BELLA VIOLETA. 11ª

Autora:R. Pffeiffer

11. LÁGRIMAS.

Nunca sabes por qué suceden las cosas a lo largo de tu vida. Si fuéramos capaces de saber qué es lo que el futuro deparará, estoy segura de que muchos de nosotros ni siquiera estaríamos preparados para aceptarlo... Nos parecería, además, un imposible.

De mi vida no hay mucho que contar hasta que apareció ella. Pero supongo que es un deber empezar un poco antes.

Pasé una infancia monstruosa, marcada por la muerte de mi madre a muy temprana edad, el maltrato de un padre que jamás se comportó como tal y el suicidio de mi hermana. Pero quizás fue esto último lo que marcaría mi personalidad para siempre.

Alicia. Mi querida Alicia. Débil de carácter. Todo lo contrario de mí, yo siempre fui la fuerte, la decidida. Creo que siempre vio en mí la salvación, la persona que la sacaría de su mundo interior. Ese mundo que nada tenía que ver con el nuestro. Al final supongo que decidió ir en busca de respuestas a otro lugar.

Sin mí.

Sigo pensando que era demasiado joven para abandonar lo que conocía. Jamás imaginé que tuviera la valentía suficiente para hacer lo que hizo. Después de que ella se fuera, yo no tuve ese mismo arrojo a pesar de que en algunos momentos deseé tenerlo.

Dirigí entonces mi vida por los cauces que me autoimpuse. Quería ser capaz de controlarla por mí misma, sin ningún tipo de dependencia. La falta de amor que sufrí de pequeña fue decisivo para mis relaciones posteriores. Mis condiciones eran simples, no pedía demasiado y tampoco daba demasiado de mí. Un trato justo a mi modo de ver. Esa actitud, inevitablemente, me dio fama de fría e inalcanzable, algo que, desgraciadamente, parecía convertirse en un aliciente para todos aquellos decididos a conquistar mi corazón.

No me disgustaba reconocer que me servía de mis relaciones para romper de vez en cuando la monotonía que me embargaba a veces. El sexo nunca fue un tabú para mí y disfrutaba de él. Estaba orgullosa de mi aspecto. No había nadie a mi alrededor que se resistiera a mis encantos si yo me decidía a conquistarlo.

El principio de mi despertar comenzó el mismo día que me presentaron a un nuevo piloto de la compañía de vuelos comerciales donde yo trabajaba. Tuve que reconocer entonces que me resultó muy atractivo a primera vista y aún más, me sentí muy halagada cuando comenzó a perseguirme sin descanso. Muchas de mis compañeras bebían los vientos por él. Si de algo estoy segura sobre Felipe es que normalmente conseguía lo que se proponía. Justo como era yo. Supe que era inevitable que acabara en mi cama, pero aún así, dejé que durante tres meses suplicara por una simple cita. La fría e impenetrable Violeta no podía dejarse conquistar sin más.

Felipe y yo comenzamos a vernos cada vez más a menudo. Él era un caballero en todo el sentido de la palabra, capaz de hacer que cualquier mujer se sintiera como una reina. Era de esas personas con un encanto innato y muy conscientes de ello. Yo disfrutaba inmensamente de su compañía. Me hacía reír e incluso hacía que los malos recuerdos se disiparan en su presencia . Eso era algo que llegué a amar realmente de él.

Nuestra relación avanzaba con paso lento, más que nada porque yo seguía en mi empeño de no conceder nada de mí misma que no fuera mi cuerpo. Él parecía aceptar este hecho porque ambos sabíamos que mientras lo hiciera, lo aceptaría como parte de mi vida. Jamás me obligó a hacer nada o me instó a tomar decisiones que me molestaría tomar. No puedo recordar a nadie como él. Si pienso en las personas que pasaron por mi vida, a todas las recuerdo porque de una manera u otra al final terminaron por exasperarme.

No sé en qué momento Felipe me convenció para acudir a una cena familiar en su casa. Él siempre hablaba de su familia como si del más preciado de los tesoros se tratara. Yo nunca había tenido eso, por lo que siempre me parecieron historias simples a las que no demostraba demasiado entusiasmo. En lo más profundo de mi ser siempre supe que no era por otra cosa más que por la envidia de lo que yo jamás podría relatar.

