El dragón de ojos de jade.

Por el Kender

Capítulo 4.

Acompañaron a su cuñada hasta el confortable interior de la vivienda y allí prepararon un té.

Una vez calmados los nervios, Yuko les contó con todo detalle la llegada del samurai y el breve interrogatorio al que se habían sido sometidas así como su precipitada marcha. Durante la narración, no podía evitar mirar con cierto disimulo el panel soji de la habitación donde se alojaba la mujer de extraño cabello.

—No sé qué importancia puede tener esa mujer para que Uesugi envíe a su hijo —Matsuede rompió el silencio —, no parece peligrosa.

—¿Acaso crees que lo sea? —interrogó Yuko con el ceño fruncido mirando en dirección al dormitorio —, sus heridas eran muestra de un combate con armas.

—La verdad es que a pesar de su delgadez, su constitución física es admirable —añadió pensativa.

A continuación y sin darse un respiro, narró el ardid que había contado al samurai y cómo éste se lo había tragado como el pez atrapado por el cebo del pescador.

—Has arriesgado mucho —le recriminó Matsuede —, pero te lo agradezco. Sin embargo ahora sí que estamos metidas en un buen lío —dijo con pesar —, si por un casual descubre que en realidad esa mujer que buscan se encuentra en esta aldea, no dudarán en regresar y acabar con todos nosotros.

—Pero ella no es mala, ¿verdad madre? —le preguntó la pequeña con temor —, no puede serlo. Hay algo que me dice que no puede serlo.

—¿A qué te refieres? —su madre le acarició le mejilla.

—No sé cómo explicarlo —hizo un mohin pensativa —, pero cuando miro su cara sólo veo sufrimiento. ¿Te acuerdas de aquel ronin que vimos preso?

Su madre hizo memoria y se acordó que en la primavera pasada, un grupo de cazadores de recompensas hizo noche en la aldea. Con ellos llevaban a un ronin jefe de un grupo de bandidos preso, sus facciones llenas de cicatrices sólo mostraban odio.

—Lo recuerdo.

—Aquel hombre tenía una cara que daba miedo —Mitsuko continuó hablando con voz suave —, me asusté mucho. Pues bien, en su rostro sólo vi maldad, no como en esa mujer.

—Pocas veces te equivocas —su madre sonrió con amabilidad —, es un don que siempre hemos tenido en nuestra familia —su cuñada la miraba ahora con extrañeza.

—Estás de broma ¿verdad? —preguntó a su vez sonriendo, pensando que le querían tomar el pelo.

—De ninguna manera. Tenemos facilidad para saber leer en el interior de las personas —emitió una dulce risa —, no pongas esa cara. Es cierto.

—Si fuera así, espero que no se equivoque. Ya tenemos un buen problema con ella aquí —comenzó a levantarse —; tengo que regresar a casa, no me gusta dejar demasiado tiempo sola a mi madre.

—Sabes perfectamente que puede cuidar de ella misma —le dijo en tono amable.

—Eso es lo que me temo —sonrió abiertamente —, que ella será la que termine cuidando de todas nosotras.

Rieron abiertamente y tras acompañarla de nuevo al exterior la observaron alejarse con paso apresurado.

*


Niebla, una espesa y fría niebla la rodeaba por todas partes.

Su visión apenas alcanzaba mas allá del brazo extendido y sin embargo caminaba sin temor introduciéndose cada vez mas en aquella mortecina oscuridad obligándose a una larga marcha hacia ninguna parte.

El terreno que pisaba era blando y viscoso y la humedad flotaba en el ambiente haciendo que sus ropajes se hicieran pesados e incómodos, en mitad de aquel pantanoso lugar sentía como el barro se acumulaba lentamente en las sandalias de cáñamo y los bajos de la hakama haciendo más difícil el avance. No recordaba cuanto tiempo llevaba caminando ni como había aparecido en aquel lugar, mucho menos le preocupaba el hecho de la ausencia de cualquier tipo de sonido, ni siquiera cuando pisaba los pequeños arbustos de aquel terreno pantanoso producía ruido alguno.

Cayendo en la cuenta, se detuvo bruscamente palpando el muslo en el lugar donde la habían herido y comprobando con irónica satisfacción el profundo tajo, reprimiendo un gesto de dolor que no se produjo, introdujo dos dedos en la herida percibiendo la profundidad de la misma. Con un gesto propio del instinto y no de la razón, rompió un trozo de la manga del kimono y vendo aquella herida que no sangraba. Tras recapacitar y darse cuenta de lo absurdo de aquel acto, emitiendo un leve suspiro continuo avanzando.

