BELLA VIOLETA. 9ª

Autora:R. Pffeiffer

9. EL LABERINTO DE TU AUSENCIA.

Esa noche no podía dormir, a pesar del cansancio que solía provocarme el hacer el amor.

En realidad no sólo era esa noche. Eran todas las noches de mi vida. El sueño jamás tenía la decencia de venir a mi encuentro y si lo hacía, era intermitentemente. Pensé que estaba totalmente fuera de mi alcance el tener las mismas necesidades que cualquier ser humano.

Me levanté de la cama silenciosamente, intentando no alterar el plácido sueño de Manuela, mi compañera de cama desde hacía tres semanas.

Me reí recordando algo: al final, mi hermana había logrado emparejarme con su compañera de trabajo. Nunca me preguntó qué era lo que había pasado, a pesar de que sabía que algo muy importante había acontecido y que, por supuesto, tenía a Violeta como protagonista. De eso habían pasado ya tres meses y medio.

Un día me invitó a su casa para tomar café y descubrí que casualmente Manuela estaba allí. Me pareció atractiva y yo necesitaba compañía. Eso fue todo.

En todo aquel tiempo desde que regresé de la casa de campo no había vuelto a hablar con Violeta. Le había dejado, en cierta ocasión que había sacado el suficiente valor para ello, un mensaje en el contestador diciéndole que tenía que hablar con ella y que me llamara. Terminé diciendo que si no me devolvía la llamada no volvería a molestarla.

Tan sólo pretendía oír su voz, aunque fuera un instante. Y disculparme. Quizás hasta pedirle clemencia. No me llamó y yo fui fiel a mi palabra.

No me molesté en vestirme, en vez de eso, salí hacia el balcón. Encendí el pitillo que le había robado segundos antes a mi amante y lo encendí, apoyándome en la gélida baranda de metal. No era una fumadora habitual, por ello sentí que el humo, con tan solo una calada, me raspaba la garganta. Deseché la colilla rápidamente en uno de los ceniceros sobre la mesa y volví a mi posición original.

Manuela...

Ella, aunque se esforzaba por agradarme, no podía obtener nada de mí. Era una buena mujer y mejor amante aún, pero no podía amarla. ¿Era a esto a lo que se refería Violeta cuando me hablaba de sus relaciones? Me pregunté si conmigo también había sido así.

Manuela sabía que había algo en mí que no me permitía entregarme a nadie, e incluso tenía cierta sospecha de que sabía perfectamente que existía otra persona a quien yo seguía amando desesperadamente. Tal vez ella estuviera en la misma situación que yo y por eso se mostraba tan comprensiva.

Me doy cuenta de que nunca le había preguntado nada que no fuese banal sobre sí misma. Ella ni siquiera me había cuestionado nunca porqué prefería hacer el amor a oscuras. ¿Le diría, si lo hacía algún día, que la única razón era porque el único rostro que quería ver en esos momentos era el de Violeta? Supuse que no.

En nuestra primera vez, había abierto los ojos y el ver el rostro de Manuela delante de mí se me hizo doloroso. Era injusto. Injusto para Manuela. Era muy consciente de ello. Sólo sé que entre sus brazos encuentro algo de paz y de olvido que tanta falta me hace siempre. Tan sólo tenía que darme una mínima insinuación de que no era feliz conmigo, y yo desaparecería de su vida tan rápido como un ciclón.

¿Cómo era mi vida ahora?

Me había convertido en una autómata. Justo en lo que nunca quise ser. Había recuperado mi trabajo en el hospital, mantenía una relación equilibrada e incluso hacía planes los fines de semana. Todo me parecía tan absurdamente normal...

Visité la tumba de mi padre por primera vez. No puedo describir lo que sentí cuando ví su nombre escrito en aquella lápida, pero estuve segura de que produjo una herida en mi corazón que nada podría sanar jamás. Tan sólo estuve allí erguida unos breves segundos.