Recuerdo que era un día de verano. Desde antes de alcanzar la puerta, ya se podía percibir el rumor de dentro del enorme caserón. Me fascinó ver a tan abultada familia reunida en el salón, relajados, confidentes. Nada más entrar, Felipe y yo fuimos los receptores de la atención popular e incluso de alguna que otra mirada suspicaz.

Al principio no la ví. Sólo tenía ojos para abarcar la escena de enorme armonía que se desplegaba ante mí. Incluso el olor que inundaba la casa era placentero, como hogareño. Un olor que por más que lo intenté, no pude encontrar similitudes con nada de lo que yo había vivido en mi infancia. Supuse que nadie que hubiera vivido lo que yo, podría hacerlo.

Felipe se apresuró a presentarme a cada miembro de la familia, sin soltar en ningún momento mi mano. En aquellos momentos yo era posesión suya. Fui recibida con total aceptación a pesar de que ninguno de ellos me conocía lo suficiente como para saber si era merecedora de tal despliegue de confianza.

En pocos segundos descubrí varias cosas, la primera y más importante fue que la madre de Felipe no sería santo de mi devoción aunque se quedara muda repentinamente y para siempre, y la segunda fue que deseé ser parte de aquella familia y no una simple invitada. Había algo allí que me hizo darme de bruces con una inesperada paz interior.

Felipe tiró en un momento dado de mi mano para presentarme a su hermana menor, Jimena. Ella estaba a un lado de la enorme mesa, atendiendo los reclamos de uno de sus sobrinos, sonriéndole dulcemente. Esa imagen me agradó en demasía y me confirmó que estaba ante una persona delicada. Me recordó inevitablemente a mi propia hermana.

Cuando nos presentaron y pude enfocarla directamente, lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos, de un color difícil de clasificar. No había que ser muy observador como para no pensar en ella como alguien inteligente...y diferente. Su belleza serena era indiscutible y cuando bajó la vista al suelo también me mostró con ello lo tímida que era.

Felipe me alejaría poco después de ella, dejándome con la extraña sensación de querer intercambiar más palabras con Jimena.

Hablamos con los diferentes miembros de la familia, casi sin tener tiempo para tomar aliento. De vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia Jimena, la única que había cautivado mi atención de los que allí estaban presentes. La ví moverse por el salón, con paso lento, intercambiando débiles conversaciones con alguna de sus hermanas hasta que desapareció. Parecía que el hecho de estar rodeada de tanta gente, aunque fuera su propia familia, la agotaba.

Le pregunté a Felipe qué era lo que había tras la puerta por donde yo había visto salir a Jimena y me informó de que se trataba del invernadero. Le consulté si podía ir a verlo y él asintió con la cabeza ausentemente, ya que su atención estaba puesta sobre todo en una extraña conversación con uno de sus cuñados.

Recuerdo que pensé, al adentrarme en el jardín, que parecía uno de esos sacados de los cuentos infantiles. Era casi mágico.

A distancia pude ver la silueta de Jimena. Estaba sentada en el balancín y me pareció muy vulnerable. Me acerqué a ella y conseguí asustarla. Me disculpé y ella se aseguró de hacerme ver que mi presencia allí era bienvenida.

Me senté a su lado y pude sentir que estaba algo inquieta. Sólo se permitía mirarme cuando creía que yo no me daría cuenta. Sus ojos ávidos buscaban algo en mi rostro, aunque no supe bien el qué. Intercambiamos unas frases y me permití el hacerle un cumplido, pero la reacción que obtuve por él fue que huyera.

Descubrí entonces, ante tanta similitud, que Jimena me recordaba a mi hermana perdida y que eso irremediablemente me apegaba a ella. Me parecía que era una forma de sentirme cerca de Alicia.

De lo que no me di cuenta entonces fue de que yo me había instalado en su corazón sin pretenderlo.

O quizás fue ella quien logró antes esa empresa.