Hacia tiempo que había desistido buscar alguna referencia para orientarse, ninguna estrella, ni siquiera la luna era visible en aquella neblina que parecía extenderse en todas direcciones.

Era extraño pero no sentía cansancio y perdida toda noción del tiempo nada parecía tener mayor importancia que seguir adelante.

Un leve destello llamó su atención. Una sencilla chispa en mitad de aquella semi oscuridad que la obligo a cambiar el rumbo. Tras detenerse y comprobar que no era producto de su imaginación, comenzó a caminar mas deprisa hacia aquel brillo como una polilla se dirigiría hacia la llama de una vela. Inicio una suave carrera tropezando en un par de ocasiones en las raíces que asomaban del suelo y tras un tiempo que le pareció una eternidad llegó hasta el origen de aquel pequeño faro que había recabado toda su atención.

Arrodillándose comenzó a escarbar con impaciencia en la húmeda tierra arañándose las manos con las piedras y raíces, al poco tiempo observo con creciente asombro aquel objeto tan familiar para ella.

Con un ancestral temor creciendo en su interior y ante el descubrimiento, asió aquel aro metálico que asomaba en su mitad y de un fuerte tirón lo saco de su encierro en la tierra. Frente a sus ojos manchado por el barro y oxido Gabrielle sujetaba con manos temblorosas el Chakram de Xena.

Ensimismada con su frío tacto y mientras lo contemplaba con creciente estupor, la superficie fue cubriéndose rápidamente de sangre, una sangre que empapo sus manos, resbalando por sus antebrazos y humedeciendo las mangas del quimono. Aterrada, dejo caer el Chakram que produjo un tenue sonido metálico amortiguado por la tierra embarrada. Se incorporo temblorosa observando como la sangre que hacia un instante manchaba sus manos, había desaparecido en cuanto dejo caer el arma.

Fue entonces cuando llegó hasta sus oídos el dulce lamento que la había acompañado durante todo el tiempo y que su mente se había negado a escuchar. Una voz que entonaba una triste melodía tan familiar como el disco metálico que ahora permanecía inerte en el suelo.

Una suave brisa comenzaba a despejar con timidez un camino en la niebla y sin pensarlo dos veces inicio de nuevo su andadura con determinación hacia el origen de aquella melodía, cuyo sonido la atraía como el canto de una sirena.

Lentamente la propia niebla le mostraba por donde debía continuar apartándose a jirones y mostrando claramente el camino a seguir.

No tardó mucho en llegar a su destino, un lugar que conocía a la perfección, si bien su aspecto era totalmente distinto.

Tres pequeños escalones de madera daban acceso a un largo y frágil puente de tablas, que discurrían en un suave zigzag sobre la superficie del lago sujeto con postes de grueso bambú. El pasamanos y gran parte de la veranda habían desaparecido y lo que quedaba en pie aparecía visiblemente deteriorado. Aquel lugar había conocido tiempos mejores pero ahora su aspecto era lamentable.

En el pasado aquella construcción había brillado con esplendor, las pulidas superficies de los postes lacados que se tornaban de un intenso carmesí con los últimos rayos del sol al atardecer, las tejas vidriadas que imitaban las escamas de un dragón y que con aquellos mismos rayos parecían dotar a la construcción de vida propia o los ricos cortinajes de finas sedas bordadas que añadían mayor gracia al conjunto. Todo eso se había perdido y ahora aparecía ante la vista con el aspecto de un lugar abandonado hacia tiempo.

Al atardecer con el rojo intenso de la madera lacada al reflejar la luz del sol y las tejas del aquella casa de té que imitaban a la perfección el lomo de un dragón, conforme se ocultaba el sol parecía dotar de vida a toda la estructura. El lago de aguas cristalinas aparecía totalmente calmado sin embargo y al igual que el resto su aspecto también había cambiado. Su color era oscuro y brillante con el aspecto de la brea y emanaba de el un pestilente olor a podredumbre.

Apretando los puños, frunciendo el ceño y con el corazón martilleando a un ritmo frenético en su pecho, adelantó un pie apoyando una mano en el primer poste que sostenía el puente y comenzó a subir aquellos peldaños, recorriendo el camino de viejas tablas que crujían amenazadoramente bajo el peso de su cuerpo.