Cuando me fui, supe con certeza que no regresaría.

Muchas veces me pregunto cómo está Violeta. Mi hermana Ginebra se había convertido en un inesperado correo en ese tiempo. Cada vez que nos veíamos me confesaba que había visto a Violeta en tal sitio o que había quedado con ella para almorzar. Y siempre me revelaba esperanzada que ella le preguntaba por mí. No era difícil suponer que a Violeta le contaba algo similar .

Observé a un gato callejero que paseaba por la acera despreocupadamente. A estas horas, no había nadie a la vista. Era demasiado temprano para cualquier cosa.

El frío me envolvió entonces, pero decidí ignorarlo. No sentía ganas de regresar a la tibeza de las sábanas y a la compañía de Manuela. Necesitaba de mi soledad incluso estando con otras personas.

Sopesé la idea de recoger mis cosas e irme a mi apartamento, pero supuse que eso sería demasiado extraño. Tampoco sería muy justo para Manuela y yo no tenía intención de crear malestar entre nosotras. Seguramente mañana me despertaría para descubrir que una vez más me había hecho el desayuno. Ella era así de atenta y la única que se esforzaba de verdad porque esta relación funcionase. Yo simplemente me limitaba a aceptar lo que me ofrecía e intentaba darle lo que me pedía. Por ahora, nada en lo que tuviera que mentirle.

Últimamente no lograba encontrar un momento de serenidad. La boda de mi hermano Felipe se aproximaba y sabía que Violeta estaría allí. Verla de nuevo era motivo suficiente para mi insomnio y mi malvivir. Quizás ella decidiera no acudir. De ser así, no sé que sentimiento sería más fuerte, si el de alivio por no tener que enfrentarme a ella o el de aflicción por no verla.

Si me daba la oportunidad le diría que no le reprocho nada, que sabía con seguridad que ella lo había intentado y que si teníamos que buscar a algún culpable, ésa sería yo. Añadiría además mis deseos de que fuese feliz.

Esto último era más bien una hipocresía. Deseaba que fuese feliz, pero junto a mí.

No. Todo era una hipocresía. Esas frases son las que se dirían dos personas que se encuentran y descubren que ya no tienen nada en común para decirse. Lo que realmente deseaba hacer era arrodillarme delante de ella, implorarle cualquier cosa.

Me pregunté si Violeta también había encontrado a alguien. Me había atrevido a preguntárselo a Ginebra, pero ella siempre me había respondido que no lo sabía. Quizás sí que lo sabía pero evitaba decírmelo para no añadir más dolor.

Ginebra, mi querida hermana...

Mi paño de lágrimas durante los últimos meses. Aunque ella también me había dado la única felicidad. Las cosas con su marido finalmente se arreglaron. Era algo que yo esperaba. Cuando dos personas están destinadas a estar juntas, no hay nada que pueda obviarlo. Ellos habían crecido juntos como personas y tenían demasiado en común como para echarlo a perder. Ver la sonrisa de mi hermana era todo un regalo para mí.

Una voz me sacó abruptamente de mis cavilaciones.

–¿Qué haces ahí fuera desnuda y con este frío?

Me giré para encarar a Manuela con su negro pelo alborotado y abrigada hasta las orejas con su bata. Con aquello puesto parecía incluso más pequeña.

–Estaba pensando... –dije sin más.

–Eso puedes hacerlo en la cama. Ahí sólo conseguirás helarte...

–Tienes razón... –concedí, apartándome de la baranda para adentrarme de nuevo en el apartamento.

–A veces creo que estás loca... –me dijo dándome una palmada suave en una nalga.

–Tal vez lo esté... –respondí sin mirarla, antes de meterme en el dormitorio.


–Tú no tienes ni idea de lo que es la puntualidad, ¿verdad? –le dije a mi hermana Ginebra nada más atisbarla al entrar al enorme centro comercial donde habíamos quedado para ir de tiendas. Ambas teníamos la ardua tarea de encontrar algo decente que ponerme para la boda de Felipe.

