Mírame
Por: Lin_Lane
PRIMERA PARTE DE Segunda ENTREGA
Definitivamente eres revolución, un viaje que comienza al romper el día y se desarrolla a medio camino, entre el arranque apoteósico de un vals y la seguridad de cristal de un solo de jazz, con la incertidumbre calculada en cada paso. (Try your wings).
Cito de memoria a un buen amigo, una frase que no podría definir mejor la primera vez que te vi.
Estabas en el tercer banco de la estación a la que ese día fui a parar después de casi dos horas vagando sin sentido, habiéndome perdido cual turista en mi propia ciudad. Quizás puedas pensar que fue casualidad o cosas del destino, pero yo creo que simplemente teníamos que encontrarnos, de una u otra manera. Perderme fue tan desatinado como reparar en tu ondulada cabellera dorada, despeinada con cierta gracia en su afán descuidado de imperfección, en medio de todo el gentío que poblaba el andén.
Esperabas el tren con aires de aburrimiento, sentada en un banco con la pierna izquierda doblada bajo tu derecha, haciendo molinetes irregulares en el aire con tu pie libre. Había en aquella escena un candor infantil, una tierna similitud con lo que vendría a ser una niña de 6 años esperando el autobús para ir al colegio, peinada con dos coletas medio flojas a pesar de la temprana hora del día, agitando los piececitos al no llegar al suelo. Esa clase de inocencia subyacente y casi inadvertida. Un mudo y silencioso infantilismo, en definitiva, que te daba aires de ángel perdido.
He de decir que solo te vi de soslayo ese primer día, sin embargo, en un simple e inconsciente barrido de inspección. No reparé en ti hasta la segunda vez que te encontré en el mismo banco y, asombrosamente, en la misma postura. Me llamaste la atención precisamente por tus peculiares intentos de no llamarla. Eras como una estatua de sal que había sobrevivido, inmaculada e incompresiblemente, a la intemperie. Parecías un espejismo, una figura tan perenne, tan inmóvil y serena, abstraída en tu mundo, que irremediablemente suscitaste mi interés.
Me gustó.
Me encantó.
El aura que te envolvía era fascinante, tan romántica y tan triste a la vez...
Nadie resiste con tal vehemencia si no es por una buena razón o por una kafkiana absurdidad. Ambos casos me servían: sentí una terrible curiosidad por ti de inmediato. Eras ese leño camuflado entre las últimas brasas de la hoguera, empeñado en seguir prendido, ardiendo débil pero obstinado, cobijado entre las últimas cenizas moribundas en una noche particularmente oscura .
Esa eras tú.
Durante varios días seguí el rastro de tu estela y me maravillé al descubrir hacia dónde me llevaba.
Te convertiste en un ser desamparado, cabizbajo, rabiosamente desapercibido pero que no dudaba en dar un par de monedas al vagabundo que yacía permanentemente en el suelo de la entrada de la estación día sí, día también. Él te lo agradecía tan pronto le volvía la locuacidad y salía de su alcoholismo brumoso, aunque dudo que te reconociera, a pesar de ser la única persona que le echara una moneda todos los días. Sin embargo, ni siquiera le prestabas atención a sus balbuceantes palabras, te limitabas a tantear tu bolsillo y a extender la mano, precipitando la moneda como quién desecha un recibo pagado. No pasaba un solo día en que no le dieras algo. A veces incluso te descubrí fastidiada, rebuscando en el fondo de tu bolsillo, al quedarte sin monedas y echándole un caramelo de eucaliptos. Parecías incluso frustrada, dolida contigo misma. Me atrevo a asegurar que, para ti, entrar en ese tren no solo consistía en pagar el billete, sino también en atender a aquel ser marginado y olvidado por la sociedad.
Era un pago más.
¿O era una deuda contigo misma?
La caridad, desgraciadamente, siempre viene acompañada por el sentido de la culpabilidad pisándole los pies.
********
Cerré el libro precipitadamente, ahogada por una desagradable sensación de vertiginosidad.