Durante la cena, me convertí en el blanco de la reencarnación de Torquemada en mujer. La madre de Felipe se encargó de acribillarme a preguntas, algunas de las cuales llevaban más veneno que una serpiente. En concreto hizo una apreciación que hizo que ocurriera algo inesperado: Jimena salió en mi defensa con enorme decisión. Supe que aquello era algo inusual en ella cuando todo el mundo parecía mirarla como si fuera un extraterrestre con antenas verdes.

En mi interior se lo agradecí profundamente.

La noche acabó sin más incidentes, después de que entre todos se las hubiesen ingeniado para hacerme aceptar una invitación a pasar unos días en el campo.

Yo odiaba el campo. Había vivido mis infelices años de infancia y pubertad allí, rodeada de viñedos, de alientos a alcohol y de incomprensión. Aún me pregunto que fue lo que definitivamente me había hecho aceptar la oferta. En otras circunstancias mi primera y última reacción inamovible hubiera sido la palabra no.

Me despedí de todos, e igual empeño y dedicación pusieron en despedirme como cuando me habían recibido.

Todos menos Jimena, cuyo rostro mostraba cierta pena por mi marcha. No pude menos que sonreírle con el inmenso afecto que comenzaba ya a sentir por ella y obtuve como recompensa igual muestra. Sentí que aquella muchacha tímida y yo teníamos una conexión.

Cinco días más tarde me reunía con ellos en su casa de campo. Reconozco que la belleza del lugar me cautivó desde el primer momento.

Felipe era tan considerado y atento conmigo que sabía que debía sentirme infinitamente afortunada por tenerlo. Pero no era así. Por alguna extraña razón, Felipe no logró hacer que lo amara como merecía. Aún así, me dije que quizás era cuestión de tiempo. Estaba dispuesta por primera vez a explorar más allá de mi aparente frialdad.

Volví a encontrarme con Jimena y me di cuenta de que cada vez que la tenía en mi campo de visión una cálida sensación me atravesaba como una espada. Ella tenía algo que era capaz de conmoverme hasta límites insospechados. Bien era cierto que tenía que sacarle las palabras casi forzándola a ello, pero súbitamente se creó entre nosotras un aire de confidencia que me hacía desear querer compartir con ella cosas que jamás, hasta esos momentos, me había atrevido a sacar de mi interior.

Jimena parecía sentir todo aquello también y la forma que tenía de mirarme a veces incluso era escalofriante. Yo creía que veía en mí un modelo a seguir, que me admiraba. Jamás pensé que pudiera sentir amor. Amor puro, entregado, fiel... Y eterno.

Para ser sincera, lo que me era difícil de aceptar es que hubiera alguien en el mundo capaz de entregarse a otra persona con total sumisión, sin ni siquiera pedir ni esperar nada a cambio. Yo estaba acostumbrada a dar y demandar en igual proporción.

Me lo demostró cuando sin temor alguno me besó. No estaba preparada para aquello de ningún modo. Aún así, mis labios aceptaron los suyos durante breves momentos, aunque mi mente no dejaba de gritarme quien era ella y lo que representaba.

Recuerdo que le pregunté qué era exactamente lo que sentía por mí y Jimena, mirándome con total sinceridad, me respondió con un simple te quiero. No había forma alguna de que yo terciara aquellas palabras, sobre todo porque sonaron desde lo más profundo de su ser.

Si alguna vez tuve el mínimo asomo de lo que Jimena sentía por mí, creo firmemente que decidí ignorarlo. Ella entonces sólo tenía dieciocho años, demasiado joven para cualquier cosa. O eso creía. Si he de ser sincera, Jimena entonces era mucho más adulta que yo en muchos aspectos, pero mi soberbia no me dejaba ver las cosas con claridad. A ella le bastó unos segundos para descubrir lo que a mí me costaría más de ocho años.

No quiero decir que en esos momentos la amara, porque no fue así. La veía como un ser especial, alguien con quien me encantaba compartir mis momentos, pero no era amor.