–¿Ahora te das cuenta? –respondió haciéndome una mueca. –De todas formas sólo llego media hora tarde. No es para ponerse a gritar.

Suspiré. Ella había llegado tarde aún sabiendo que yo odiaba esperar. No iba a lograr nada discutiendo el asunto. Además, estaba segura de que la impuntualidad de Ginebra era algo que llevaba en los genes.

Nos adentramos en el atestado centro comercial y comenzamos a mirar escaparates.

–¿Tienes pensado algo? –me preguntó

–No. Pero lo que busco tiene que ser elegante y cómodo.

–Jimena. –me dijo con tono conocedor. –No hay nada elegante que sea cómodo. Tienes que elegir entre la elegancia o la comodidad.

–¿Por qué?

–Porque sí.

–Una respuesta muy reveladora. Gracias. –farfullé.

–De nada.

–¿Tú ya sabes qué es lo que vas a ponerte?

Asintió con la cabeza sonriente.

–Lo seleccioné la semana pasada. De hecho, sólo tengo que pasar a recogerlo...

–Apuesto que has tardado tanto porque han tenido que ensancharlo... –dije, reprimiendo las ganas de reír a duras penas.

–Otra de esas y tendrás que ir de compras tú sola. –me amenazó.

–Qué carácter...

–¿Qué te parece ése? –me señaló en uno de los escaparates a un maniquí vestido con un traje de noche de color azul.

–Demasiado escotado. –repuse.

–¿Y?

–Pues que parecería como la hermana soltera que busca marido o algo así.

–Podríamos bordar la palabra lesbiana al frente, ¿no? –señaló, demasiado divertida para mi gusto.

–¿Quieres tomártelo en serio? Falta una semana para la boda y necesito encontrar ese maldito vestido hoy.

–Cálmate, Jimena. Estas cosas se tienen que hacer despacio. Se necesita tiempo y mucha paciencia.

–¿Estás hablando de comprar un vestido o de hacer el amor? –bromeé.

–Algo me dice que va a a ser una tarde muy larga...

–Pero si te encanta mi compañía. ¿De qué te quejas?

–De nada. –dijo con voz falsa mientras encogía los hombros. –Debo recordar comprar un regalo para Mayte. Está embarazada.

–¿Otra vez? –exclamé algo alarmada. –¿Qué número hace éste? He perdido la cuenta...

Mayte era la mejor amiga de Ginebra. Se habían conocido en la universidad y desde entonces habían continuado con esa amistad. Incluso vivían relativamente cerca.

–El cuarto.

–¿Es que quiere acabar ella sola con los problemas de natalidad de este país?

–Al parecer sí. –me sujetó del brazo para pararme. –Entremos aquí. Tienes cosas realmente bonitas.

Nos adentramos en la tienda. Una música clásica nos dio la bienvenida junto con el característico olor a ropa nueva. Tuve que admitir que aquella tienda tenía clase. Era muy luminosa, con espejos en cada esquina y cada cosa pulcramente ordenada en su lugar. No era como los otros comercios donde yo solía comprar, donde la ropa yacía en cualquier lugar, sin doblar y encima de las otras por los descuidados consumidores que no se molestaban en dejar cada cosa donde la habían cogido. Eso era algo que me ponía frenética.

–Buenas tardes. –nos saludó una de las dependientas, vestida con un conjunto de chaqueta gris y un pañuelo azul anudado al cuello. –¿Puedo ayudarles en algo?

–Sí. –se apresuró a decir mi hermana. –Buscamos un vestido de noche para ella. –me señaló con el pulgar, tomando toda la iniciativa como si yo fuera muda o demasiado tonta para hablar por mí misma.

Me limité a hacer rodar los ojos y me mantuve callada. Hiciera lo que hiciera no iba a servir de nada.

–¿Algo formal?

–Sí. –volvió a asentir Ginebra. –Es para una boda.

–Síganme, por favor.