Echada en mi cama, siempre a medio hacer, observé el techo con el ejemplar que me habías regalado presionando mi vientre. Lo oprimí con fuerza a fin de que se fundiera con mis intestinos. Era tan descabellado, tan incomprensible y azaroso, que el escepticismo era casi la única forma de entender todo aquello. La única arma, de hecho, para comprender semejante mutilación el destino.
¿Destino?
¿Desde cuando creía en él?
Moví los dedos de los pies, disfrutando de un leve calambre en la planta del izquierdo que me subió, arácnido y febril, hasta la pantorrilla. Me refugié en el dolor insidioso y opaco de aquellas punzadas, insoportables pero al menos reales. Levanté el libro para ver de nuevo la portada con mi silueta impresa y, por mucho que me esforcé en evitarlo, volví a ver tus ojos suplicantes, casi desesperados, implorando comprensión.
Cerré los mío y deslicé el libro inconscientemente hacia mi pecho.
Me habías contado con excesivo lujo de detalles que me había convertido en el objeto de estudio de tu pareja, ávido y portentoso escritor. Incluso confesaste haber sentido celos de mí, valiente desconocida, que había fascinado hasta tal punto y tan incomprensiblemente a tu amor de vida. Sonreíste, sin embargo, volviendo a tomar mi mano, ensartando la décimo incontable puñalada en mi corazón cuando reconociste que tú misma habías acabado por “cogerme cariño”. Que tu talentoso escritor no había sido capaz de establecer contacto conmigo por no mancillar el amor platónico de su actual musa.
O sea, yo.
¡Válgame dios!
Por eso mismo eras tú quien cogía mi mano y trataba de convencerme del puritanismo y la majestuosidad de aquella intragable ( ahora sí lo podía decir con todas las letras) obra de arte.
Me eché a reír hasta que acabé ahogándome entre carcajadas de puro desatino.
Mañana tendría una cita con ambos, si a mí me venía bien, por supuesto. ¿Qué tal en el café de la esquina de la estación? ¿A eso de las 11 de la mañana, a sabiendas de que gozaba de unos días de vacaciones? Ni siquiera pregunté cómo demonios sabíais que tenía un par de días libre.
De hecho, ni siquiera me paré a pensar en lo absolutamente suicida de todo aquello. No, qué va. Yo, perdida en la oscuridad apacible de mi habitación, solo pude volver una y otra vez a tus ojos de zafiro gatunos, acariciándome ofensivamente el rostro mientras arrastrabas la mirada sobre mis facciones y tus labios carmín modulaban el aire que los separaba de los míos, entreabiertos de pura perplejidad. Articulé los dedos de mi mano derecha, esa que había sido bendecida con tus caricias tan fortuitas como falsas.
Ahora ya era consciente de eso.
Pero, en el fondo... ¿qué más daba?
La lluvia empañaba los cristales de mi ventana esa noche, rasguñándolos como patas impacientes de araña desesperada por entrar en el interior de la estancia, pataleando sordamente contra la superficie resbaladiza y calumniosa del cristal. Desde las profundidades de mi cama, cobijada por las mantas que me cubrían hasta la nariz, observé el impredecible avanzar de las gotas. Disparadas cual revolver vaquero a velocidades impertérritas contra el vidrio, deslizándose por él, recalentado por mi calor humana en la habitación, se me antojaron absurdas, completamente absurdas, aunque... agónicas, suicidas y dichosas en su última ofrenda para nuestro mundo. Caían moribundas hasta el borde inferior de la ventana, pereciendo con patriótica rotundidad y sin atisbo de segundos pensamientos, absorbidas por la madera del encuadre de las ventanas.
Era, sin duda, un día de reflexión, con cientos, miles de cadáveres acuíferos.
Días siniestros donde los haya, pero que yo adoraba. Esos días nefastos y casi apoteósicos eran, en realidad, el sustento perfecto de glucosa para mis neuronas.
Ñam, ñam.
Una gloriosa, magnífica y gratuita descarga para el intelecto.
Por eso los amaba con tal fervor. Por eso extendía desde pequeña los brazos hacia el cielo cuando llovía, creyendo que eran lágrimas de ángeles, incapaces de contener su júbilo ahí arriba, dejándolo caer en parte para que nosotros lo disfrutáramos también. Aunque también creía que dichas gotas mágicas, celestiales e impolutas eran las que almacenaban los duendes para reconvertirlas en carcajadas.