*

Con el viejo pincel y un trozo de pergamino, Mitsuko comenzaba los preparativos para perfeccionar su caligrafía sin dejar de vigilar a la mujer. Vertió un poco de agua en el recipiente cerámico rectangular y raspo contra el fondo un trozo de tinta de calamar preparada para tal efecto. Al momento el agua se tiño de negro hasta formar una pasta lo suficientemente espesa, como para permitir garabatear los intrincados canjis de formas complicadas que en si mismos formaban palabras en un solo trazo. Justo cuando empapaba el pincel en la tinta, la joven que permanecía aparentemente calmada comenzó a temblar ostensiblemente entre sudores. La pequeña dejo caer el pincel manchando con un borrón el pergamino y salio corriendo en busca de su madre que se hallaba en ese momento en la parte trasera de la casa, cortando en trozos pequeños la rama de un árbol para alimentar el fuego de la sala principal.

Una treintena de pasos desde la orilla convertidos en una eternidad le habían llevado hasta la balaustrada que sostenía el tejado. Aquí también la pintura y los grabados sobre los postes de madera aparecían deslustrados, ajados por el tiempo y la falta ostensible del cuidado de un artesano que los restaurase. Los vistosos cortinajes de seda se hallaban convertidos ahora en pesados mantos de luto, oscurecidos por el tiempo podían verse jirones y rotos por doquier. Aquel aspecto dejado de la mano de los dioses no ayudaba a calmar el espíritu de Gabrielle. La canción había ido en aumento mientras se acercaba a la casa de te y reconocía perfectamente aquel lamento, aquellas notas desgarradas que en mas de una ocasión había escuchado en el pasado, un pasado que ahora le parecía inexistente y lejano.

Con paso firme se acerco a la entrada y aparto la colgadura de seda que movida suavemente por la brisa delimitaba el acceso al interior. A su paso fue apartando más y más cortinajes de seda que parecían querer impedirle el paso hacia aquel susurro melodioso. Tras el último paño se quedo de pie inmóvil, con la seda convertida ahora en un tejido áspero y sucio por el paso del tiempo aferrada por su mano derecha. Ante ella una figura familiar se erguía dándole la espalda. El canto ceso de manera brusca.

—¡Madre, madre! —la pequeña Mitsuko salió a la carrera —, se ha puesto peor, tiene temblores y no para de murmurar en voz alta.

La visible preocupación en el rostro de la niña hizo cundir la alarma y Matsuede dejo caer la hachuela y salio junto con su hija a toda prisa hacia la casa.

Aquella mujer había conseguido apartar casi todo el cobertor y respiraba agitadamente mientras giraba la cabeza. Matsuede se apresuró a taparla y ordenó a Mitsuko que fuese en busca del curandero.

Un galimatías sin sentido salía de su boca en aquel áspero idioma que la mujer desconocía; aunque intentaba mantener el cuerpo de la joven inmóvil, los espasmos y movimientos bruscos de sus brazos la asustaban. En una ocasión incluso llegó a sujetar con fuerza el quimono de Matsuede, comprobando la fuerza de la mujer aún en su inconsciencia. Haciendo uso de toda su energía, consiguió soltarla y miró con ansiedad en dirección a la puerta de la casa, esperando y rogando a Amaterasu que la niña regresara pronto con el curandero.

*

El tiempo dejo de arrojar sus granos de arena en el inmenso reloj del universo, el viento dejo de soplar y todos los ruidos parecieron acallar. Aquella figura que permanecía tan inmóvil como Gabrielle se giró lentamente y la joven no pudo evitar que un escalofrío recorriese su espalda mientras las piernas le flojeaban y necesitaba de toda su fuerza interior para no derrumbarse allí mismo, los nudillos de la mano que aferraban la cortina blancos a causa de la fuerza con la sujetaba aquel pedazo de tela y que impedía que su realidad se desvaneciese por completo.

El rostro de la mujer reflejaba un increíble padecimiento, dos profundos surcos grises bordeaban unos ojos acerados, antaño brillantes pero que aparecían desvaídos y cansados, como si de los de una anciana se tratase. La melena oscura como ala de cuervo aparecía pulcramente peinada pero sin vitalidad alguna, el quimono de un intenso carmesí que llevaba la última vez que la joven la vio había mudado su color y ahora un negro apagado casi gris reflejo de aquel triste lugar era su atuendo.

—Hola, Gabrielle —esbozó una tímida sonrisa que no se vio reflejada en sus ojos, entrelazaba sus manos de manera nerviosa —, te estaba esperando…

Continuará...