Seguimos a la dependienta, como si de repente fuera una guía turística, hasta que nos hizo parar en una esquina, donde, colgados en riguroso orden, pendían sendos vestidos de diversos colores. Todos ellos muy elegantes.

–¿La boda es por la mañana o por la tarde? –inquirió la dependienta, comenzando a rodar las perchas en busca del vestido. Me pregunté en qué criterio se basaría para saber qué es lo que me gustaría ponerme.

–Por la tarde. –dijo Ginebra.

–Éste es muy bonito. –sentenció, sacando uno entallado de color negro, con algo de pedrería incrustada.

–¿Qué te parece? –Ginebra se giró hacia mí.

Aquel vestido quizás era ideal para alguna de las Infantas, pero definitivamente, no para mí.

–No está mal. Pero busco algo más... –dudé moviendo las manos rotativamente, consiguiendo que ambas, mi hermana y la empleada, me miraran con una ceja alzada. –¿Qué tal si echo un vistazo y la aviso si encuentro algo de mi gusto?

–Por supuesto. –colocó el traje en su sitio y se fue a atender a otros clientes.

–No tenías que ser tan brusca. –reprehendió Ginebra tras esperar que la chica estuviera lo suficiente lejos para hablarme.

–No lo he sido.

–Creo que la has asustado.

–¿En serio? Yo que pensaba invitarla a cenar... –bromeé, poniéndome a la difícil tarea de revisar los vestidos.

Mi hermana hizo rodar los ojos. Un gesto que me recordó a mí misma.

–¿Qué tal está Manuela? –preguntó.

–Bien. Aunque deberías saberlo. Trabajas con ella, ¿no?

–Ya sabes a lo que me refiero.

–La verdad es que no. –dije sin mirarla.

–Pues quería saber si todo te va bien con ella.

–Supongo que sí. No la he oído quejarse...

Ginebra se colocó en el otro extremo de la barra suspirando ante mi reticencia a hablar de mi vida privada y comenzó a ojear los trajes.

–¿Qué has desayunado hoy? ¿Limones? –me preguntó irónica.

Me hizo reír.

–No. Almeja.

Mi hermana paró en seco toda actividad y yo tuve que hacer un enorme esfuerzo por no liberar una carcajada. Me miró durante un instante para luego soltar una risotada.

–Cerda... –exclamó aún entre risas. Nuestra pequeña fiesta había atraído la atención del resto de personas, entre clientes y empleados, hasta nosotras. Ginebra se acercó a mí para susurrarme su siguiente frase. –Ahora, cada vez que vea a Manuela, te imaginaré a ti con la cabeza entre sus piernas...

No pude evitarlo. La risa se apoderó de mi cuerpo y ambas tuvimos que salir de la tienda tras varios intentos de parar de reír sin resultado alguno. Ginebra murmuró una casi inaudible disculpa mientras me empujaba a la salida.

Miré a mi hermana recordando por qué la adoraba hasta la saciedad. Qué fácil era todo a su lado.

–Sabía que era una mala idea traerte conmigo... –dije nada más recobrar la compostura.

–Te recuerdo que estoy aquí para ayudarte. Tú no tienes ni la más remota idea de cómo vestir.

–Eso no es cierto.

Ginebra no contestó. Simplemente me miró de arriba abajo a media sonrisa y logró con ello que yo hiciera lo mismo.

–¿Qué? –pregunté insidiosa.

Me aparté ligeramente cuando una señora con un carrito decidió que lo mejor era pasar justo en medio de mi hermana y de mí. Como si no hubiera suficiente espacio...

–Jimena, vistes como si fueras una "hippie" o algo así. Siempre con tejanos y zapatillas deportivas...

–Porque es lo más cómodo, querida hermana. –la interrumpí. –Ya veremos si al final del día puedes decir que no te duelen los pies con esos tacones.

–Olvídalo. No pienso discutir de este tema contigo.

–De acuerdo. –concedí divertida.