Quién sabe porque sigo prefiriendo la lluvia al sol. Desde luego ya no creo en hombrecitos verdes de sombrero de copa alta y bastón con ribete de trébol de cuatro hojas. Sin embargo, sigo vinculada al llanto de los cielos, a esos quejidos rugientes cuando truena, a los guiños de relámpagos fugaces. Me siguen pareciendo promesas aulladas a pleno pulmón de nuestros antepasados contra el cielo de nuestro presente.
Así pues, una lasitud lechosa y templada se apoderó de mi cuerpo tendido en la cama, exhausto, saturado y abandonado. Me cobijé en el caldoso veneno de tus sospechosas intenciones, mientras la lluvia acompasaba de fondo mi letanía. Me hundí jubilosa en las profundidades del mar rico y trastornado que me prometiste, disfrutando del vínculo acuoso y completamente vendido al azar que nos había unido en ese tren.
Tú, hermosa sirena y simple mensajera, habías conseguido con solo una mirada lo que tu amo había intentado describir con mil palabras, cada cual más pedante y pretenciosa.
Tú, tercera en discordia de ese ridículo libro, eras en realidad la protagonista de todas mis hojas, puesto que si no eras tú quien lo narraba, las palabras caían en un abismo de insignificancia para mí.
Un apocalíptico trueno me dio la razón casi de inmediato, apenas deshilachándose mi último pensamiento, antes de caer rendida al constante y soñoliento repiquetear de la lluvia contra el cristal.
********
El día de “la cita” volvió a amanecer tormentoso, caprichoso y mal educado.
Igual que yo.
Entré en el sitio acordado, un bar de poca monta, media hora más tarde de la prevista. No pude evitar sentirme extrañamente entre familia. Era un sitio que bien pudiera semejarse a mi tren, solo que la gente en lugar de sentarse a esperar su parada, se limitaba a beber hasta el agua de los floreros, esperando sabe Dios el qué.
A punto estuve de irme.
A fin de cuentas, yo contaba con una desventaja descomunal: no sabía a qué físico atenerme. Pero, como por arte de magia o puro escrutinio de cerebro, de inmediato, la única camarera de semejante antro me alcanzó con una singular sonrisa y me invitó a esperar unos minutos.
Estaba desorbitadamente nerviosa y a la defensiva. Si todo aquello resultaba ser una broma, yo...
Pero recordé uno de los pasajes del libro, que ya me había leído hasta lo insaciable: “En cuanto llegues, sabrás quién soy. Esa persona que jamás opina, que detrás de una servilleta se esconde, el ser que ves cuando te miras al espejo”.
Escudriñé el local y solo pude identificar a una persona con semejantes calificativos. De inmediato pensé que mi tardanza había hecho mella en aquella cita inconcebible. La única persona que había detrás de una servilleta era un vagabundo completamente borracho.
Mi vagabundo.
Desconfiada, olí la broma de mal gusto y me colgué el bolso al hombro, dispuesta a odiarte de por vida.
—No, no, ¡espera! —me gritó el vagabundo, tropezándose con su propia silla al levantarse de sopetón para alcanzarme.
—Déjalo, ya sé de qué va esto —intenté advertirle con un susurro desquiciado, atormentada por las miradas de los otros clientes, alejándome de la barra pies para qué os quiero, a sabiendas del espectáculo que en breve se iba a montar.
—¡NO!
Fue un grito tan visceral y desesperado que todos dejamos de prestar atención a la situación y le miramos como si fuera un exiliado de guerra, clamando en retrospectiva algo de misericordia en recuerdo de aquel preciso instante en que la munición de batalla cayó en picado sobre sus piernas. De repente dejó de ser un borracho, con ambas piernas amputadas, arrastrándose dramáticamente por el suelo del establecimiento, tullido y desamparado, para convertirse en el flagrante mensajero de la película. Nadie se reía de su quejumbroso avance: los chistes de cojos se convirtieron en una ofensa contra la patria. Llegó hasta mis pies y alzó su mirada, cual soldado camicace sudoroso, valiente y orgulloso en su última misión.
