzados que habían recuperado de la subasta.
—Es cierto —exclamó Janice —. Vi a Xena meterlos ahí cuando estábamos en el estudio de Leesto. Con todo lo ocurrido después, me había olvidado de ellos.
Mel recogió los colgantes de la mano de Pandora y estudió su intrincado diseño. La mujer estaba a punto de salir del cuarto cuando Mel levantó la vista y se dirigió hacia ella.
—’Dora, ¿has visto por ahí la bolsa de Argo?
—Sí, señorita. Está en el cobertizo, junto a las otras cajas.
—¿Podrías traérmela?
Pandora sonrió y cerró sin hacer ruido la puerta del estudio tras de sí.
—¿Para qué la quieres? —le preguntó Janice contemplando los dos objetos que descansaban sobre los elegantes dedos de su amante.
—Me traje un par de cosas cuando estuve en tu casa. Las puse en la bolsa de Argo y había olvidado que estaban ahí. Creo que ya va siendo hora de que te las enseñe. —Volvió a mirar los colgantes —. ¿Qué deberíamos hacer con ellos? —preguntó.
—¿Guardarlos? ¿Ponérnoslos? No lo sé —barajó Janice antes de encogerse de hombros.
—Yo creo que sólo deberíamos llevarlos en ocasiones especiales —propuso Mel —. Pero el cayado y el peto... estoy segura de que les gustaría que los tuviésemos cerca. ¿Y los pergaminos? ¿Vas a quedártelos?
Janice negó con la cabeza.
—Me gustaría enviárselos de nuevo a Jack Kleinman, en Nueva Jersey, donde los estábamos transcribiendo. Leesto aún podría estar interesada, y me consta que Jack no será tan estúpido como para subirlos a un ático y olvidarse de ellos. Si están en un museo, Leesto lo sabrá. Y si no puede encontrarlos...
Pandora regresó al estudio con la bolsa de Argo en las manos. Se la entregó a Mel, quien rebuscó entre lo que contenía antes de sacar un pequeño saco y la funda de un pergamino.
—¿Qué es esto? —le preguntó Janice recibiendo el primer objeto.
—Una cosilla que mandé hacer cuando nos separamos en Macedonia. Te dije que tenía que poner unos asuntos en orden. Encargué eso mientras tanto.
Janice abrió el saco y se volcó el contenido en la palma de la mano. Dos pequeños círculos de oro y plata, cada uno unido a una cadena, descansaron sobre ella.
—¡Chakrams en miniatura! —exclamó Janice.
Mel asintió.
—Una cara de cada uno tiene el diseño del chakram de Xena. El otro es liso.
—¿Las dos partes de un todo —observó Janice mientras Mel sonreía.
—Elige uno —le dijo. Janice hizo el gesto exagerado de cerrar los ojos y escoger, a ciegas, uno de los dos colgantes. Sus dedos tocaron primero la mitad de diseño cuadrangular y Mel asintió conforme —. Es el que te va mejor —decidió, rodeando el cuello de Janice con la cadena y cerrando el broche.
Janice le devolvió el gesto y a los pocos segundos ambas lucían collares parecidos, aunque no idénticos.
—Y los encargaste antes de... —comenzó Janice.
—Supongo que de alguna forma siempre confié en lo nuestro —afirmó la otra mujer —. Me alegro de que todo resultara así.
—¿Y esto qué es? —le preguntó de nuevo sosteniendo la funda del pergamino.
—Cuando nos separamos de Jack en Macedonia este pergamino se cayó de su bolsa. Ya lo he traducido. No fue Gabrielle quien lo escribió. De hecho creo que es el único escrito por Xena.
—Eres increíble, Mel —afirmó Janice —. Este verano va a ser estupendo. Traduciendo los pergaminos, investigando para nuestra próxima excavación...
Mel se vio contagiada por la felicidad de su amante.
—Nuestra próxima excavación. Me gusta cómo suena.
—Claro, Mel. Somos compañeras, en todos los sentidos. Ni se me pasaría por la cabeza meterme en una expedición sin ti. ¡Me eres tan imprescindible como Argo! —Mel sonrió, a sabiendas de que no podría haberle dirigido un halago mayor —. Y bueno, hasta que lleguemos arriba —continuó Janice —, ¿hay algo más que quieras que vea?
—’Dora tiene razón, Janice. Eres un lobo.
Ya se dirigían hacia el dormitorio cuando Pandora las interceptó.
—Ah no, de eso nada —les advirtió —. La señorita Covington tiene visita, así que ya descansarán más tarde —añadió señalando hacia su habitación con tono conspirador.
—¿Una visita? —preguntó Janice sorprendida —. ¿Quién?
‘Dora sonrió.
—Una mujer. De la Universidad. Pelo largo y rojo, muy atractiva y con una forma de hablar ciertamente graciosa. Aun así, yo no le quitaría la vista de encima a mi lobo si fuera usted, señorita Pappas.
Janice estalló en carcajadas.
—Pandora, una mujer tan inteligente como tú merece que le suban el sueldo.
—No se lo voy a discutir —convino ella —. Especialmente si voy a tener que cuidar a ese caballo que usted insiste en llamar perro. Gracias a Dios que estará la mayor parte del tiempo en la Universidad.
—¿Le preguntaste el nombre a nuestra invitada? —preguntó Mel.
Pandora asintió.
—Dijo que es la Doctora Fiona Cyrene. La he hecho pasar al salón. Si pueden aguantar un rato vestidas, les llevaré té helado.
Janice echó un rápido vistazo a sus pies descalzos y a la incómoda falda que llevaba puesta.
—Mierda, tengo que cambiarme. ¿Puedes entretenerla unos minutos? —imploró.
Mel, por su parte, le dirigió una sonrisa.
—¿Pelo rojo? —le preguntó a Pandora —. Parece que es mi tipo. No tengas prisa, Janice —dijo en tono juguetón mientras se encaminaba a las escaleras.
—Dios, he creado un monstruo —murmuró la arqueóloga lanzándose sobre la puerta del dormitorio.
—Así es, señorita Covington —le reafirmó Pandora contemplando a Mel bajar peldaño tras peldaño hacia la gran sala.