No sé si le respondí algo, pero estoy segura de que no fue algo coherente. Me había tomado por sorpresa y no supe entonces qué era lo que me hizo sentir. Estaba segura de que su compañía me hacía sentir especial, cómoda incluso. Aquella palabras también lograron despertarme y, echando una breve mirada hacia atrás, pude darme cuenta de que las miradas y los gestos que me regalaba eran de pura adoración.

Pero ella tan sólo tenía dieciocho años. Era joven, inexperta. Comenzaba a explorar su sexualidad... ¿Qué podía ofrecerle yo que no fuera confusión? Jimena era tan especial para mí, que el pensamiento de hacerle daño me dolía hasta límites insospechados.

Durante las horas siguientes tampoco dejé de atormentarme y de hacerme sentir culpable. Era como si le hubiese robado la mitad de su vida en un instante. Fue entonces cuando tomé la decisión de alejarme con la firme convicción de que Jimena era demasiado joven para saber qué era lo que deseaba realmente y que, en cualquier caso, no podía ser yo.

Huí de la casa en mitad de la noche, como una fugitiva, llena de vergüenza. Alejarme de Jimena fue lo único a lo que le daba cierto sentido entonces.

Lo peor de todo, es que ella había logrado instalarse en mi corazón de forma perenne. Tardé mucho tiempo en dejar de pensar en ella, o en lo que había ocurrido. Dejé de pensarla, pero jamás la olvidé. No olvidé ni su coraje, ni su sentido de la vida fresco y lleno de energía, aunque a pocas personas ella les permitiera tener la conciencia de ello. Muchas eran las veces en las que le sonsacaba información a Felipe sobre Jimena. De alguna forma, me hacía sentir mejor el saber que ella estaba bien.

Lo mío con Felipe a partir de entonces estaba destinado a fenecer. Casi un año después llegó esa confirmación, aunque para entonces ya había logrado integrarme en la familia, quienes casi me consideraban uno más. Sé que la noticia de nuestra ruptura entristeció a su madre. Increíble, lo sé, pero cierto. Pienso que quizás la madre vio de alguna forma algo de lo que Jimena tanto amaba de mí.

El tiempo pasó inevitablemente. Creía borrado todo aquel episodio. Mi vida seguía su curso sin ningún impedimento. Pero seguía adelante sola. Aún nadie había conquistado mi impenetrable corazón.

Felipe, su prometida y yo estábamos tomando una agradable cena en un restaurante, (a pesar de todo siempre mantuvimos un contacto muy cercano), cuando su teléfono móvil sonó. Mi primer pensamiento fue Jimena en cuanto el rostro de él se convirtió en una máscara de padecimiento.

Estaba segura de que no volvería a verla. Siempre dudé mucho que ella fuese capaz de perdonarme por haberla abandonado como lo hice. No hay nada peor que el sentirse abandonada. Y sé que ella se sintió desamparada y sola.

Felipe nos informó la penosa noticia y rauda me ofrecí concienzudamente a acompañarlo al hospital... Por Jimena.

Y lloré por Jimena.

Y me sentí desdichada por Jimena.

Ella había perdido su norte. Amaba a su padre como   a su propia vida y más allá.

Cuando llegamos a la sala sólo tuve ojos para ella. Vi su silueta mientras miraba por la ventana y el corazón se me encogió cuando me di cuenta de lo mayor que se había hecho. Y de lo bella que estaba. Era imposible estarlo más a mis ojos. Ni siquiera me molesté en averiguar qué era lo que me hacía sentir así al volver a verla después de tanto tiempo.

Me alejé de la familia casi murmurando mis disculpas y me acerqué a lo único que parecía importarme de aquella sala. La llamé y pude observar como su espalda se tensaba al oír y reconocer mi voz. Fue necesario que pronunciara su nombre una vez más para que se girara hacia mí. La tristeza reflejada en sus ojos casi hizo que me desmayara. Sólo deseaba alcanzarla, abrazarla, darle todo lo que yo poseía si con ello lograba aliviar su pena. Pero sabía que eso sería imposible, entre otras cosas porque pude apreciar en su mirada que no me dejaría acercarme a ella.