Seguimos caminando, observando cada escaparate a nuestro paso.

–Ginebra... –dije quedamente.

–¿Qué? ¿qué pasa?

Señalé con una mano a un maniquí que vestía un traje de color blanco y con lo que parecían rosas dibujadas en él. Tenía un diseño asimétrico, descubriendo uno de los hombros y con un corte desnivelado que dejaba la pierna derecha desnuda hasta un poco más arriba de la rodilla. El acabado del vestido se componía de un volante, una ligera inspiración en los trajes flamencos.

–Ése es... –murmuré, como si hubiera descubierto al amor de mi vida a primera vista.

–¿Ése? –exclamó mi hermana algo incrédula.

–Vamos... –tiré de su brazo y entramos en la tienda.

Me acerqué con algo de prisa a una de las dependientas y le confirmé mi talla. En tan sólo unos minutos, salía del probador con aquel traje vistiendo mi cuerpo como si fuera un guante. Percibí la aprobación en la mirada de Ginebra en cuanto me vio emerger del cubículo.

–¿Qué te parece? –le pregunté poniéndome de puntillas, como si con ello lograra hacer mi figura aún más esbelta.

–Estás preciosa... –confirmó ella.

La empleada también murmuró unas palabras de aprobación.

–Tendremos que buscar unas medias adecuadas...

–¿Medias? –la interrumpí. –No voy a ponerme medias.

–¿Por qué no?

–Porque no pasaría ni cinco minutos antes de hacerme una carrera en ellas. –confesé, recordando mi ineptitud cuando se trataba de aquella delicada prenda.

–De acuerdo... –suspiró Ginebra. –Como quieras.

Sonreí y me metí de nuevo en el probador para volver a ponerme mi ropa. Cuando salí, Ginebra me esperaba impaciente. Me arrebató el vestido casi de las manos y miró la etiqueta.

–¡Jesús...! –exclamó al ver la interminable fila de números que indicaban el precio. Algo en lo que yo, por cierto, ni siquiera me había molestado en fijarme.

–¿Qué? –miré la etiqueta entonces.

–Vale el doble de lo que costó el mío.

–Y eso que el tuyo tendrá mucha más tela... –añadí sin poder evitar hacer la pequeña broma.

–Si no fueras mi hermana y te quisiera tanto, te estrangularía.

La besé alegremente en la mejilla y nos dirigimos hacia el mostrador para pagar mi compra. Seguidamente nos encaminamos hacia una zapatería donde adquirí los únicos zapatos de tacón que no me hicieron arrugar el ceño con disgusto.

La mañana se nos pasó volando entrando y saliendo de las distintas tiendas. Ginebra, que debía de ser algo así como la consumidora perfecta, compró diversos regalos para su amiga, su hija y su marido. Sólo cuando su tarjeta de crédito pareció emitir cierto olor a chamuscado y ante mi fastidiosa insistencia, decidió buscar un restaurante para tomar el almuerzo y de paso permitirme recuperar el aliento que tanta caminata me había robado.

Nos sentamos en una mesa que hacía esquina en un pequeño local de comida rápida. Pedimos un par de refrescos y sendos bocadillos de jamón y queso.

–Jimena, ¿has oído algo de lo que te he dicho?

–¿Eh...?

–Está claro que no.

–Lo siento. –murmuré mi disculpa. Lo cierto era que hacía unos minutos que mi mente se había ido a mucha distancia de allí.

–Eres la única persona que conozco que sea capaz de olvidarse del mundo entero a pesar de estar rodeada de él.

–Ni siquiera me doy cuenta de ello.

–Lo sé. –sentenció mi hermana.

–¿Qué me estabas contando?

–Te decía... –le dio un bocado a su bocadillo.

Me pregunté cómo demonios era capaz de engullir tan rápido para hablar después, era imposible a menos que se tragara la comida sin masticarla.

–... que Cristina tiene novio.