No pude evitar volver a pensar en las gotas de lluvia muriendo contra mi cristal.
—Soy yo... —me comunicó entre jadeos-. Yo soy tu cita.
Me quedé tan atónita como supongo que se quedaron el resto de comensales, incluida la camarera, que dejó de mascar su chicle corroborando su total asombro. Tuve la necesidad de coger a aquel ser magullado hasta la extenuación entre mis brazos para llevarlo a cualquier sitio apartado con urgencia y poder cobijarnos de tanto público. Dios del amor hermoso, hasta hubiera preferido que fuera una persona sordo muda, que se hubiera limitado a tirarme de la manga de la chaqueta para presentarse.
¿Qué mecanismos retorcidos clamaban mi atención con semejante esperpento de mensajero, sabiendo mi completo amor por la discreción?
Miré a mi alrededor, incómoda hasta la médula, y comprobé que no solo éramos el centro de atención del local entero, sino que encima también lo éramos de los primeros cuchicheos y habladurías, algo que odiaba profundamente. Inspiré hondo y volví a mirar hacia aquel ser despedazado que, curiosamente, me observaba con cierto alo de diversión. ¿Qué demonios se suponía que debía hacer? ¿Cogerlo por las axilas y subirlo de nuevo a un taburete libre de la barra? Me parecía excesivo, completamente desatinado.
Dios, ¿cómo podía estar ocurriéndome aquello a mí?
Opté por devolverle la mirada en silencio con absoluta perplejidad. Él asintió con la cabeza, como si hubiera esperado pacientemente a que yo digiriera parte del desconcierto que se me había echado encima, y silbó sonoramente para mi calvario, puesto que si había alguien que aun no hubiera reparado en nosotros, ahora de seguro se acababa de enterar. Creo que fue en aquel preciso instante cuando empecé a sudar frío. Un hombretón casi igual de desaliñado que mi desconcertante mensajero, salió de la nada, aupándolo por las axilas como yo hubiera hecho mentalmente, y lo subió sin más dilaciones a un taburete. Mi predicción inmediata del futuro me hubiera fascinado y, cuanto menos, maravillado en cualquier otra situación. Pero, en aquellos momentos, solo quería que la tierra bajo mis pies tuviera clemencia y me engullera como un pavo gorgotea tragándose salmonetes en un abrir y cerrar de ojos.
—Siéntate, por favor... —me ofreció amablemente, mientras la camarera le plantaba una copa de vino delante de él.
Y yo no pude más que obedecer, dado que mi voz había huido despavorida de mis cuerdas vocales hacía ya demasiado tiempo como para rogarle segundas oportunidades. Sacudí la cabeza en cuanto la camarera me preguntó en igual mutismo, quien sabe si solidarizada con mi reciente parálisis, si quería algo de beber. Lo cierto es que me preocupaba mi falta de reacción esos últimos días, que no hacía más que evidenciar mi falta de experiencia y picardía en situaciones cuanto menos inesperadas.
Por amor de dios, si es que en realidad había perdido el habla y cualquier atisbo de cordura en cuanto decidiste abrir tus labios y volcar con tremenda desfachatez tu mundo de murciélagos en el mío de duendecillos.
—Me llamo Cédric —se presentó con inesperada caballerosidad el vagabundo, entendiéndome una mano y sonriendo casi sinceramente.
Lo único que alcancé a pensar es que, decididamente, parecía un nombre irlandés de cuento de duendecillos con tréboles. Apreté los dientes antes de coger su mano callosa, obstinada en preservar la tranquilidad.
—Yo...
—Lo sé, lo sé —me interrumpió alegremente, sacudiendo mi mano con brusquedad-. Eres Emily, mi Emily...
Y entonces, cualquier pizca de tranquilidad que aun subsistiera en mí estalló en una catarsis auténtica de desconcierto. A mi corazón le dio tal calambre al escuchar mi nombre en inglés, tantísimos años sin oírlo de esa manera, que se me llenaron inmediatamente los ojos de lágrimas y no pude evitar un leve gemido de sorpresa.
En mi vida, solo había una persona que me hubiera podido llamar así.
Solo una...
Y estaba muerta desde hacía más de veinte años.
Seguirá...