Jimena estaba allí, al menos su cuerpo lo estaba, pero su espíritu hacía mucho tiempo que había echado a volar. Sus ojos apagados lo demostraban con certeza. Creí que la razón era su padre, pero estaba equivocada. Perder a su padre sólo significó un paso más hacia su enclaustramiento interior.

Un médico rompió el trance que nos mantenía mirándonos a los ojos, cada una buscando algo en los de la otra. La confirmación de mis peores temores se hicieron realidad y Jimena tomó la firme decisión de alejarse de allí. Ésa era su forma de llevar su pena: estar a solas, consumiéndose. Ella era una en sí misma y había aprendido a actuar de propia convicción sin que nada más pudiera importarle.

Quise seguirla, aún era demasiado pronto para dejar de verla después de tanto tiempo, pero Felipe me lo impidió tomándome con fuerza del brazo. Él sabía mejor que yo que Jimena necesitaba estar sola, que en aquellos instantes no necesitaba a nadie y mucho menos a mí.

Me quedé allí mientras el mundo casi perfecto de aquella maravillosa familia se derrumbaba ante mis pies. Sentí un dolor profundo y sincero. Lo más cercano a una familia que yo había tenido eran ellos y los amaba con toda mi alma.

Los días siguientes transcurrieron para mí como si fueran irreales. Acudí al sepelio y las esperanzas de encontrar a Jimena allí se esfumaron tan pronto cuando llegué y ella no estaba presente. Creo que necesitaba que compartiera su dolor conmigo para de esa forma yo misma sentirme mejor.

Su madre me informó de que no habían tenido noticias de ella desde aquel día en el hospital y que empezaban a estar muy preocupados. Me pidió además que fuera a verla y quizás que la hiciese entrar en razón. Me extrañó que fuera yo a quien le hubiera encargado tal empresa y no a un miembro de la familia, pero aún así ni siquiera dudé un instante en hacer lo que me pedía.

Al día siguiente me descubrí aporreando su puerta después de tocar varias veces sin obtener respuesta alguna de su parte. Cuando la puerta se abrió y la ví casi pierdo la consciencia al ver su deplorable estado. Era un fantasma de sí misma. Tan lastimoso era, que no se podía tener en pie. La cogí al vuelo y la aferré contra mi cuerpo deseando no tener que liberarla jamás.

Había estado bebiendo durante tres días, sin comer nada, hundiéndose justo donde quería estar: en la nada.

No fueron necesarios segundos pensamientos para decidir ocuparme de ella, cuidarla, devolverle la vida de nuevo si es que estaba en mi mano. Eso ya lo había decidido sin darme cuenta desde el instante que se abrió aquella puerta ante mí.

Rompió a llorar dentro de la bañera, donde yo la había metido sin esfuerzo, después de mirarme a los ojos e intentó tapar su vergüenza, pero se lo impedí haciéndole ver que no había nada de lo que avergonzarse. Le hice prometer no volver a cometer semejante locura y ella accedió a mis deseos. Creo que hubiera accedido a cualquier cosa que yo le hubiese pedido. Lo que no supe era si se debía a su agónico estado o porque aún, después de todo, seguía amándome. Aunque, para ser sincera, no creía mucho en esta última posibilidad.

Se quedó dormida allí mismo, en mis brazos. La observé largo rato sin moverme, absorbiendo su presencia. Parecía tan frágil y tan desamparada que no pude evitar que dos lágrimas salieran de mis ojos. Quería llorar para que ella no tuviera que hacerlo.

Ese día me ocupé de ella lo mejor que pude, incluso le hice la cena. Cuando despertó esa noche seguía teniendo la misma expresión triste y cansada, con unas profundas ojeras bajo sus preciosos ojos. La obligué tomar la sopa que le había preparado y la miré con detenimiento mientras comía.

Ya había notado en el hospital que se había hecho toda una mujer... Una mujer deseable a ojos de cualquiera. Pero había perdido algo que poseía antaño, cierta luz en sus ojos. Imaginé que la muerte de su padre estaba tras toda aquella expresión triste, pero muy pronto descubriría que Jimena era infeliz. Así de simple.

Sigue -->