–¿En serio? –dije incrédula al tiempo que admiraba interiormente las dotes de socialización de mi sobrina de catorce años. A esa edad, yo era incapaz de soltar una frase de más de cinco palabras sin atragantarme con la saliva.

–Me ha dicho que cree que es el amor de su vida, ¿puedes creerlo? Si aún es una mocosa...

–No le habrás dado "la charla", ¿verdad?

Ginebra frunció el ceño y torció los labios pensativa.

–Sí, lo he hecho... –dijo al final algo dubitativamente, ignorando si el haberlo hecho estaba bien o mal.

–¿Es que has sido capaz de olvidar la charla que nos dio mamá sobre ese tema? –exclamé demasiado exaltada.

Mi madre nos había explicado, cada vez que una de nosotras alcanzaba edad de merecer, los peligros del sexo, todo el pecado que se escondía detrás de él y por supuesto, había acabado las charlas con el típico:"los chicos suelen buscar una sola cosa, y es aprovecharse de vosotras". Desde luego, ese consejo a mí más bien me sobraba. Claro que entonces no tenía ni idea de que yo acabaría buscando la misma cosa que los hombres.

Oír a mi madre hablar de sexo fue de las peores experiencias que recuerdo de mi infancia. Pero recordando a una amiga de la universidad, debo decir que tuve mucha suerte. A ella incluso le hablaron de la masturbación...

–¿Me estás diciendo que he hecho algo malo?

–Ginebra, esas cosas siempre es mejor que se las explique alguien que no sea un padre... –sorbí por la cañita de mi limonada. –Por ejemplo yo. –Me miró mientras masticaba sin descanso un instante para luego echarse a reír. Y supe con seguridad que era lo que le había hecho tanta gracia. – Para que te enteres... –dije a la defensiva. –... Estoy segura de que hubiera preferido que fuese yo quien le diese la charla.

–Ella y yo tenemos mucha confianza, no fue nada violento. Además, tengo la completa seguridad de que sabe más de sexo que yo.

Moví la cabeza asintiendo, dándole con ello la razón.

–Posiblemente...

–Tan sólo le advertí que fuera responsable y eso fue todo. –sentenció ella.

Seguí rumiando algo dentro de mi cabeza al tiempo que no le quitaba la vista de encima a Ginebra. Al principio quiso ignorarme, pero acabó por preguntarme sabiendo que era probable que se arrepintiera de ello.

–¿Qué?

–¿Crees que no podría ayudar a Cristina en esto?

–Si estás pensando en si creo que serías una mala influencia o que quizás pienso que no eres la más indicada para dar consejos olvídalo inmediatamente, ¿me oyes? –me regañó seria.

–Pero antes te reíste cuando...

–Tú te pasas el día haciendo bromitas referente a mi diámetro y no me quejo... –interrumpió rauda.

Me hizo reír y la tensión desapareció tan rápido como había aparecido. Ella me siguió y me guiñó un ojo. Sentí la imperiosa necesidad de decirle lo mucho que la quería, pero no lo hice.

–Hablando de lo cual... –comenzó y mi mente gritó inmediatamente la palabra peligro. –... ¿piensas invitar a Manuela a la boda?

–No.

–¿Por qué?

–Pues porque no. Tan sólo hace unas semanas que nos vemos.

–Entiendo... –se acomodó en su asiento una vez acabado su almuerzo. – No es lo suficientemente serio, ¿no?

–Algo así.

–Violeta estará allí...

Mi corazón dio un vuelco y mi cuerpo se enderezó repentinamente cuando oí a mi hermana pronunciar aquel nombre.

–¿Sabes qué? –prosiguió en cuanto se hizo evidente que mi boca seguiría cerrada por tiempo indefinido. –Comienzo a estar cansada de este tema... Violeta ha cambiado mucho en poco tiempo, ya no es la misma y tú... Bueno, tú andas por el mundo completamente perdida.

–¿Violeta ha cambiado? –pregunté ansiosa.

Sigue -->